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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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Los recuerdos que albergaba de aquella época eran tan borrosos como el incidente en sí. No acudió al funeral de Billy Cachoris. En aquel momento él se encontraba internado en el hospital Holy Cross, y a continuación, en el otoño, vinieron las dos intervenciones de cirugía reconstructiva. Su estancia en el hospital consistió en un día tras otro de dolor y de fármacos, con el televisor de la pared como único entretenimiento, que le cansaba el ojo bueno, y la radio que sus padres le habían traído de casa. Escuchaba los 40 Principales porque no podía coger las emisoras progresistas que le gustaban, y la lista de temas era una provocación: Rocket Man, Black and White, Precious and Few. Eran canciones que habían estado sonando precisamente aquel día. Canciones a las que Billy había cambiado la letra, temas con los que estuvieron haciendo chistes tan sólo unas horas, unos minutos antes de que mataran a Billy. Al presentar cada canción, el pinchadiscos de la PGC decía: «¡Mil novecientos setenta y dos, éste es el tema de vuestra vida!» Y Alex pensaba: «No me hagas reír.»

Al igual que muchos adolescentes que se las han visto en situaciones graves, Alex pensaba que nunca más iba a brillar el sol en su lado de la calle. Cuando volvió a casa, escuchó sin cesar su álbum de Blue Oyster Cult, y en particular poniendo una y otra vez el tema Then Carne the Last Days of May: «Tres colegas iban riendo y fumando / en la parte de atrás de un Ford alquilado. / No podían saber que no llegarían muy lejos.» Parecía que lo habían escrito para él y sus amigos.

Excepto en la presencia de autoridades jurídicas, Alex había vuelto a tener escaso contacto con Pete Whitten. A Pete, su padre le había prohibido que se relacionase con él, y las pocas conversaciones que tuvieron por teléfono fueron incómodas y estuvieron llenas de silencios. Pete se marcharía el verano siguiente a una universidad de otro estado; su vida no se había visto alterada por el incidente, ya que ni él ni Alex habían sido acusados de ningún delito. Alex comprendió que la amistad que tenía con él había terminado.

Para Alex, lo más extraño del período posterior al incidente fue regresar al instituto. Tenía la sensación de que su rostro era feo y daba miedo, aunque, naturalmente, su percepción era mucho peor que la realidad. Tenía el ojo muy caído en el extremo, y el tejido cicatrizal que lo rodeaba se veía pastoso. Era imposible que la gente no se fijara en él, pero distaba mucho de ser horroroso; en cierto modo, simplemente daba una impresión de tristeza permanente. Rompió con Karen porque supuso que ya no iba a resultarle atractivo. Un día, en la sala del ala E, un chaval que se llamaba Bobby Cohen le dijo con toda inocencia: «Oye, tío, me han dicho que te agredieron unos negros», y Alex lo agarró por la camiseta y lo arrojó contra las taquillas. El chico no había dicho nada malo, pero Alex andaba buscando una excusa para explotar.

Día a día se le fue agriando el carácter. No era un chico violento, pero se había ganado una fama de indeseable, simplemente porque había participado en un incidente racial en el que a uno de sus amigos lo habían matado de un disparo. Los negros de su instituto, que eran aproximadamente unos treinta entre un total de quinientos, dejaron de hablarle. Antes del incidente se había llevado bien con varios de ellos, sobre todo porque tenía trato con ellos en la cancha de baloncesto que había cerca del aparcamiento de los profesores, pero aquello se acabó. Un grupo de engominados, los últimos de su especie, quiso hacer migas con él pensando que compartía sus prejuicios raciales. Se denominaban, de forma muy imaginativa, los Amos Blancos, y Alex los rechazó. Su objetivo consistía en terminar el último año del instituto con la cabeza gacha. Lo atormentaba un fuerte sentimiento de culpa por la muerte de Billy y no deseaba hacer amigos nuevos. Quería estar solo.

El hecho de trabajar para su padre, en cierto modo, le permitió conservar la humanidad. Los clientes, lectores del Washington Post y del Evening Star, estaban enterados de su participación en aquel suceso. Algunos le mostraron rechazo pero la mayoría lo trató con educación. Inez, típico de ella, no hizo mención alguna del incidente, y en ocasiones soltaba una risita cuando Alex pasaba por su lado, como si supiera algo de él que él desconocía. Júnior y Paulette, fuera lo que fuese lo que sentían, se lo guardaban para sus adentros. Lo más difícil fue enfrentarse a Darlene la primera vez. Pero, gracias a Dios, Darlene fue buena.

– ¿Te duele? -le preguntó tocando la cicatriz con los dedos, la única persona aparte de los médicos y su madre que hizo algo semejante.

– Ya no -contestó Alex-. Oye…

– No tienes por qué hablar de ello. Me dolió leer tu historia en los periódicos, no puedo negarlo. Pero en parte fue porque sabía que también te dolía a ti. Mira, cualquiera puede equivocarse de coche. Porque a eso se redujo todo. No pudo ser de otra forma. Alex, yo te conozco, así que no tienes necesidad de decir ni una palabra más.

A veces, después del trabajo, se sentaban un rato en la cafetería semi a oscuras, hasta más allá de la hora de cerrar. Su padre se había marchado y le había dejado a él la llave. Los dos charlaban en voz queda y oían música en el ocho pistas portátil que Darlene se traía al trabajo todos los días. Marvin Gaye, los Isley Brothers y Curtis Mayfield, la cinta más memorable de todas era la que llevaba por nombre «Curtis», con la foto del cantante sentado con toda naturalidad con su traje amarillo limón. Canciones atemporales como The OtherSide ofTown, The Making of You, We the People Who Are Darker Than Bine, el hermoso falsete de Curtis y sus suaves arreglos flotando en el aire mientras dos adolescentes hablaban de cosas de adolescentes, a veces cogidos de la mano, pero siempre sin pasar de ahí, siempre como amigos.

En lo referente al juicio, la participación de Alex en el mismo fue mínima. Estuvo asesorado por el fiscal del Estado, un tal Ira Sanborn, pero en el estrado tuvo muy poca cosa que contar. Él no había visto el disparo en sí. Él no había visto al joven que le destrozó la cara. Sólo pudo describir los ruidos, las sensaciones y las voces que oyó. En el turno de preguntas de la parte contraria, el abogado defensor encargado del caso, un hombre joven que se llamaba Arthur Furioso, intentó pintar a Alex y Pete como dos jóvenes racistas que habían sido los responsables del asesinato en última instancia por haber dado lugar al suceso, pero Sanborn aportó varios testigos que dieron fe de la buena reputación de los muchachos, en número suficiente para refutarlo. Para el jurado, estaba el hecho de que se había asesinado a un adolescente y se le había destrozado la cara a Alex. Además, en ningún momento se había cuestionado quién era el que había apretado el gatillo. El mayor de los dos hermanos, James Monroe, había confesado unas horas después del incidente ser el autor del disparo; él y su hermano pequeño Raymond, y también el amigo de ambos, Charles Baker, que había admitido haberle pegado la paliza a Alex, fueron acusados de asesinato, agresión intencionada y múltiples delitos de arma de fuego. Lo único que quedaba por saber, le dijo Sanborn a la familia Pappas en privado, era el grado que iban a adjudicar a la acusación de asesinato y cuál de los tres sería condenado y enviado a prisión.

Alex, sentado delante de la pantalla del ordenador, salió de la página del Post sin leer el último artículo que figuraba en los archivos. Tecleó en un buscador las palabras «Heathrow Heights» y «asesinato» y terminó encontrando una página que vendía transcripciones parciales de juicios celebrados hasta cincuenta años antes. Se sirvió de su tarjeta de crédito para pagar la tasa de acceso, que ascendía a cuatro dólares con noventa y cinco centavos, e imprimió un documento que llevaba el encabezado de «James Ernest Monroe contra el estado de Maryland» junto con el número y la fecha del caso, presidido por un tal juez Conners.

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