El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Pareció derrumbarse un poco, como si la responsabilidad de la muerte de su hija recayera sobre él.
– No lo sabes con seguridad -dijo su mujer-. Andy, por favor. No te tortures.
– Seguiremos todas las pistas que aparezcan -dijo Hanken-. Así que…
– Entonces sigan a Julian. -Nan Maiden habló en tono desafiante, como decidida a demostrar a la policía que había otros caminos que explorar, además del pasado de su marido.
– No, Nancy -dijo Maiden.
– ¿Julian? -preguntó Lynley.
Julian Britton, aclaró Nan. Acababa de prometerse con Nicola. No estaba insinuando que fuera un sospechoso, pero si la policía buscaba pistas tendrían que hablar con él. Nicola había estado con él la noche antes de salir de acampada. Tal vez le había dicho algo, o hecho algo, que proporcionaría a la policía otra posibilidad.
Era una sugerencia muy razonable, pensó Lynley. Anotó el nombre y la dirección de Julian. Nan le facilitó los datos.
Por su parte, Hanken meditaba. Y no dijo nada más hasta que Lynley y él regresaron al coche.
– Puede que todo sea un subterfugio.
Encendió el motor, dio marcha atrás y volvió el coche hacia Maiden Hall. Se detuvo a contemplar el viejo edificio de piedra caliza.
– ¿El qué? -preguntó Lynley.
– El SO10. Ese rollo de alguien de su pasado. Es demasiado conveniente, ¿no cree?
– Ha elegido una palabra muy peculiar para describir una pista y un posible sospechoso -dijo Lynley-. A menos que ya tenga un sospechoso… -Miró hacia el hostal-. ¿Cuáles son sus sospechas, Peter?
– ¿Conoce el Pico Blanco? -preguntó Hanken-. Va desde Buxton hasta Ashbourne. Desde Matlock hasta Castleton. Tenemos valles, páramos, pistas forestales, colinas. Esto -indicó el paisaje circundante con un gesto- forma parte de él. Y la carretera por la que llegamos, por cierto.
– ¿Y?
Hanken miró a Lynley sin pestañear.
– Y en todo este inmenso espacio, el martes pasado por la noche, o la madrugada del miércoles, Andy Maiden consiguió encontrar el coche de su hija escondido tras un muro de piedra. ¿Cuáles diría usted que son las posibilidades?
Lynley miró el edificio, las ventanas que reflejaban los últimos rayos del sol, como hileras de ojos protegidos.
– ¿Por qué no me lo dijo?
– No lo había pensado -admitió Hanken-. Al menos hasta que nuestro chico sacó a colación al SO10. Hasta descubrir que nuestro Andy había ocultado la verdad a su mujer.
– Quería ahorrarle los detalles el mayor tiempo posible. ¿Qué hombre no lo haría?
– Un hombre con la conciencia limpia -replicó Hanken.
Una vez duchada y ataviada con sus pantalones de cintura elástica más cómodos, Barbara volvió a examinar la nevera y encontró un envase olvidado de cerdo con arroz frito que, sin calentar, no colmaría las expectativas gastronómicas de nadie. Cuando empezaba a dar cuenta de él, Nkata llegó. Se anunció con dos firmes golpes en la puerta. Barbara abrió, con el envase en la mano, y le apuntó con una costilla.
– ¿Tu reloj necesita una limpieza o algo por el estilo? ¿Qué son para ti cinco minutos, Winston?
El agente entró sin inmutarse y le dedicó su sonrisa más radiante.
– Lo siento. Recibí otro aviso antes de irme. El jefe. Tuve que telefonearle antes.
– Por supuesto. No hay que hacer esperar a su señoría.
Nkata hizo caso omiso del comentario.
– Es una pena que el servicio del pub sea tan lento. Me habría largado hace media hora, lo cual me habría acercado demasiado a Shoreditch para venir a buscarte. Curioso, ¿verdad? Como dice mi madre, las cosas salen como deben salir.
Barbara le miró, desconcertada. Tenía ganas de echarle en cara la nota que le había dejado, la letra A tan reveladora, pero su aire de serenidad se lo impedía. No podía explicar su imperturbabilidad, y tampoco su presencia en su casa. Al menos podría dar la impresión de sentirse incómodo, pensó.
– Tenemos dos cadáveres en Derbyshire y una pista en Londres que se debe investigar -dijo Nkata. Enumeró los detalles: una mujer, un joven, un ex agente del SO10, cartas anónimas redactadas con letras recortadas de revistas, una nota amenazadora escrita a mano-. He de acercarme a una dirección de Shoreditch, donde tal vez vivía el joven muerto. Si encuentro a alguien que pueda identificar el cuerpo, volveré a Buxton por la mañana, pero es preciso investigar la conexión con el Yard. El inspector dijo que me encargara de eso. Por eso me llamó.
Barbara no pudo disimular su entusiasmo y dijo:
– ¿Lynley pidió que fuera yo?
Nkata desvió la vista un instante, pero fue suficiente. La ilusión de Barbara se desvaneció como por ensalmo.
– Entiendo. -Llevó el envase hasta la encimera de la cocina. El cerdo pesaba como una losa en su estómago. Su sabor se aferraba a su lengua como un pellejo-. Si él no sabe que tú has acudido a mí, Winston, puedo negarme sin que nadie se entere, ¿verdad? Puedes pasar de mí y buscar a otro.
– Por supuesto -dijo él-. Puedo mirar la lista de los que están de guardia. O esperar a mañana y dejar que se encargue el súper. Pero hacer eso te deja libre para ser asignada a Stewart, Hale o McPherson, ¿no? Y pensé que eso no te haría ninguna gracia.
Calló lo que ya era una leyenda en el DIC: el fracaso de Barbara en establecer una relación laboral con esos detectives y su posterior regreso al uniforme, del cual solo se había librado al formar pareja con Lynley.
Barbara giró en redondo, perpleja por lo que parecía otra demostración de generosidad inexplicable por parte de Nkata. Otro hombre, en su lugar, la habría dejado colgada, con el fin de mejorar su posición, indiferente a lo que Barbara debería afrontar. El que Nkata no hiciera eso la ponía doblemente en guardia, sobre todo a la luz de las letras AD (agente detective) que había añadido con tanto descaro delante de su nombre, en la nota que había escrito. No podía olvidarlo, y sería absurdo intentarlo.
– Lo que el jefe quiere es trabajo de informática -estaba diciendo Nkata-. El CRIS. No es tu rollo, ya lo sé. Pero pensé que si querías acompañarme a Shoreditch, y por eso estaba en tu barrio, podría dejarte después en el Yard para que fueras a Archivos Criminales. Si sacas algo bueno de los registros con rapidez, ¿quién sabe? -Nkata se movió sobre sus pies. Su aire desenvuelto se marchitó un poco cuando añadió-: Podría contribuir a mejorar tu situación.
Barbara encontró un paquete de cigarrillos sin abrir encajado entre la tostadora, sembrada de migas, y una caja de zumos de pomelo. Encendió uno, utilizando un quemador de la cocina, y trató de comprender lo que estaba oyendo.
– No lo entiendo. Esta es tu oportunidad, Winston. ¿Por qué no la aprovechas?
– ¿Mi oportunidad de qué? -repuso él, como si no entendiera nada.
– Ya lo sabes. De subir la escalera, de coronar la montaña, de volar hasta la luna. Mi prestigio con Lynley no podría estar más por los suelos. Ahora es tu oportunidad de descollar. ¿Por qué no la aprovechas? O mejor dicho, ¿por qué corres el riesgo de que yo haga algo merecedor de alabanzas?
– El inspector me dijo que reclutara a otro AD -dijo Nkata-. Pensé en ti.
Otra vez aquellas dos feas siglas. AD. Un desagradable recordatorio: de lo que había sido y de lo que era ahora. Claro que Nkata había pensado en ella. ¿Qué mejor forma de restregarle por la cara su pérdida de rango y autoridad, que solicitarla como compañera, de igual a igual, ahora que ya no ostentaba un rango superior?
– Ah -dijo Barbara-. Otro AD. En cuanto a eso… -Recogió la nota que había dejado sobre la mesa, al lado del collar-. Supongo que debo darte las gracias por esto, ¿verdad? Había pensado poner un anuncio en el periódico, pero me has ahorrado la molestia.
Nkata frunció el entrecejo.
– ¿De qué coño hablas?
– De la nota, Winston. ¿De veras pensaste que iba a olvidar mi rango? ¿O solo querías recordarme que ahora somos iguales, por si me olvidaba?