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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Al cabo de una hora de infructuosa espera abandonó el café. Cariacontecido, se dirigió al Consulado. Leopoldo le dijo:

– ¿Tanto interés tienes?

– Compréndelo… Me gustaría saber lo que ha sido de varios amigos.

– Luego añadió-: Me interesa sobre todo un primo hermano mío, llamado José Alvear…

Leopoldo hizo un gesto de comprensión.

– Aquí tenemos un fichero -dijo, señalando un armario-. Pero sólo de los que han muerto en algún hospital y de los que han decidido quedarse a vivir en esta región.

Ignacio abrió los ojos con expresión esperanzada.

– ¿Te importaría que lo viera?

– Tuyo es.

Ignacio tomó del armario los montones de fichas y se sentó a la mesa. E inició la tarea. Leopoldo le dijo: "Es buscar una aguja en un pajar".

El resultado de la operación fue teatral. Entre los muertos, ningún conocido; entre los vivos, sí, uno. Pero no era ni José Alvear, ni Julio García, ni David, ni Olga; era Canela. Allí estaba la ficha, con la fotografía, que parecía sacada por Ezequiel y las señas de la muchacha. "Isabel Cortés Amat, alias Canela, veintiséis años, prostituta, domiciliada en Perpiñán, 23, fue de la Provence".

– ¿Qué? ¿Encontraste algo? -le preguntó Leopoldo.

– ¡Casi nada! -contestó Ignacio-. ¡Mi primera novia!

– ¿Qué dices?

Ignacio quedóse absorto. ¡Cuánto tiempo había pasado desde que Canela, estando él desnudo, lo perseguía por la habitación haciéndole cosquillas! Entonces ella era una gacela joven y veloz; ahora, en la fotografía, se la veía ajada, con una cicatriz no en el cuello, sino en el alma. Ignacio no pudo menos de recordar su enfermedad venérea, la mancha de pus en la cama, el bofetón de su madre y el comentario de su padre, Matías: "Y además, esas mujeres creen saber la verdad de todo y no es así. Sólo conocen la cara fea de la vida".

No lo pensó más. Despidióse de Leopoldo y diez minutos después se encontraba en 23, rué de la Provence. Efectivamente, Canela vivía allí, con un monsieur, también español. Un monsieur tres important'. Pero apenas paraba en casa. Se pasaba el día en el café de enfrente, 'chez Jean'.

Ignacio cruzó la calle y penetró en el café. Tuvo suerte. En una mesa al fondo, sola, haciendo solitarios, ¡con cartas francesas!, reconoció a Canela.

– Pero… ¡Ignacio!

– ¡Pssh…! No hables fuerte. Estoy de servicio…

– ¿Cómo?

Canela se levantó y haciendo aspavientos abrazó al muchacho y lo besuqueó repetidamente en ambas mejillas.

– ¡Por favor, Canela!

– Pero ¿qué te pasa? ¿Será verdad que has venido a detenerme?

– Nada de eso, Canela. He venido a saber qué tal estás…

Por fin Ignacio consiguió que Canela se sentara; y él hizo lo propio, situándose frente por frente.

– ¡Menuda sorpresa!

– Nada de sorpresas. Andaba buscándole… El diálogo, en un principio, fue cordial. Canela tenía mucho mejor aspecto que en la fotografía, aunque se le notaba en los ojos que bebía demasiado. Y era evidente que su alegría al ver a Ignacio fue sincera. Se rieron evocando sus encuentros en Gerona. "Me tenías chiflada. ¡Eras tan crío! Tuve que enseñártelo todo, ¿te acuerdas?".

Ignacio simuló estar de vuelta…

– ¿Y ahora, qué haces? -preguntó el muchacho-. Llevas muchas joyas…

– ¡Bah! -Canela encendió, con aire hastiado, un pitillo-. Un comisario me sacó del campo y me tiene retirada. Pero ya lo ves. Me paso el día en el cine, aunque no entiendo ni jota, o en este cafetucho haciendo solitarios.

Ignacio sintió de pronto una gran compasión por aquella mujer, cuya roja cabellera despedía extraños reflejos.

– Te sientes… sola, ¿verdad?

– ¿Y tú no? -le preguntó Canela.

– Pues… yo, la verdad, me las voy arreglando.

– Ya te llegará.

Los hombres del mostrador miraban a Canela y uno de ellos, que sin duda la conocía, le hizo un gesto obsceno. Canela barbotó:

– Asquerosos…

Ignacio intervino:

– Hablando de tu comisario… ¿Lo quieres?

Canela eructó, lo que rompió el encanto de la alusión.

– ¿Querer yo? Ya quise una vez. Pero el hombrecito voló.

– ¡Ah!, ¿sí? ¿Dónde está?

– En Toulouse. Lo mantiene una madame. Es lo normal.

Ignacio se mordió el labio inferior.

– ¿Cómo se llama? -preguntó.

– ¡Ya lo sabes! José Alvear…

La conversación prosiguió, sincopada. Canela, que iba poniéndose nerviosa, saltaba sin conexión de un tema a otro y no paraba de beber.

– ¡Eh, 'garçon', trae algo para 'mon ami'…! Y dime, ¿tú qué haces? ¿Por qué estás en Perpiñán?

– Todavía no me han licenciado. Estoy en Fronteras.

– ¡Ah!, ya…

'Mon ami'… La frase había gustado a Ignacio, sin saber por qué. Y también le gustaban los extraños reflejos de la roja cabellera de Canela.

– Cuéntame, Canela. Todo eso… es duro, ¿verdad?

– ¡Claro que lo es! Pero vosotros tenéis la culpa, ¿no?

– Bueno, mujer, no te pongas así.

El 'garçon' trajo un coñac para Ignacio, coñac que olía a gloria.

– ¿Ves? -comentó Canela, cambiando el tono de voz y mirando la copa-. Si en vez de nacer en España yo hubiera nacido aquí, en Perpiñán, ahora no sería Canela. Sería una madame.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque sí. Mis padres me hubieran llevado a la escuela… ¿Comprendes lo que te digo?

– Claro…

Ignacio no quería ver sufrir a Canela y cortó preguntándole si había permanecido mucho tiempo en el campo de concentración.

– Poco. Los mandamases y nosotras… pudimos salir pronto. Allá sólo se pudren los tontos.

Ignacio se disponía a comentar que aquello era una canallada. Pero le pareció tan obvio, que se calló.

El forcejeo era difícil e Ignacio optó por preguntarle, ya sin más dilación, por el paradero de sus amigos.

– Dime. ¿Sabes algo de Julio García?

– ¿El poli…? -Canela entornó expresivamente los ojos y por un momento volvió a parecer una niña-. Otro punto. Es millonario. Robó lo que le dio la gana, como mi comisario.

– No estará en Perpiñán, por casualidad…

Canela soltó una risita nerviosa.

– ¿En Perpiñán? Pues sí que estás bueno… Está en París, con los jefazos…

– Y con doña Amparo…

– ¡Ah, eso no sé!

Canela no sabía nada de David y Olga; nada de Cosme Vila; nada de Antonio Casal…

– No me preguntes más, ¿quieres? No me interesa esa gentuza. Me intereso yo. Canela. ¡Eh, 'garçon', otro Martini! -Canela eructó de nuevo, pero esta vez dijo: "Perdona".

Ignacio pensó: "No, el exilio no es una fiesta. ¿Por qué en Gerona no se darán cuenta?".

De pronto, Canela miró a Ignacio a los ojos. Era la primera Vez que lo hacía. Estaba borracha.

– Continúas siendo un crío. Sí, me gustas…

– Anda, no digas tonterías.

– ¿Te apetecería estar conmigo?

Ignacio casi retrocedió. Canela volvió a reírse nerviosamente. Echó una rectilínea y segura bocanada de humo.

– ¿Te has vuelto marica, o qué?

– No es eso… -Ignacio añadió-: por favor. Canela, cálmate…

– ¡Si estoy tranquila! Mira, ¿ves? -Bruscamente cogió las cartas y simuló que se ponía a hacer solitarios de nuevo.

Ignacio quería ayudarla, pero no sabía cómo.

– ¿Te acuerdas de Gerona? -se le ocurrió preguntarle.

Temió haber metido la pata, pero no fue así. Por un momento los ojos de Canela se iluminaron.

– ¡A que no adivinarías lo que echo de menos de todo aquello!

– No sé…

– El tabaco… -Miró el paquete de 'gauloises' que tenía en la mesa-. Éste me marea.

– Luego añadió-: ¡Y otra cosa! La Dehesa…

– ¿La Dehesa?

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