Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Sí, voy a preguntárselo. Porque Cody me da la sensación de que es un tipo ambicioso. Más que tú.
– ¿Dónde quieres bajarte?
– Ya te he dicho que en Fairmont. Todavía faltan unas cuantas calles. -Baker tamborileó con los dedos en el salpicadero-. Me imagino que no acabas de verlo. Te falta visión, chaval.
Deon no preguntó a Baker qué era lo que no acababa de ver.
– A la marihuana no quiero ni acercarme -dijo Baker-.
No me apetece violar la condicional con una detención por drogas. Y si intentara meter las narices en la parte, digamos, mecánica del negocio, la jodería del todo, porque no se me da bien hacerme cargo de los detalles. La verdad es que no tengo ni puta idea del negocio de mover hierba. Pero sí conozco la naturaleza humana.
– ¿Adónde quieres llegar?
– Cuando vi por primera vez a tu amigo Dominique, vi a un tío que va de legal. Tengo un poco de experiencia a la hora de identificar a toda leche a esos hijos de puta.
«No me cabe ninguna duda», pensó Deon.
– O sea, si me metieras en una habitación con el tal Dominique, te negociaría condiciones mejores cagando leches. Aumentaría vuestra comisión. Ése es el papel que desempeñaría para vosotros. Y no estoy de coña, soy capaz de ello.
– Dominique tiene gente -dijo Deon.
– ¿Qué gente?
– Tiene un hermano más bien duro.
– Gilipolleces. A los dos les corre la misma sangre por las venas, ¿no? Pues me la suda.
– Estamos bien tal como estamos -dijo Deon.
– Sí que eres cabezota -repuso Baker-. Vale. Que te jodan, chaval. No necesito nada de ti. Mi oportunidad está a punto de llegar. A quien pedirás préstamos será a mí.
– Ya hemos llegado -dijo Deon.
– Para.
Justo antes de llegar a Fairmont, Deon detuvo el Mercury junto a la acera y lo dejó al ralentí. Dos bloques más adelante, en Clifton Street, se veía a blancos jóvenes y trajeados caminando por lo alto de la amplia colina que discurría junto al instituto Cardozo, saliendo de la boca de metro para dirigirse a sus pisos y sus adosados.
– Fíjate en ésos -dijo Baker-. Creen que pueden moverse con libertad… no tienen ni idea de dónde están ni de lo que puede ocurrirles. Van por ahí muy seguros de sí mismos. Se creen que van a hacerse dueños de nuestra ciudad.
– Pensaba que tú eras de Maryland -dijo Deon.
– No me corrijas, chaval -replicó Baker con una expresión seria y avejentada bajo las luces del salpicadero-. Me cabreas.
– No he pretendido decir nada.
– Ya sé que no, grandullón. -Baker forzó una sonrisa-. Gracias por traerme. Te veo más tarde, ¿vale?
Deon observó a Baker mientras éste echaba a andar en sentido oeste por Fairmont Street con el cuello de la chaqueta vuelto hacia arriba y las manos colgando a los lados. A continuación, él tomó dirección este, luego giró a la izquierda en la calle Doce y se alejó del centro.
Charles Baker llegó hasta el centro de la manzana, una fila de chalés adosados con torretas, y cruzó la acera para acercarse a la fachada de una casa que tenía múltiples apartamentos. Penetró en un portal abierto y pulsó uno de los botones marrones que había junto a unas tiras de papel insertadas en receptáculos de cristal.
De unas ranuras salió una voz débiclass="underline"
– Sí.
– Soy tu colega, Charles. Se hizo un largo silencio.
– ¿Y?
– Estoy en tu calle, y se me ha ocurrido, no sé, entrar a saludarte.
A Baker le pareció oír un suspiro. A lo mejor fue el siseo de la estática que procedía del altavoz. No lo supo con seguridad.
De pronto se oyó un zumbido. Baker abrió la puerta de madera y cristal. Atravesó un recinto pequeño y limpio y subió un tramo de escaleras hasta el rellano del segundo piso; una vez allí, llamó con los nudillos a una puerta marcada con unos números adhesivos.
Se abrió la puerta. En el umbral apareció un hombre corpulento, de pecho fuerte, vestido con pantalones azules de trabajo y camisa desabotonada del mismo color. Llevaba también una camiseta blanca que le colgaba con aire desaseado sobre la barriga. Sostenía una lata abierta de cerveza Pabst Blue Ribbon con una mano encallecida y regordeta. Tenía los ojos grandes y un poco inyectados en sangre y el cabello despeinado y sin arreglar, bastante largo.
– ¿Qué ocurre? -dijo el hombre.
– ¿Así te diriges a tu antiguo socio?
– Buscas algo. Si no, no habrías venido hasta aquí.
– No es más que una visita. Pero no puedo hacerla desde aquí fuera.
– Mañana tengo que levantarme para ir a trabajar.
– Sí, yo también tengo un día cojonudo -repuso Baker-. ¿Me dejas entrar?
El gigante de pecho de oso le dio la espalda y se internó en el apartamento, que estaba a oscuras y dominado por el fuerte volumen del televisor. Charles Baker entró y cerró la puerta.
El otro tomó asiento en su sillón favorito, uno reclinable, y bebió un trago de cerveza. Esta se derramó y le resbaló por la barbilla hasta la camisa. Se pasó la mano por el lugar donde había caído la mancha húmeda, el parche ovalado y de color blanco que llevaba cosido a la tela y en el que figuraba su nombre bordado.
– ¿No vas a ofrecer una cerveza a tu invitado? -dijo Baker.
– Coge una -respondió el otro.
– Sabía que eras mi colega. -Baker fue hasta el frigorífico que había en la diminuta cocina del apartamento. No tuvo dificultad para dar con él, no era la primera vez que estaba en aquella casa.
James Monroe, sentado en su sillón, permaneció con la vista al frente, con el brillo del televisor parpadeando en sus ojos negros.
Capítulo 1 4
Alex y Vicki Pappas estaban sentados en su cuarto de estar con sendas copas de vino, tinto para él, blanco para ella. Vicki le había estado hablando de la jornada que había tenido su hijo Johnny en el trabajo y del talento que poseía para relacionarse con los clientes y con los empleados. Dijo que la presencia de Johnny en la cafetería iba a ser positiva para su relación, que iba a ayudarlos a estar más unidos. Alex estaba preparado para discutirle aquello, pero, con toda sinceridad, tuvo que coincidir con ella. El hecho de tener a Johnny en el local iba a resultar beneficioso para el negocio. Y además le gustaba tenerlo allí.
A continuación, Alex le contó a su mujer lo del hombre que había ido a verlo a la hora de cerrar. Ella escuchó con atención y formuló unas cuantas preguntas, pero no pareció tener mucho interés por prolongar la conversación ni por invertir más energía en aquel tema. El incidente había tenido lugar varios años antes de que ella hubiera conocido a Alex; para ella, era un suceso abstracto que le había sucedido a un muchacho que no conocía y que tenía poco que ver con el hombre al que amaba y con el que llevaba casada veintiséis años.
– Tú no crees que esto sea una estafa, ¿verdad?
– Es él -respondió Alex.
– Te estoy preguntado si es una extorsión.
– No. Fue muy amable. No creo que sea nada de eso.
– ¿Vas a llamarlo?
– ¿Debería?
– Cariño, es cosa tuya. -Vicki se encogió de hombros y se levantó del sillón-. Estoy hecha polvo. Me voy a la cama.
Se inclinó y le dio un beso en la boca. El la agarró de la mano y prolongó el beso.
– Buenas noches, Vicki.
– Kali nicta.
Tras servirse lo que quedaba del vino, Alex se sentó ante el ordenador familiar y entró en la red. Primero buscó los archivos del Washington Post, y halló varios artículos relativos al incidente, desde el parte inicial del crimen hasta el anuncio de la acusación, dieciocho meses más tarde, en la primavera de 1974. En un momento dado había leído la mayoría de aquellos artículos, e incluso se había guardado algunos de ellos, con la sospecha de que algún día querría repasarlos, pero un par de años después de casarse los tiró a la basura con la esperanza de que, al nacer su primer hijo, aquel capítulo de su vida quedase cerrado.