Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
A las tres cortó la cinta de la registradora para ocultar una parte de los beneficios al empleado de Hacienda. Dejó dinero suficiente en una caja metálica para poder empezar a la mañana siguiente, guardó ésta en el congelador y el resto se lo llevó a casa para entregárselo a Vicki, que era la que administraba las finanzas, igual que entregaba la crimata a su madre antiguamente, cuando tomó las riendas del negocio. Era un sistema que funcionaba, de modo que no había motivo para cambiarlo.
Juana y Blanca ya se habían ido, siempre eran las primeras en marcharse. Tito había terminado de pasar la mopa y había guardado el cubo y la fregona de tamaño industrial en el cuarto de atrás. Johnny y Darlene estaban donde la parrilla, anotando una receta en un cuaderno; Darlene ya se había puesto la ropa de calle, un conjunto completo con bolso a juego. Tenía la costumbre de, antes de marcharse a casa, ir a la trastienda y arreglarse de arriba abajo. Alex sabía que quería que él le echase una ojeada, igual que cuando ambos eran adolescentes. Con ello le decía que era una cocinera de uniforme, pero también una mujer que tenía una vida propia fuera de aquel local.
Tito salió tranquilamente al otro lado del mostrador y se sentó en la banqueta situada más próxima a la caja registradora. Él también se había puesto ropa limpia y se había echado por encima una buena dosis de colonia fuerte.
– Hola, jefe.
Alex terminó de contar el dinero y tecleó un importe en la calculadora.
– Tito. Hoy has ido un poco retrasado con los pedidos para entregar. ¿Había algún problema?
– Blanca me mandó demasiado lejos, hasta la calle Dieciséis. Y cuando llegué, la señora no tenía el dinero preparado para pagarme.
– La Dieciséis está fuera de tu zona.
– ¡Ya lo sé!
– Está bien, hablaré con Blanca.
Tito no hizo ningún movimiento para marcharse. Alex aguardó, sabiendo que Tito quería una de dos cosas: consejo, porque en aquel país no tenía padre; o dinero, porque siempre andaba escaso de fondos.
– Una cosa más, jefe.
– ¿Sí?
– Esta noche voy a llevar a una chica a cenar.
– ¿Una clienta nuestra o del barrio?
– Yo no me lío con los clientes.
– A ver.
Tito sonrió con timidez.
– Es una chica que he conocido en mi barrio. Vamos a ir a Haydee's. ¿Lo conoce?
Era un restaurante de cocina mexicana y salvadoreña. La propietaria había venido desde El Salvador, había trabajado de camarera y había abierto su primer restaurante en Mount Pleasant Street y más tarde el segundo en Georgia Avenue. En una ocasión, Alex había llevado a la familia a cenar al local de Mount Pleasant y la había aburrido, sin duda, con su entusiasmada repetición de una historia más de un inmigrante que había triunfado.
– Está bien -contestó Alex-. Y tiene precios razonables. Así que no me pidas demasiado.
– ¿Qué tal cuarenta dólares? -dijo Tito.
Alex se metió la mano en el bolsillo, sacó un fajo de billetes enrollados y extrajo dos de veinte.
– ¿Quieres que te lo descuente todo junto de la próxima paga?
– La mitad la semana que viene, y la mitad a la otra. ¿Vale?
Alex le entregó el dinero.
– Ponte goma, Tito.
– ¿Qué?
– Ya me has oído. Eres demasiado joven para ser padre.
– No me gusta el chubasquero.
– Haz lo que te digo, chaval.
Tito guiñó un ojo.
– Gracias, jefe.
Alex hizo un gesto de despedida con la mano.
– Que te lo pases bien.
Tito se encaminó hacia la puerta de atrás con un saltito atlético, de gallito. A Alex le recordaba a Gus; tema la misma disposición hacia lo físico, la misma seguridad en sí mismo. Y a él también le recordaba constantemente que usara condón. «Tu madre y yo no queremos tener nietos todavía, y tampoco te conviene destrozarle la vida a una chica.» Gus, al igual que Tito, no veía más allá del placer, no tomaba en cuenta las consecuencias. No era que fueran chicos insensibles, sino, más bien, insensatos. A Johnny nunca tenía que decirle que se pusiera condón. Sabía poca cosa de su vida personal, pero estaba seguro de que sería prudente. Por el contrario, Gus tomaba decisiones basadas en el deseo y en la emoción. Gus tenía la seguridad de que iba a jugar al fútbol americano en un nivel superior, pese a su baja estatura, y deseaba mudarse a Florida. Gus se había enrolado en el ejército impulsado por la visión romántica que tenía del guerrero. Gus tenía fantasías y sueños. Johnny tenía planes.
Alex oyó unos golpecitos, y al volver la cabeza vio a un negro alto que estaba llamando con los nudillos en el cristal de la puerta principal.
– Ya voy yo, papá -dijo Johnny.
– No, voy yo -replicó Alex.
Deslizó la caja del dinero bajo el mostrador, cerró el cajón de la registradora, pasó a través de la abertura que había en el mostrador y fue hasta la puerta. Formó con los labios la palabra «cerrado», pero el de fuera no se movió. Alex descorrió el pestillo y abrió la puerta lo justo para hablar con él.
– Ya hemos cerrado, señor.
– No vengo a consumir nada.
– ¿En qué puedo servirle?
– Me llamo Raymond Monroe.
Era un nombre muy común. Y también le resultaba vagamente familiar. Tuvo la sensación, cada vez más acentuada, de que ya había visto a aquel hombre en otra ocasión.
– ¿Me permite entrar un minuto?
– ¿Para qué?
– Oiga, no vengo a robar.
– Eso ya lo sé -replicó Alex un tanto violento, y también irritado.
– Ayer lo vi frente a la casa Fischer, en Walter Reed. Casi chocamos el uno con el otro.
– Cierto -respondió Alex. Así que lo conocía de aquello. No recordaba del todo el encuentro en cuestión, pero no tenía motivos para pensar que este hombre estuviera mintiendo.
– Ha sido Peggy. A Peggy la conoce, ¿no? Ella es la que me ha dicho dónde encontrarlo. Verá, tenía usted algo que… En fin, si quiere que le diga la verdad, fue lo del ojo. Y luego, cuando Peggy me dijo cómo se llamaba… Usted es el chaval que resultó herido en Heathrow Heights, ¿verdad?
Alex titubeó.
– En efecto.
– Yo soy uno de los chicos que tuvieron parte en el incidente. El hermano pequeño.
Monroe sacó la cartera y exhibió su permiso de conducir para que Alex pudiera asociar la foto con el nombre. Alex la miró, todavía bloqueando la puerta con el pie.
– Oiga, no quiero nada -dijo Monroe.
– Es que… me ha pillado desprevenido.
– Sólo un momento. -Monroe apoyó la palma de la mano en el cristal de la puerta-. Por favor.
– Claro. -Alex se hizo a un lado-. Pase.
Monroe penetró en el local y Alex echó la llave a la puerta. Ambos fueron hacia el mostrador.
– ¿Le apetece un refresco o algo?
– Estoy bien así -contestó Monroe.
– ¿Papá? -llamó Johnny, que estaba con Darlene junto a la puerta de atrás.
– Marchaos a casa, los dos -dijo Alex-. Yo voy a charlar un momento con este caballero. Enseguida os alcanzo.
Tras esperar a que se fueran Johnny y Darlene, Alex indicó con un gesto la banqueta que estaba más cerca de la registradora. Una vez que Monroe quedó instalado, también tomó asiento él, dejando una banqueta libre entre ambos. Rara vez se sentaba a este lado del mostrador, y no supo qué hacer con los brazos.
– ¿Ése era su hijo?
– El mayor, sí.
– Un chaval muy guapo.
– Gracias.
– Yo también tengo un hijo, es soldado. Se llama Kenji y pertenece a la Décima División de Montaña, Primer Batallón. Equipo de Combate de la Tercera Brigada.
– Que Dios lo proteja -comentó Alex.
– Sí.
– ¿Por eso estaba usted en Walter Reed?
– No, trabajo allí. Soy fisioterapeuta.
– Eso es admirable.
– Bueno, me pagan por ello, de modo que no es que esté donando gratuitamente mi tiempo. Pero procuro echar una mano, ¿sabe? Me sentía un poco inútil mientras Kenji estaba allá, haciendo la parte que le corresponde.