Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Sin Retorno
Sin Retorno - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 66
Перейти на страницу:

– ¿Cómo no van a aceptarte?-replicó Almeda-. A un buen hombre como tú.

– Escucha, mamá…

– ¿Qué pasa?

– Hoy he ido a ver a una persona. Uno de los blancos implicados en el incidente, el del setenta y dos.

El incidente. Todos los protagonistas lo habían llamado siempre así. A Almeda se le hundieron los hombros y se reclinó en el sillón.

– ¿Cuál de ellos?

– El que resultó herido por Charles Baker.

Almeda entrelazó las manos en el regazo.

– ¿Cómo has dado con él?

– Me lo tropecé en Walter Reed. Es Alex Pappas. Reconocí el nombre y lo asocié con la cara.

Almeda afirmó con la cabeza.

– ¿Y qué tal le ha tratado la vida?

– Estaba en el hospital entregando comida. Perdió un hijo en Iraq.

– Es horrible -dijo Almeda.

– Es propietario de un restaurante que hay en el centro. Lleva la cicatriz que le dejó Charles, pero aparte de eso no sé gran cosa de él. No he estado el tiempo suficiente para averiguar nada más. Él se sentía incómodo, como le pasaría a cualquiera. Lo calé enseguida.

– ¿Qué leíste en sus ojos?

– Leí bondad.

– ¿Por qué, Raymond? ¿Por qué has ido a verlo?

– Lo necesitaba -contestó Monroe.

Almeda le tendió la mano. Él la tomó, un diminuto manojo de huesos.

– Supongo que te entiendo -dijo ella.

– No ha podido ser accidental que ese hombre se haya cruzado en mi camino. Por las noches rezo por mi hijo sabiendo que todavía soy impuro por dentro. No puedo seguir así.

– ¿Vas a volver a hablar con ese hombre?

– He dejado la puerta abierta. Ahora depende de él.

– Si quiere profundizar más en el asunto, deberías incluir a tu hermano.

– Eso tengo pensado hacer.

– Él fue el que sufrió más.

– Sí, señora.

– ¿Ya está todo? -preguntó Almeda.

Raymond no le había contado todo. No quería que se preocupara por James.

– No hay nada más -respondió, y a continuación desvió la mirada.

Deon Brown estaba en el cuarto de estar de la casa de su madre, alternando entre la silla y los paseos de un lado para otro. Desde la noche anterior, Cody y él habían conseguido colocar la mayor parte de la hierba que le habían comprado a Dominique. Pasaban el día hablando por sus respectivos móviles desechables, concertando citas, haciendo entregas en aparcamientos, garajes, casas y apartamentos, y recaudando dinero. El resto de las onzas que no habían desembalado físicamente ya estaba comprometido. Las transacciones habían sido rápidas y correctas, y cada uno se había embolsado más de mil dólares en efectivo en menos de veinticuatro horas. Deon debería estar contento, pero no; estaba cansado de pasar el día entero con Cody, que no paraba de hablar, ni siquiera cuando estaba colocado. Casi había acabado con sus nervios.

Había venido a casa de su madre buscando un poco de paz, y puede que incluso a cenar con ella, ver la televisión juntos, charlar. Pero, para fastidio suyo, al llegar a la casa encontró dentro a Charles Baker. Deon lo oyó hablar en el piso de arriba, levantando la voz a su madre, y las fuertes protestas y replicas de ella. Y por último los gritos de Baker, más violentos y más aterradores, poniendo fin a la discusión con estridencia e intimidación. Después se hizo el silencio durante un par de minutos, seguido por un chirrido rítmico, que no era otra cosa que los muelles del colchón de su madre. A Deon le entraron ganas de salir de la casa, pero no pudo. No estaba dispuesto a abandonar a su madre en compañía de una escoria como Charles Baker. Baker estaba encima de su madre, empujando, haciendo crujir el colchón y haciendo rebotar las patas de la cama contra el suelo de madera. Se frotó las sienes y paseó nervioso de un lado al otro, pero no se fue.

Después, en la casa volvió a reinar el silencio. Deon oyó que se cerraba la puerta del dormitorio de su madre, situado en la segunda planta. Baker no tardó en bajar. Se detuvo un momento al pie de la escalera para remeterse la camisa dentro del pantalón y saludó con la cabeza a Deon, que ahora se había sentado en un mullido sillón.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -le preguntó.

– Un rato.

– Entonces nos has oído discutir.

– Por lo que parecía, sobre todo discutías tú.

– Tu madre es muy emocional. Las mujeres son así.

– O sea, que no te quedas a dormir -dijo Deon. No era una pregunta.

Baker, sin perder la sonrisa, mantuvo los ojos fijos en el muchacho. No le gustaba que le hablaran de aquella forma, pero iba a dejarlo pasar. «De todas formas ya estoy harto de ese agujero seco -pensó-. ¿Qué motivos tengo para desear quedarme?»

– Esta noche voy a dormir en mi casa compartida -dijo-. Pero antes tengo que pasarme por la esquina de la Trece con Fairmont, a ver a un amigo. ¿Te importa llevarme?

– Yo también me iba ya -repuso Deon, contento de sacar a aquel tipo de la casa de su madre.

Deon, al volante del Marauder, arrancó en dirección este con Charles Baker sentado a su lado. Se había hecho de noche, y el resplandor del panel de instrumentos daba color a las caras de ambos. Baker miró a Deon, que llenaba todo el espacio disponible detrás del volante, aunque el asiento estaba muy echado para atrás.

– Eres un tío bastante corpulento -comentó Baker-. ¿Cuánto pesas, ciento veinte?

– Por ahí.

– ¿Alguna vez has jugado al fútbol americano?

– Nunca.

– Estás echando mucha grasa. Es por todos esos Macs y esa comida basura que consumes. Tienes que vigilarte un poco, porque, no sé si te has fijado, pero empiezas a tener tetas como las tías.

Deon mantuvo la vista al frente, frenó y se detuvo del todo en uno de los muchos cruces que había ahora en la Trece.

– Con tu constitución -continuó Baker-, si hicieras pesas no tardarías mucho en ponerte cachas. Cuando yo levantaba pesas estaba hecho un animal.

«Cuando estabas en la cárcel», pensó Deon.

– Sea como sea -dijo Baker-. Tu amigo y tú no hacéis suficiente ejercicio físico, eso es lo único que digo. Claro que hoy en día los jóvenes son así. Entre el YouTube y el MySpace, los chats y todas esas gilipolleces, ya no usáis para nada los músculos. Yo sí que uso los músculos. Los de la cabeza y los de la espalda.

Deon aceleró al iniciar una leve cuesta y los Flowmaster que llevaba el Mercury dejaron escapar un gruñido.

– Por supuesto, con todo el dinero que tienes, imagino que no sentirás la necesidad de tener un buen físico. Estoy hablando de hacer ejercicio de verdad, de salir ahí fuera a empujar y sudar. Porque Cody y tú estáis forrados, ¿me equivoco?

– Nos va bien -contestó Deon.

– ¿Cuánto habéis ganado, por ejemplo, este último día, un par de miles, o más?

– Algo así.

– Y yo, vaciando bacinillas y fregando las manchas de mierda de los retretes, ¿por cuánto? ¿Por doscientos dólares a la semana? ¿Cómo te parece que me siento yo?

– ¿Adónde quieres llegar?

– Que adónde quiero llegar. Eres muy gracioso, ¿lo sabías? Quiero llegar a que ya llevo una temporada metido en la vida de tu madre, y he sido bueno con ella. Es para pensar que su hijo tendría ganas de devolver el favor y hacer algo por el tío que ha tratado tan bien a su mamá. Dale al señor Charles un poquito de eso tan bueno que habéis comprado tú y tu colega.

– Estamos servidos -dijo Deon.

– Pero yo, no.

– Lo que quiero decir es que nosotros ya teníamos en marcha lo nuestro antes de que aparecieras tú, y que no tenemos intención de ampliar el grupo. Estoy contento tal como estamos.

– Pues no se te ve muy contento que digamos. No veo que sonrías tanto. Tomas esas pastillas para la depresión y tal, pero a mí no me parece que estés muy alegre.

– Estoy bien así.

– ¿Y el chaval blanco ese? ¿También está contento?

– Eso tendrías que preguntárselo a él.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 66
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)