La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
El FBI les había asegurado una y otra vez que a medida que iban pasando los días, aumentaban las posibilidades de que Asada decidiera no moverse de donde estaba. Y eso significaba que Ben estaba cada vez más libre de obligaciones.
Una buena noticia, decidió. Una muy buena noticia.
De pronto, la puerta se abrió y entró Melanie con una energía impropia de ella para ser un sábado por la mañana. Sorprendida, Rachel se la quedó mirando fijamente.
– Hola.
– Hola -Mel dejó las llaves encima de la mesa y se dejó caer en una silla. Estaba maquillada y vestida para matar con una falda de cuero, un top y unos enormes tacones-, se me ha ocurrido venir a hacerte una visita.
– Si no recuerdo mal, hoy es sábado, un día que tradicionalmente reservas para levantarte después de las doce, hacerte la manicura y ver una película.
– Oh, bueno, a lo mejor estoy cambiando.
Rachel la miró con los ojos entrecerrados.
– ¿Qué es lo que de verdad pretendes, Mel?
– ¿Yo? -Mel se echó tres cucharadas de azúcar en el té y, tras un segundo de vacilación, se echó una más-. Sólo quería ver lo que estabas haciendo, eso es todo.
– Ya me viste la semana pasada, y esta semana me has llamado tres veces. Mel, no tienes que renunciar a tu vida por mí. Las cosas me van estupendamente.
Mel se encogió de hombros.
– A lo mejor es que no te creo.
– ¿Por qué? -Rachel sonrió mientras alzaba los brazos-. ¿No me ves fabulosa?
– No. Tienes un aspecto terrible. Como si estuvieras sufriendo, y no físicamente.
– Eso es ridículo -mintió Rachel, bajando la mirada hacia la taza de té-. No sé de qué estás hablando.
– Sí, ese es el motivo por el que estamos discutiendo. Si estuviéramos criticando mi vida, algo que hemos hecho suficientemente a menudo, entonces sabrías exactamente de qué estábamos hablando.
– Mel.
– Mira, sé que yo soy un desastre, pero no esperaba eso de ti.
– ¿Y en qué se supone que estoy siendo yo un desastre?
– ¿Has visto mucho a Adam últimamente?
– No, lo he visto poco.
– ¿Porque está muy ocupado?
– No.
– ¿Porque lo estás ignorando?
Rachel bajó la mirada hacia sus dedos. Más específicamente, hacia sus uñas, que no habían visto una lima desde hacía meses.
– ¿Sabes? Antes del accidente habría jurado que estabas a punto de acostarte con él. Quizá incluso considerando la posibilidad de casarte con él.
– El accidente lo ha cambiado todo.
– ¿El accidente… o Ben?
Rachel alzó la mirada hacia Mel sin poder evitarlo.
– No seas ridícula.
– ¿Es ridículo que nunca te acuestes con nadie? ¿Es ridículo que cuando lo hagas tengas que fingir los orgasmos para no decirles que no tienen la menor idea sobre anatomía… o que no seas capaz de renunciar a controlar en todo momento la situación?
– Mel…
– Admítelo, hermanita. No sabes cómo dejar que alguien se acerque tanto a ti.
– ¡Tú sí que lo sabes, claro!
– Eh, yo sé cómo llegar al clímax -asomó a sus labios una sonrisa-, y además lo hago a menudo.
Le dirigió una fugaz mirada al hombre que acababa de entrar en la cocina y que en aquel momento estaba apoyándose perezosamente en el marco de la puerta, escuchando su conversación. Deseaba meterse en un agujero y morir… después de haber asesinado a Melanie.
– ¿Dónde está Emily? -preguntó Rachel con fría calma.
– Bañando a Parches, que parece tener una especial predilección por los charcos -con una irónica sonrisa, Ben levantó la pierna para mirar el extremo de sus vaqueros, que estaban también salpicados de barro. Después le dirigió a Rachel una de aquellas miradas que hacían que se le acelerara el pulso.
– No quiero interrumpiros.
– Para no interrumpirnos, deberías estar al otro extremo de esa puerta -musitó Rachel.
Melanie sonrió de oreja a oreja.
– Hablar de sexo la pone de mal humor.
– A mí no -replicó Ben.
Y, Mel, sin dejar de sonreír, asintió.
– A mí tampoco. Entonces, Ben, ¿alguna vez has fingido un orgasmo?
– No, señora.
– Yo tampoco -Mel inclinó la cabeza-, de hecho, a mí me parece que si hubiera que fingir algo, lo mejor sería fingir todo lo contrario. Ya sabes, que no has sentido nada. De esa forma, podrías conseguir otro -razonó Mel-. Quizá hasta dos más, dependiendo de lo rápido que llegues.
– Estoy contigo -Ben miró a Rachel y la temperatura de la habitación pareció subir varios grados-. Los orgasmos son lo mejor.
Melanie se echó a reír.
– Sí. Bueno, si la señora mojigata decide llamar a Adam para que se pase por aquí, quizá también ella pueda llegar a averiguarlo.
La sonrisa de Ben desapareció al oírla.
Mel, ignorándolo, bajó del mostrador y se dirigió hacia la puerta.
– ¿Adonde vas? -le preguntó Rachel a su hermana.
– Salgo a ver cómo baña mi sobrina a su perrita. No hagas nada que yo no hiciera en tu lugar, hermanita -asomó a sus labios una taimada sonrisa-. No, espera, no era eso lo que tenía que decirte.
– Vuelve aquí -Rachel soltó una bocanada de aire cuando Mel cerró la puerta tras ella-. Traidora.
Ben comenzó a caminar hacia ella.
– Un tema de conversación muy interesante -se colocó tras ella y deslizó el dedo por su hombro, poniéndole la piel de gallina-. Los orgasmos.
¿Aquel comentario merecía una respuesta? De repente, apenas podía respirar, y mucho menos pensar una forma ingeniosa de abordar aquel tema.
– ¿Cómo… cómo ha ido la caminata?
– Ha sido divertida -se inclinó sobre su hombro, colocando la boca justo debajo de su oreja-. ¿Es verdad, Rachel?
– ¿Es… es verdad qué?
Rachel sentía su respiración cálida y suave contra su piel junto con el áspero roce de su barbilla sin afeitar. Y aquel contraste le estaba licuando los huesos.
– ¿Finges los orgasmos con tus amantes?
– Yo… -Ben deslizó los dedos por su cuello y Rachel tuvo que hacer un serio esfuerzo para mantener los ojos abiertos.
– ¿Rachel?
– No quiero hablar de eso contigo.
– Estoy seguro -se colocó frente a ella, para que pudieran mirarse a la cara, y deslizó un dedo por su mejilla.
– Ben…
Ben deslizó la mano por su nuca.
– ¿Y fingías conmigo?
Intentar apartarse no iba a servirle de nada.
– Teníamos diecisiete años -contestó Rachel-. No éramos especialmente hábiles en ese terreno y lo sabes.
Ben acercó el rostro todavía más al suyo.
– Sí, lo hacía lo mejor que podía, pero éramos jóvenes. Jóvenes e inexpertos. Siento no haber sido suficientemente bueno para ti.
Rachel se sonrojó al recordar lo que habían compartido. La verdad era que, con experiencia o sin ella, aquellos habían sido los días más tórridos, eróticos y conmovedores de toda su vida.
Y Ben se estaba disculpando por ello.
– Pero te prometo -añadió Ben suavemente, sin dejar de mantenerla prisionera de su mirada-, que si ahora te acuestas conmigo, te demostraré que no hay necesidad de fingir nada.
Rachel clavó la mirada en su boca, firme y generosa, y todavía tenía razones para saber que era aterciopelada y sabía a pura gloria…
– ¿Rach?
Rachel se inclinó hacia aquella voz grave y sexy que estaba haciendo promesas en las que creía que ella podía estar interesada. Después, pensó en las acciones físicas que implicaría hacer lo que Ben estaba sugiriendo.
Él se desnudaría. Y en eso no habría ningún problema.
Y después tendría que desnudarse ella… un gran problema. Él era perfecto, y ella…