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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– Cielos -dijo Olivia, con el rostro inexpresivo-. Una idea aterradora.

– No sé qué le pasa -añadió lady Rudland, mientras meneaba la cabeza-. Es como si nos estuviera evitando.

«No -se dijo Miranda con una triste sonrisa-, sólo a mí.»

Turner repiqueteó con el zapato en el suelo mientras esperaba a que su familia bajara. Por quinceava vez aquella mañana, deseó ser como los demás caballeros de la sociedad, que bien ignoraban a sus madres o bien las trataban como motas de polvo. Sin embargo, su madre había conseguido convencerlo para que asistiera a aquella maldita reunión de campo que duraría una semana y a la que, por supuesto, Miranda también asistiría.

Era idiota. Cada día lo tenía más claro.

Un idiota que, por lo visto, había ofendido al destino porque, en cuanto su madre entró en el salón, le dijo:

– Irás con Miranda.

Por lo visto, los dioses tenían un sentido del humor muy retorcido.

Se aclaró la garganta.

– ¿Crees que es sensato, mamá?

Ella lo miró con impaciencia.

– No la seducirás, ¿verdad?

Maldita sea.

– Por supuesto que no. Pero ella tiene que pensar en su reputación. ¿Qué pensará la gente cuando lleguemos en el mismo carruaje? Todos sabrán que hemos pasado varias horas a solas.

– Todo el mundo os ve como hermanos. Y nos encontraremos a un kilómetro de Chester Park para cambiar de coche de manera que tú llegues con tu padre. No habrá ningún problema. Además, tu padre y yo tenemos que hablar con Olivia en privado.

– ¿Qué ha hecho ahora?

– Por lo visto, llamó pata estúpida a Georgiana Elster.

– Georgiana Elster es una pata estúpida.

– ¡A la cara, Turner! Se lo dijo a la cara.

– Un fallo de criterio por su parte, pero nada que merezca una regañina de dos horas, creo.

– Eso no es todo.

Turner suspiró. Su madre había tomado una decisión. Dos horas a solas con Miranda. ¿Qué había hecho él para merecer esa tortura?

– Llamó armiño descuidado a sir Robert Kent.

– A la cara, imagino.

Lady Rudland asintió.

– ¿Qué es un armiño?

– No tengo ni la menor idea, pero imagino que no es un cumplido.

– Un armiño es un zorro, creo -dijo Miranda cuando entró en el salón con su vestido de viaje de color azul palo. Sonrió a los dos, tan compuesta que daba rabia.

– Buenos días, Miranda -respondió lady Rudland, con energía-. Irás con Turner.

– ¿Yo? -Estuvo a punto de ahogarse con las palabras y tuvo que fingir un ataque de tos. Turner sintió una oleada de satisfacción juvenil.

– Sí. Lord Rudland y yo tenemos que hablar con Olivia. Ha dicho algunas cosas poco adecuadas en público.

Desde las escaleras, llegó un gruñido. Las tres cabezas se volvieron para mirar a Olivia mientras bajaba.

– ¿Es realmente necesario, mamá? No quería ofender a nadie. Nunca habría llamado bruja miserable a lady Finchcoombe si hubiera creído que el comentario llegaría a sus oídos.

Lady Rudland palideció.

– ¿Llamaste a lady Finchcoombe miserable qué?

– ¿No lo sabías? -preguntó Olivia con un hilo de voz.

– Turner, Miranda, será mejor que os vayáis. Nos veremos dentro de unas horas.

Caminaron en silencio hasta el carruaje que los estaba esperando y Turner ofreció la mano a Miranda para ayudarla a subir. Sus dedos enguantados fueron como una descarga eléctrica en su mano, pero ella no debió de sentir lo mismo, porque pareció especialmente inmutable cuando dijo:

– Espero que mi presencia no te moleste demasiado, milord.

La respuesta de Turner fue una mezcla de gruñido y suspiro.

– Esto no ha sido idea mía, ya lo sabes.

Él se sentó delante de ella.

– Lo sé.

– No tenía ni idea de que íbamos a… -Levantó la mirada-. ¿Lo sabes?

– Sí. Mamá estaba decidida a hablar con Olivia a solas.

– Ah. En ese caso, gracias por creerme.

Turner soltó un suspiro contenido y miró por la ventanilla un momento mientras el carruaje se ponía en marcha.

– Miranda, no creo que seas una mentirosa compulsiva.

– No, claro que no -respondió ella inmediatamente-. Pero parecías bastante furioso cuando me has ayudado a subir al carruaje.

– Estaba furioso con el destino, no contigo.

– Vaya, vamos mejorando -dijo ella, con frialdad-. Bueno, si me disculpas, me he traído lectura. -Se volvió para darle la espalda lo máximo posible y empezó a leer.

Turner esperó unos treinta segundos antes de preguntar:

– ¿Qué lees?

Miranda se quedó inmóvil, y luego se movió muy despacio, como si estuviera realizando el trabajo más pesado. Levantó el libro.

– Esquilo. Qué deprimente.

– Va acorde con mi humor.

– Querida, ¿es una indirecta?

– No seas condescendiente, Turner. Dadas las circunstancias, dudo que sea apropiado.

Él arqueó las cejas.

– ¿Y, exactamente, qué se supone que significa eso?

– Significa que, después de todo lo que ha… eh… ocurrido entre nosotros, tu actitud de superioridad ya no está justificada.

– Jesús, que frase tan larga.

Miranda respondió con la mirada. Esta vez, cuando volvió a la lectura, el libro le tapaba toda la cara.

Turner chasqueó la lengua y se reclinó, sorprendido de lo mucho que se estaba divirtiendo. Las calladas siempre eran las más interesantes. Puede que Miranda jamás escogiera ser el centro de atención, pero sabía defenderse en una conversación con astucia y estilo. Tomarle el pelo era muy divertido. Y no se sentía nada culpable. A pesar de su actitud contrariada, no tenía ninguna duda de que estaba disfrutando de la batalla verbal tanto o más que él.

Puede que, después de todo, aquel viaje no fuera un infierno. Sólo tenía que asegurarse de que seguían con aquel tono divertido y de no fijarse demasiado en su boca.

Le gustaba mucho su boca.

Pero no iba a pensar en eso. Recuperaría la conversación donde la habían dejado e intentaría pasárselo igual de bien que antes de verse envueltos en aquel lío. Añoraba su vieja amistad con Miranda y supuso que, puesto que estarían atrapados en aquel carruaje durante las siguientes dos horas, podía ver qué podía hacer para arreglar las cosas.

– ¿Qué lees? -le preguntó.

Ella lo miró con irritación.

– Esquilo. ¿No me lo has preguntado ya?

– Quería decir qué obra de Esquilo -improvisó él.

Para mayor diversión, Miranda tuvo que mirar el lomo del libro antes de responder:

– Euménides.

Él hizo una mueca.

– ¿No te gusta?

– ¿Todas esas mujeres furiosas? Creo que no. Prefiero una buena historia de aventuras.

– A mí me gustan las mujeres furiosas.

– ¿Te identificas con ellas? Uy, no querida, no rechines los dientes, Miranda. No te gustaría ir al dentista, te lo prometo.

No pudo evitar reírse ante la expresión de la chica.

– No seas tan sensible, Miranda.

Sin apartar la mirada de él, Miranda farfulló:

– Lo siento, milord. -Y, de alguna forma, consiguió realizar una sumisa reverencia en medio del carruaje.

La risa de Turner explotó en una fuerte carcajada.

– Oh, Miranda -dijo, secándose las lágrimas de los ojos-. Eres un encanto.

Cuando, por fin, se recuperó, ella lo estaba mirando como si fuera un lunático. Durante unos segundos, se planteó enseñarle las garras y rugir como un animal, sólo para confirmar sus sospechas. Pero, al final, se reclinó en el asiento y sonrió.

Ella meneó la cabeza.

– No te entiendo.

Él no respondió, porque no quería que la conversación derivara hacia asuntos más serios. Ella volvió a levantar el libro y, esta vez, Turner se propuso contar cuántos minutos pasaban antes de que pasara una página. Cuando pasaron cinco minutos y ella seguía sin mover las hojas, dibujó una sonrisa.

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