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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– ¿Qué tal todo hoy, querida? -preguntó Alex.

– Fantástico -respondió la mujer, de cabello oscuro.

Miró más allá de Alex mientras éste iba sacando el cambio. Tenía detrás la vitrina de los postres. Su padre había escogido aquella ubicación pensando que a lo mejor a los clientes les entraban ganas de llevarse alguna cosilla a la oficina cuando ya estaban saliendo por la puerta.

– ¿Alguna tentación?

– ¿Qué tal está la tarta de melocotón?

– Buena. Si quieres, puedo envolverte una ración.

– Mejor no. Aunque es una lástima dejar que se eche a perder.

– No va a echarse a perder -replicó Alex. La tarta de melocotón no tenía mucha salida en el local, pero Alex la pedía a los proveedores porque por lo visto les gustaba a los soldados, muchos de los cuales provenían del sur. También tenía en el expositor refrigerado media tarta de queso con cerezas. Pensaba meter las dos en una caja y dejarlas en el hospital de camino para casa.

– Papá. -Mientras la abogada salía del local, John Pappas se había acercado a la caja y se había quedado detrás de su padre.

– ¿Sí?

– Se han acabado los cangrejos, menos una ración.

– Ya te he oído -replicó Alex a la vez que giraba sobre sus talones para mirar a su hijo. John llevaba un pantalón negro y una camisa azul cielo. Parecía un tipo que estuviera a punto de pedir un martini, no un camarero de la barra-. Muy bien.

– No pongas tanto entusiasmo.

– No, lo digo en serio. Está muy bien. Hemos tenido beneficios y hemos hecho amigos nuevos. He oído comentarios positivos de los clientes. Aunque no tantos en relación con la sopa…

– Supongo que no debería haber incluido espárragos.

– Dan un olor raro a la orina. Y a la gente no le gusta que le huela la orina, sobre todo en el trabajo. Acuérdate de que tienen que compartir el cuarto de baño.

– No había pensado en eso.

Alex se dio unos golpecitos en la sien.

– Utiliza el mialo.

– ¿Quieres esa última ración de cangrejos para almorzar tú?

– No los retires todavía -dijo Alex-. Puede que los quiera algún cliente.

– Vale.

– Pero si dentro de media hora todavía no los ha pedido nadie, dile a Darlene que me los ponga en un plato con algo de acompañamiento. Ella ya sabe lo que me gusta.

– De acuerdo.

– Y, Johnny…

– ¿Qué?

– ¿Hoy se te ha agotado la música? Porque da la impresión de que la canción es siempre la misma.

– Lo que suena es Thievery Corporation, papá.

– Como si es una mezcla de la General Motors y la IBM. Aquí vendemos comida, no etiquetas de X.

– ¿«Etiquetas de X»? -dijo John entre risas.

– ¿No se dice así?

– Deberías atenerte a tu época. Collares del amor y pantalones de campana, cosas así.

– Hijo, eso es anterior a mi época.

– Voy a hablar con Darlene.

– Adelante.

– Está entusiasmada con el especial de mañana: gambas criollas.

– Suena caro.

– Esta semana las gambas están de oferta.

– Pero no te pases de la raya. Esto no es una marisquería.

Alex lo observó mientras se alejaba pisando las esterillas de goma y por el camino se paraba para conversar con un ejecutivo del NAB. Le preguntó por lo que había comido y qué le gustaría ver en el menú en el futuro. Al ejecutivo pareció complacerlo el hecho de que alguien solicitara su opinión. Llevaba tres años yendo a comer allí, y no había intercambiado con Alex más que unas cuantas palabras amables pero vacías.

Darlene estaba de pie junto a la parrilla, con la espátula apuntando hacia el techo. Hizo un gesto con la barbilla en dirección a Johnny, y después le sonrió a Alex. A su lado, Blanca silbaba mientras empezaba a envolver y guardar los embutidos. Tito estaba al fondo, ejecutando una especie de baile latino junto al lavavajillas. De acuerdo, todos daban la impresión de estar más contentos cuando Johnny estaba presente. No era que Alex fuera un negrero ni un cascarrabias, pero la verdad era que el chico iluminaba el local igual que si hubieran dado una mano de pintura nueva. Con todo, Johnny tenía mucho que aprender.

– Collares del amor -dijo Alex coincidiendo con un cliente que se acercaba a la caja trayendo la nota de la consumición en la mano.

– ¿Qué es eso? -dijo el hombre.

– Mi hijo opina que soy un dinosaurio.

– Bienvenido al club. En mi caso, la diferencia es que el mío no tiene ambición y no sabe cocinar.

– Pásese mañana -le dijo Alex experimentando una desconocida punzada de orgullo mientras el cliente iba depositando billetes sobre el mostrador-. Va a hacer un plato especial con gambas.

Charles Baker había acudido a la residencia de ancianos para pasar allí unas horas, por cuenta de su agente de la condicional, una bonita chica latina que le había programado una cita. Todo fue bien. Le dijo que le gustaba su empleo y que tenía una actitud verdaderamente positiva respecto del futuro, todas las gilipolleces que ella deseaba oír. La agente dijo que la muestra de orina que él había entregado en la clínica había dado resultado negativo, lo cual no lo sorprendió lo más mínimo; bebía sólo un poquito, cosa que era legal en un delincuente, pero no fumaba droga. Ni siquiera de joven le había gustado. Menos mal, porque los planes que había trazado eran complicados, y para que salieran bien tenía que tener la cabeza despejada.

Su supervisor africano le cubrió las espaldas y le dijo a la agente de la condicional que Baker había cumplido con su trabajo y que en general era uno de sus empleados más dispuestos. La agente se marchó, y cuando su coche salió del aparcamiento Baker hizo lo mismo.

En el cruce entre Branch Avenue y Pennsylvania tomó un autobús que pasaba por el centro. Estaba dentro de él, viajando en dirección oeste, cuando de pronto le sonó el móvil. La pantalla indicó que se trataba de un número oculto. Baker lo atendió.

– Sí.

– ¿Charles Baker?

– El mismo.

– Soy Peter Whitten.

Baker sonrió de oreja a oreja. Se aclaró la garganta y se enderezó en el asiento alargado que compartía con un individuo vestido con un abrigo que olía a culo sin lavar.

– Señor Whitten. Gracias por llamarme.

– Sólo para tenerlo claro, usted es el Charles Baker que dejó una nota en mi buzón, ¿correcto?

– Soy yo.

– En mi opinión, deberíamos vernos en persona. ¿Qué le parece?

– Opino lo mismo -repuso Baker intentando una forma de hablar refinada.

– ¿Qué tal mañana? ¿Está libre para almorzar?

– Pues sí.

– Hay un sitio que me agrada mucho… ¿Tiene para anotar?

– Me acordaré.

Peter Whitten le dio el nombre del restaurante, la ubicación y la hora de la reserva.

– Tiene que venir con americana. Creo que es obligatoria.

– Así lo haré -contestó Baker-. Hasta entonces.

Cerró el móvil. Miró por la ventanilla y se notó sonreír. Esperaba que al principio Whitten se pusiera furioso, si es que mostraba alguna reacción. Pero, por su voz, le había parecido de lo más razonable. Simplemente, la gente de dinero hacía las cosas de otra manera. Civilizadamente. Baker no estaba acostumbrado a los buenos modales ni al comportamiento racional, pero sabría llevarlo bien. La violencia no era el único modo de conseguir cosas.

Aquello iba a resultar fácil.

Alex Pappas estaba junto a la caja, contando la calderilla de los cajetines, con la mano izquierda puesta bajo el borde del mostrador mientras con el dedo índice de la derecha iba empujando monedas. Movía los labios calculando las cantidades e iba tecleando éstas en una calculadora del tamaño de una novela de bolsillo. El sol ya había pasado de largo, y lo había dejado a él bajo el resplandor amarillento de las lámparas de forma cónica que pendían del techo.

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