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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Aparte de un bote grande de Cola Cao, algunas latas de conserva y un paquete de pan Bimbo caducado con manchas de moho no encontró nada especial en la despensa. En el armario situado bajo el fregadero había unas cuantas tazas, cubiertos y vasos de plástico. También encontró una linterna roja. Laura pulsó un botón para encenderla pero las pilas estaban gastadas.

Más interesante le pareció el contenido de las estanterías. En la balda inferior había varios periódicos atrasados que hacían referencia al vertido de Ferticeltia, entre ellos un número de El Heraldo con un artículo a cuatro columnas firmado por Villamil y una foto de varios chavales encadenados a una verja con una pancarta pintada con una calavera. Laura lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo. También había una caja de zapatos que contenía un surtido de pequeños objetos que probablemente habían pertenecido a un niño: un trompo con su cordel de cáñamo, un anzuelo, una navaja pequeña, varios corchos de botella, un muelle, algunos billetes del Monopoly, lápices de cera, un hueso de melocotón, varias canicas de cristal… Márquez creyó que quizá podían pertenecer al hermano de Patricia, aunque luego lo pensó mejor y se acordó de que ella había tenido una buena colección de canicas. ¿Por qué no podía ser aquél el tesoro de una chica? No veía a Patricia Pálmer jugando con Barbies. Y otra vez volvió a sentir una incómoda sensación de empatía con la víctima, como si la conociera de algo.

Continuó el rastreo subida a una silla para llegar a los estantes más altos. Allí estaba casi completa la colección de cómics de Astérix, algunos ejemplares sueltos de la serie «Los Cinco» y «Los siete secretos» de Enid Blyton, Aventura en la isla; Shadow, el perro pastor… Márquez sonrió recordando el nombre de los protagonistas de la serie: Anne, Dick, Julian, su prima Georgina y el perro Tim. También ella había pasado por esas lecturas con aroma a meriendas campestres en bicicleta, a plum-cake y a pastel de jengibre aderezado siempre con algún misterio por descubrir. Los gustos de Patricia Pálmer en cuestiones literarias parecían bastante eclécticos. En sus estanterías convivían sin mayor problema Las mellizas O'Sullivan en Santa Clara con obras clásicas como Memorias de África o Guerra y paz; Agatha Christie con libros de expediciones como Los viajes del capitán Cook. Una colección de novela negra con las cubiertas desvencijadas en las que aparecían chinos, revólveres y rubias asesinas compartía espacio con textos de filosofía, teología y publicaciones científicas. Márquez fue repasando los títulos con el índice: Los siameses escurridizos, Al morir quedamos solos… En el estante del medio había un libro sobre los ofidios con ilustraciones en color, otro sobre astrología, un informe de la OMS sobre fertilizantes químicos, un tocho titulado Los dominios del mal que trataba de los efectos nocivos de la contaminación sobre el medio ambiente, de un tal Jacob Torbeer, y un Antiguo Testamento forrado en piel con letras doradas en el que se podía leer unos versos a modo de dedicatoria que a Márquez no le resultaron en absoluto desconocidos: «… Soy lámpara para ti que me ves. / Soy puerta para ti, que llamas a ella. / Tú ves lo que hago. No lo menciones. / La palabra engañó a todos, pero yo no fui completamente engañado.»

La fecha era de abril de 2005, o sea, hacía casi dos años, calculó Laura, y la firmaba Antón. Algo desconcertada dejó el volumen en su sitio mientras volvían a su mente retazos sueltos de la conversación con el cura: «Patricia sentía fascinación por los temas bíblicos, las sectas raras y cosas así…», recordaba que había dicho él. A juzgar por sus lecturas, también le interesaban bastante los asuntos relacionados con el medio ambiente. Por más vueltas que le daba, Márquez no acababa de ver más relación entre el Liber apologeticus y la muerte de la chica que su militancia ecologista. «Dios asienta su trono sobre los bosques…» Mientras la Iglesia proclamaba la salvación por la fe, el priscilianismo defendía los evangelios apócrifos, lo que evidentemente sacaba de sus casillas a los exégetas dogmáticos de las Sagradas Escrituras. ¿Compartían el párroco y ella una especie de cruzada particular contra la Iglesia o, por el contrario, su lucha iba dirigida contra las empresas químicas? ¿Había encontrado Patricia Pálmer algún tipo de información que la convirtiese en una amenaza para unos u otros? ¿Dónde demonios estaba la piedra de toque en aquel asunto? Por un instante temió verse obligada a profundizar hasta el más mínimo detalle en cuestiones teológicas, ella precisamente, que había recibido una educación laica por expreso deseo de su abuelo. ¿Qué pensaría el viejo anarquista Isaac Montaner si la viese ahora lidiando con apóstoles y evangelistas?

«El cosmos y la naturaleza tienen sus propias leyes inmutables y necesarias dentro de un orden de Dios. Si el hombre quiere actuar en contra de ese orden, no es un Dios ofendido y furioso quien le castigará, sino el mismo orden de la naturaleza.» A Márquez empezaba a caerle bien el tal Prisciliano. Un profeta como la copa de un pino. Que un tipo del siglo IV avanzara en sus previsiones los titulares de un telediario del segundo milenio no estaba nada mal. Hacía menos de un mes que Laura había visto con sus propios ojos en los informativos de la televisión los estragos que cuatrocientos litros de agua por metro cuadrado pueden causar en la estupidez humana. Se socavaban montañas, se alteraban los cauces de los ríos, se construían urbanizaciones a pie de playa, hasta que un buen día la naturaleza se levantaba cabreada y pegaba un zarpazo al azar, llevándose por delante chalets, turistas, jubilados, invernaderos de tomates o lo que se terciara. Causa y consecuencia.

Dio media vuelta y se dirigió a la cocina. No sabía muy bien por qué, pero un presentimiento fugaz le vino de pronto a la cabeza, como si su mente hubiera reaccionado con unos segundos de retardo ante algo que había visto antes sin reparar en ello. Un detalle sin importancia. Sobre el hornillo del camping gas había un cacito de aluminio con un fondo de leche. Tocó el borde y notó que estaba tibio. Sintió el latido de su corazón rápido y a flor de piel en la base de la garganta. Se quedó quieta como un radar en estado de máxima alerta. Oyó un crujido de madera detrás de la puerta del baño. Pero antes de que le diera tiempo a volverse sintió un brazo que le aprisionaba el cuello hasta dejarla sin respiración.

Intentó defenderse con los pies, lanzándole un talonazo directo a la entrepierna. Falló por centímetros. El tipo se movía de prisa como un reptil.

– ¡Mierda!

Notó que se le nublaba la vista cuando el individuo le tiró del pelo hacia atrás y la obligó a doblar las rodillas con una llave clásica de judo que la estampó de bruces contra el suelo. No sintió mucho dolor, pero tras el golpe se hizo un ovillo y sus sentidos quedaron amortiguados. Una especie de neblina turbia le impedía enfocar racionalmente la situación justo en el momento en que más lo necesitaba.

Cuando volvió en sí tenía la boca taponada con un trapo de cocina sujeto con cinta aislante y las manos atadas a la espalda con unas bridas de las que se utilizan para atar las vides a los postes. Intentó revolverse obstinada apoyándose en la cadera, furiosa consigo misma. Con las manos esposadas se sentía torpe y sin equilibrio, pero no iba a tirar la toalla así como así.

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