Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Ya viene -dijo Charles Baker.
Estaban aparcados en Madison, mirando al oeste, con el oscuro recinto del parque a la derecha y las casas a la izquierda. Por la calle se acercó despacio un voluminoso Chrysler 300, luego giró haciendo maniobra y dio marcha atrás para situar el maletero casi pegado al capó del coche de ellos. De él se bajó Dominique Dixon, el cual levantó la puerta del maletero del Chrysler a la vez que Cody abría el del Honda utilizando el mando a distancia. Dominique sacó rápidamente dos bolsas de basura negras de gran tamaño, cada una llena de medio kilo de marihuana. A continuación cerró el maletero con el codo, fue hasta el otro extremo del Honda, metió las bolsas en el maletero de éste y cerró.
– Hay que ver lo bien que viste este tío -comentó Baker cuando Dominique, luciendo una chaqueta de cuero, una camisa de firma a rayas y unos vaqueros de los caros, se acercó a la ventanilla del conductor, que ahora estaba bajada.
– Tíos -dijo Dominique, pero su mirada se apagó en cuanto vio a Baker, que iba sentado en la parte de atrás.
Cody le entregó un sobre que contenía tres mil dólares en billetes. Dominique se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
– Por qué no entras y te sientas un momento, tío -dijo Baker.
– Tengo cosas que hacer -repuso Dominique.
– No quieres socializar, ¿eh?
– No es mi intención que me enchironen -dijo Dominique procurando mantener un tono de voz jovial. Echó un vistazo al asiento del copiloto-. ¿Todo bien, Deon?
Deon negó muy ligeramente con la cabeza. Aquel movimiento le dijo a Dominique que se fuera. Sus ojos le decían: «Lárgate.» Baker captó la señal, y comenzó a hervirle la sangre.
– Vale -dijo Dominique-. Ya te llamaré más tarde.
– Podríamos ir a alguna parte a charlar -propuso Baker en tono amigable-. No me importaría conocerte un poco mejor.
– Esta noche no puedo -replicó Dominique.
– Podríamos acercarnos hasta tu casa. Tomar algo, por ejemplo.
– Tengo planes.
– Con una mujer, espero -dijo Baker, y Cody dejó escapar una risita-. Vamos, hermano, sólo queremos hacerte una visita.
– No llevo a mis clientes a mi casa.
– ¿Es que huelo mal, o algo?
– Oye, tío…
– Para ti, soy señor Charles.
Dominique expulsó el aire despacio, pero no hizo dicha corrección.
Miró a Deon fijamente y dijo:
– Me voy.
No se despidió de Baker ni de Cody antes de regresar a su Chrysler. Cuando arrancó y se fue, los faros de éste los barrieron con una ráfaga.
– Ese hijo de puta no sabe lo que es guardar respeto -dijo Baker-. Me gustaría saber adónde se va.
– Lo más seguro, a su casa -dijo Cody.
– ¿Tú sabes dónde vive? -inquirió Baker.
– Claro -contestó Cody-. Deon y yo fuimos una vez a entregarle dinero. Pero no nos invitó a entrar.
– Vámonos, Cody -dijo Deon-. Tenemos que largarnos de esta calle.
Una vez en el apartamento, Cody y Deon pesaron la hierba en una báscula y empezaron a distribuirla por onzas en bolsas de plástico para sándwiches. Charles Baker paseaba arriba y abajo mientras la televisión de plasma emitía un partido de la NBA de la costa oeste.
– Koby se la va a dar a los Jail Blazers -dijo Cody con los ojos enrojecidos a causa del canuto que se había fumado-. Los Lakers están haciendo lo que pueden.
En eso sonó el móvil de Deon. Este respondió diciendo:
– Sí. -Y acto seguido-: Vale, espera un momento.
Baker lo siguió con la mirada cuando se levantó de la mesa y se alejó por el pasillo.
Una vez dentro de su cuarto, Deon cerró la puerta sin hacer ruido.
– Ya puedo hablar.
– Mira una cosa, Deon. Lo de ese compañero tuyo tiene que acabarse.
– Te oigo.
– Ya te dije que yo, con quien hago tratos es contigo. Cody no me sirve, pero venía con el paquete y lo acepté desde el primer día. Pero lo de ese viejo, simplemente no puede ser.
– Se queda con mi madre de vez en cuando. Está mucho por aquí, eso es lo que pasa. Yo no le pedí que nos acompañara. Se las arregla para entrometerse.
– Ése no es mi problema. En mi negocio, no dejo que entre la mierda de las calles. Nada de bravuconadas, ni de amenazas, ni de violencia. No permito que entre en el círculo gente como Baker. ¿Estamos?
– Sí.
– Mi colega eres tú, Deon.
– Por supuesto.
– En el próximo intercambio, no quiero volver a ver a ese tipo.
– Entendido, Dominique.
Deon cerró el teléfono. Salió del dormitorio y volvió a recorrer el pasillo. Baker estaba sentado a la mesa con Cody y el partido televisado de baloncesto se oía a todo volumen.
– ¿Quién era? -preguntó Baker, alzando la vista.
– Mi madre -contestó Deon.
– ¿Tenéis secretos? ¿Por qué has tenido que irte a otra habitación para hablar con ella?
– Porque teníais el volumen del partido tan alto que no oía nada.
– ¿Ha pedido hablar conmigo?
– No. Tiene una de esas migrañas. Esta noche le conviene más estar sola.
– ¿Eso te lo ha dicho ella?
– ¿Qué?
– Nada -dijo Baker.
«Esa nena está borrada del mapa -pensó Baker-. Y también pueden dar mucho por el culo a su blandengue hijito.»
Raymond Monroe estaba sentado ante la mesa de trabajo de Kendall Robinson. Pinchó el icono de Outlook de la pantalla del ordenador. Kendall había creado una dirección para él, ya que él no tenía ordenador en casa de su madre. Fue a Enviar y Recibir y pinchó. Apareció un mensaje de spam, pero nada más. Ningún correo electrónico procedente de Kenji.
Llevaba un par de semanas sin saber nada de su hijo. No era nada fuera de lo corriente, pero no por ello le preocupaba menos.
Se quedó unos instantes sentado en el silencio del cuarto de estar y pronunció una muda plegaria por Kenji. Decía siempre lo mismo. Simplemente daba las gracias por el regalo de la vida, y por el regalo de la vida que había recibido su hijo. Monroe nunca pedía nada a Dios. No tenía derecho. Pensó en su hermano, y después en el hombre del ojo caído que había visto en la casa Fischer. Las vidas destrozadas y arrebatadas. Lo único que podía hacer uno era esperar el perdón y procurar llevar una vida decente. Tender una mano a quienes se veían atrapados en aquel desastre.
Llamó por teléfono a su madre, le dijo que la quería y le dio las buenas noches. Luego apagó las luces, subió la escalera, echó una ojeada a Marcus y continuó hasta la habitación de Kendall. Kendall estaba tendida en su lado de la cama, de espaldas a él. Le había dejado encendida la luz de la mesilla de noche, y bajo aquel resplandor Raymond se desvistió hasta quedar en calzoncillos y se metió bajo las sábanas. Kendall estaba desnuda. Se acercó a ella y le pasó una mano por el hombro, el brazo y la cadera. Ella se volvió para besarlo.
– Qué sorpresa tan agradable -dijo él al tiempo que cerraba la mano en torno a un seno.
– Para mí, no -repuso Kendall-. Llevo toda la tarde pensando en ello.
– ¿Qué he hecho bien?
– Muchas cosas. Sobre todo la manera de tratar a Marcus.
– Es un buen chico.
– Y tú también, Ray.
– Lo intento -dijo Monroe.
Capítulo 1 2
– Sólo queda una de cangrejos, Juana -dijo John Pappas.
– Entendido, cielo -respondió Juana Valdez mientras pasaba un trapo húmedo por el mostrador sobre el que momentos antes había estado comiendo un cliente-. Sólo una.
Alex oyó el diálogo, pero no volvió la cabeza. Estaba ocupado en cobrar a la abogada que acababa de levantarse de la banqueta. La hora punta del almuerzo estaba tocando a su fin, y ante la barra ya sólo quedaban unos cuantos rezagados. A partir de ahora habría poco movimiento.