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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– ¿Una lectura complicada?

Lentamente, Miranda bajó el libro y le lanzó una mirada letal.

– ¿Perdón?

– ¿Muchas palabras difíciles?

Ella lo miró fijamente.

– No has pasado ni una página desde que empezaste.

Ella gruñó y, con determinación, pasó la página.

– ¿Es inglés o griego?

– ¿Cómo dices?

– Si es en griego, podría explicar tu velocidad.

Ella separó los labios.

– Tu lenta velocidad, claro -añadió él, encogiéndose de hombros.

– Sé leer en griego -le espetó ella.

– Sí, y es algo admirable.

Ella se miró las manos. Estaba agarrando el libro con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

– Gracias -gruñó.

Pero él no había terminado.

– Poco habitual en una mujer, ¿no crees?

Esta vez, Miranda decidió ignorarlo.

– Olivia no sabe leer griego -dijo él, como si nada.

– Olivia no tiene un padre que no hace otra cosa que leer en griego -respondió ella, sin levantar la mirada.

Intentó concentrarse en las primeras palabras de la nueva página, pero no tenían demasiado sentido, puesto que no había terminado la página anterior. De hecho, ni siquiera había empezado.

Repiqueteó con un dedo enguantado contra el libro como si fingiera que leía. Imaginaba que era imposible volver a la página anterior sin que Turner se diera cuenta. Aunque tampoco importaba, porque dudaba que pudiera concentrarse en la lectura mientras él la mirara de aquella forma, con los párpados caídos. Se dijo que era mortal. La encendía y sacudía, todo al mismo tiempo y, mientras, estaba completamente irritada con él.

Estaba bastante segura de que no tenía ninguna intención de seducirla pero, sin embargo, lo estaba haciendo bastante bien.

– Un talento peculiar, ése.

Miranda se mordió los labios y lo miró.

– ¿Sí?

– Leer sin mover los ojos.

Miranda contó hasta tres antes de responder.

– Algunos no tenemos que vocalizar las palabras cuando leemos, Turner.

– Tocado, Miranda. Sabía que todavía te quedaba esa chispa.

Ella clavó las uñas en el asiento tapizado. «Uno, dos, tres. Sigue contando. Cuatro, cinco, seis.» A este ritmo, tendría que contar hasta cincuenta si quería controlar su temperamento.

Turner vio que movía la cabeza a un ritmo extraño y le picó la curiosidad.

– ¿Qué estás haciendo?

«Dieciocho, diecinueve.»

– ¿Qué?

– ¿Qué estás haciendo?

«Veinte.»

– Empiezas a estar muy pesado, Turner.

– Soy persistente -sonrió-. Imaginé que tú, más que cualquier otra persona, apreciarías esta característica. Y dime, ¿qué haces? Movías la cabeza de una forma muy curiosa.

– Si quieres saberlo -dijo ella, muy seca-, estaba contando mentalmente para controlarme.

Él la miró unos segundos y luego dijo:

– Me estremezco al pensar lo que habrías podido decir si no te hubieras parado a contar.

– Se me está agotando la paciencia.

– ¡No! -exclamó él, en tono burlón.

Ella volvió a levantar el libro en un intento de ignorarlo.

– Deja de torturar a ese pobre libro, Miranda. Los dos sabemos que no lo estás leyendo.

– ¿Quieres dejarme tranquila? -estalló ella, al final.

– ¿Por qué número ibas?

– ¿Qué?

– El número. Has dicho que estabas contando para no herir mi delicada sensibilidad.

– No lo sé. Por el veinte o por el treinta. He dejado de contar hace cuatro insultos.

– ¿Has llegado hasta treinta? Me has mentido, Miranda. No creo, ni mucho menos, que te haya agotado la paciencia.

– Sí que me la has agotado -gruñó ella.

– Yo creo que no.

– ¡Aaaaaa! -Le lanzó el libro. Le dio de lleno en el lateral de la cabeza.

– ¡Au!

– No seas niño.

– No seas tirana.

– ¡Deja de provocarme!

– No te estaba provocando.

– Por favor, Turner.

– De acuerdo -respondió él con petulancia mientras se frotaba la cabeza-. Te estaba provocando. Pero no lo habría hecho si no me hubieras ignorado.

– Disculpa, pero creía que querías que te ignorara.

– ¿De dónde demonios has sacado esa idea?

Miranda abrió la boca.

– ¿Estás loco? Me has evitado como a la peste durante, al menos, los últimos quince días. Incluso has evitado a tu madre para evitarme a mí.

– Eso no es verdad.

– Díselo a tu madre.

Turner hizo una mueca.

– Miranda, me gustaría que fuéramos amigos.

Ella meneó la cabeza. ¿Existían unas palabras más crueles en el mundo?

– Es imposible.

– ¿Por qué?

– Porque no puedes tenerlo todo -continuó Miranda, que tuvo que recurrir a toda la energía de su cuerpo para evitar que le temblara la voz-. No puedes besarme y después decirme que quieres que seamos amigos. No puedes humillarme como lo hiciste en casa de los Worthington y luego decirme que me aprecias.

– Tenemos que olvidar lo que pasó -dijo él, con suavidad-. Debemos dejarlo atrás, si no por el bien de nuestra amistad, por el bien de la familia.

– ¿Puedes hacerlo? -preguntó Miranda-. ¿De verdad puedes olvidarlo? Porque yo no.

– Claro que puedes -dijo él, quizá demasiado resoluto.

– Carezco de tu sofisticación, Turner -dijo ella y luego, con amargura, añadió-: O quizá carezco de tu superficialidad.

– No soy superficial, Miranda -respondió él-. Soy sensato. Dios sabe que uno de los dos tiene que serlo.

Ella deseó tener algo que decir. Deseó tener una respuesta mordaz que lo dejara rendido de rodillas, sin palabras y temblando como una patética podredumbre gelatinosa.

Sin embargo, sólo se tenía a sí misma y a las terribles lágrimas de rabia que le ardían detrás de los ojos. Y ni siquiera estaba segura de poder mirarlo, así que se volvió hacia la ventanilla y contó los edificios que iban pasando mientras deseaba ser otra persona.

Cualquiera.

Y eso era lo peor porque, en toda su vida, incluso con una amiga íntima más guapa, más rica y mejor situada que ella, Miranda nunca había deseado ser otra persona.

En su vida, Turner había hecho cosas de las que no estaba orgulloso. Había bebido demasiado y vomitado encima de alfombras de precio incalculable. Se había jugado lo que no tenía. Una vez, incluso había montado a su caballo con demasiado brío y poco cuidado y había dejado al animal cojo durante una semana.

Sin embargo, nunca se había sentido tan mal como ahora, observando el perfil de Miranda, que estaba mirando por la ventanilla.

En dirección totalmente opuesta a él.

No dijo nada en un buen rato. Salieron de Londres y atravesaron las afueras, donde los edificios eran cada vez más escasos y estaban más alejados entre sí, hasta que sólo hubo campos a su alrededor.

Miranda no lo miró ni una vez. Turner lo sabía. La estaba mirando.

Y, al final, puesto que no podía soportar una hora más de silencio sepulcral, y como tampoco se atrevía a examinar qué significaba ese silencio, dijo:

– No pretendo ofenderte, Miranda, pero sé cuándo algo es una mala idea. Y coquetear contigo es una idea extremadamente mala.

Ella no se volvió, pero Turner oyó que le preguntaba:

– ¿Por qué?

La miró con incredulidad.

– ¿En qué estás pensando, Miranda? ¿Acaso te importa un rábano tu reputación? Si alguien descubre lo nuestro, tu nombre quedará mancillado.

– O tendrás que casarte conmigo -dijo ella, en voz baja y tono burlón.

– Cosa que no tengo intención de hacer. Ya lo sabes. -Maldijo entre dientes. Jesús, aquello había sonado muy mal-. No quiero casarme con nadie -explicó-. Y eso también lo sabes.

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