Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Vicki.
– ¿Qué? -respondió ella con los ojos cerrados.
– Voy a llamar a ese tipo -dijo Alex.
– Duérmete.
Alex apagó la luz de la mesilla de noche. Pero no se durmió.
Capítulo 1 5
James Monroe vivía en un apartamento muy pequeño. La única habitación principal contenía dos camas, una cómoda barata, un par de sillas, un televisor apoyado en una mesita y un compacto estéreo que descansaba sobre una estantería metálica con ruedas. Monroe casi no tenía espacio para volverse dentro de la cocina. Cuando se sentaba en la taza del váter, tenía que mantener los brazos pegados al cuerpo para no tocar las paredes.
James Monroe y Charles Baker se sentaron muy juntos en los dos sillones que había en la habitación. Ambos bebían cerveza. Monroe estaba viendo la televisión, y Baker estaba hablando.
Monroe no sentía demasiado interés por el programa que estaban viendo. Era la serie sobre autopsias ambientada en Miami, y no se creía ni una palabra. Pero era más fácil ver aquella serie que prestar toda su atención a Baker.
– Ahora Red va a disparar a alguien -dijo Baker-. Vestido con su traje de diseño y sus gafas de sol. Sabrás que eso también se lo han inventado.
– ¿El qué?
– Estoy hablando de los de C.S.I., que sacan la pistola y le disparan a alguien. Esas cosas no suceden nunca. La policía de verdad ni siquiera saca la pistola la mayoría de las veces. Pero este Red, todas las semanas se carga a un hijoputa con su arma. Con esa melena tan bonita que tiene, ondeando en el viento.
De uno de los muchos libros que había leído Monroe en la cárcel, recordó un pasaje que hablaba de las películas de televisión de Estados Unidos que tratan de crímenes. El autor decía que era un «género fascista», porque en dichas películas a los criminales los cogían siempre, y la policía y los fiscales ganaban siempre. Dichas películas advertían a los ciudadanos, en efecto, de que debían cumplir las normas, de que si se atrevían a infringir la ley los detendrían y los meterían en la cárcel. Monroe rio ligeramente al leerlo. La gente quería que alguien le dijera que su vida no corría peligro. Aquellos guionistas de televisión estaban ganando dinero dándole a la gente las mentiras que la gente quería oír.
– Hum -dijo Monroe.
– ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
– Estoy intentando ver la serie.
– ¿Y lo otro?
– ¿Qué es lo otro?
– Lo que te estaba contando. La persona con la que he quedado.
Baker había venido a hablarle a Monroe de la cita que había concertado con Peter Whitten para comer al día siguiente. Monroe se limitó a negar apenas con la cabeza y mantuvo la mirada inexpresiva y fija en el televisor.
– ¿Y bien?
Monroe bebió de su lata de cerveza.
– Te necesito, tío -dijo Baker-. Necesito que vengas conmigo. No es necesario que digas nada, sólo tienes que sentarte a mi lado y hacer bulto. Transmitir el mensaje a ese tipo, para que yo no tenga necesidad de amenazarlo directamente. Se dará cuenta. No le queda otro remedio.
Monroe se quitó algo que tenía en el ojo.
– Este tío tiene dinero -dijo Baker-. Y algo de ello podría ser para nosotros. Nos lo debe, ¿entiendes? Pienso ser generoso y darte una parte por acompañarme. No la mitad ni nada parecido, pero algo sí. Después, pondré el dedo en el otro. Haré exactamente lo mismo. Tú sabes de sobra que llevarán encima un sentimiento de culpa. En el periódico, el señor Whitten alardeaba de que es muy amigo de los negratas. Bueno, pues yo voy a darle una oportunidad para demostrarlo. Y si no lo demuestra, tendrá que saber que yo voy a cargarme su reputación.
– No -dijo Monroe.
– ¿Qué?
– No quiero formar parte de eso.
– Ya eres parte.
– No es verdad.
– La letra de la carta original es la tuya. ¿Cómo vas a decir que no tienes nada que ver?
Era cierto. James había escrito el primer borrador de la carta, redactado a bolígrafo sobre papel, por instigación de Charles. Porque James había bebido mucho aquella noche, el alcohol estaba razonando por él, y no había pensado en las ramificaciones que seguirían. Porque Charles era demasiado lerdo para escribir él la carta, de manera legible, gramaticalmente correcta y sin faltas de ortografía. Porque James lo que quería era que Charles saliera de su apartamento, y aquélla parecía la única manera de conseguirlo. En ningún momento llegó a pensar que Charles fuera a entregar la carta. Creyó que era una de sus fanfarronadas habituales.
Desde el incidente, le resultaba un problema decir que no a Charles. Ello le había ocasionado toda clase de dificultades. En cierta ocasión volvió a llevarlo a la cárcel.
– No quiero formar parte de ello -repitió Monroe.
– Y supongo que tampoco quieres dinero.
– Ya gano dinero trabajando.
– En un frío taller mecánico.
– Donde sea. Pero trabajo.
Baker se levantó del sillón y se puso a pasear por la habitación describiendo un pequeño arco. Al final, se cansó y apuntó con el dedo al rostro de Monroe.
– Me lo debes.
Monroe se levantó y se irguió en toda su estatura. Entrecerró los ojos, y Baker dejó caer la mano al costado.
– Mira, tío. Lo único que digo…
– Eso pertenece al pasado -recalcó Monroe. Calló unos instantes para serenar un poco la respiración. Cuando volvió a hablar, su voz sonó grave y controlada-. Escucha. Los dos tenemos más de cincuenta años.
– Eso es de lo que estoy hablando. Se nos acaba el tiempo.
– Deberíamos haber aprendido. Estar agradecidos por esta oportunidad de volver a empezar desde cero.
– ¿De qué tengo que estar agradecido yo? ¿De ese apestoso empleo que tengo?
– Pues sí. Yo voy al trabajo todos los días y me alegro de tenerlo. Me alegro de tener alquilado este apartamento, del que puedo salir cuando me apetezca. Explotar a la gente, hacer trabajos sucios… para mí, ese tren hace mucho que salió de la estación.
– Pues para mí, no -repuso Baker-. No sé hacer las cosas de otra forma.
Monroe observó los ojos duros, color avellana, de Baker y vio que así era.
– Esos blancos nos jodieron la vida -dijo Baker.
– Ya te lo he dicho: no.
– No te equivoques. Todavía tengo la carta, escrita con tu letra.
– Yo no he escrito ninguna carta. Corregí un poco la redacción y la puntuación porque lo que tú escribiste era un desastre y casi no se podía leer. Únicamente intentaba enseñarte un poco. La verdad es que no pensé en absoluto que fueras lo bastante idiota para enviarla. Estaba haciéndote un favor.
– Te lo agradezco. Pero aun así, las correcciones que hiciste llevan tu letra.
– ¿Me estás amenazando?
– No es mi intención.
– Si pretendes decir algo, dilo claramente.
– No hay ningún mensaje entre líneas. -Baker esbozó una sonrisa-. Tú y yo estamos unidos para siempre. Eso es todo.
– He sido un caballero y te he permitido que me hicieras una visita. Ahora ha llegado el momento de que te vayas.
– Te veo en otro momento.
– Vamos. Tengo que dormir.
Una vez que Baker hubo cerrado la puerta al salir, James Monroe echó el pestillo, fue hasta el frigorífico y cogió otra Pabst. Se sentó en su sillón y miró la televisión fijamente, pero sin poner atención en lo que salía en pantalla.
Tomó el teléfono e hizo una llamada. La conversación que tuvo fue breve y emocional.
Acto seguido, cambió el canal de la televisión y puso un partido de los Wizards que se emitía desde Seattle. Quitó la anilla de la lata de cerveza, inclinó la cabeza hacia atrás y echó un buen trago.
La Casa del Sol era uno de los muchos sitios para comer que había en Georgia Avenue, tanto dentro de Washington D.C. como en el centro de Silver Spring. El rótulo de neón del escaparate anunciaba «Filete con queso, marisco, pollo frito y comida china», una oferta muy heterogénea que daba como resultado mediocridad y, en última instancia, ardores de estómago y diarrea. El propietario se apellidaba Sol, de ahí el nombre del establecimiento. Sol poseía tres locales: en D.C, en Montgomery y en Prince George's County, vivía en un chalé situado en Falls Road, en Potomac, conducía un Mercedes Serie E y tenía hijos estudiando en el M.I.T. y en Yale. Cody Kruger denominaba a aquel restaurante «La Casa del Guarro». Deon y él almorzaban allí con frecuencia.