Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Por lo que se refiere a José Alvear, el gran vencedor de Toulouse, las cosas se desarrollaban con menos dramatismo. José Alvear disponía también de un local, aunque más pequeño, que decía: "Federación Anarquista Ibérica", en el que el sobrino de Matías se había constituido en jefe de una especie de batallón de jóvenes libertarios que se pasaban el santo día rumiando caer por sorpresa sobre algún pueblo español fronterizo y matar al jefe de Falange y al sargento de la Guardia Civil. Pero, en realidad, José Alvear jugaba con esos jóvenes con el propósito de entretener sus mentes, sin el menor plan de acción inmediata. Había tenido ya dos incidentes con la Policía francesa y había sacado la conclusión de que los gendarmes, pese a su quepis, y bajo su aspecto bucólico y ciclista, eran duros de pelar.
De modo que posponía para un futuro lejano cualquier intento de implantar el anarquismo en Francia y, mucho menos escrupuloso que Gorki, se dedicaba a cultivar lo mejor posible su vida privada. Para ello jugaba todas las tardes a las cartas, fumando sin parar; y cada noche complacía hasta el delirio a la múdame que le había tocado en suerte, a la madame de que Canela le habló a Ignacio en Perpiñán.
Sí, los informes que había recibido Canela acerca de José Alvear -"el único hombre que ella había amado, y que voló"- eran verídicos. José Alvear se había convertido en gigoló. Y la cosa le iba tan bien que no comprendía que Gorki no lo imitase. En Montecarlo, adonde fue a parar huyendo del campo de Saint-Cyprien, había fracasado -el ambiente era demasiado distinguido para él-, y en París, con eso de las Organizaciones de Ayuda fundadas por Negrín y secuaces, el clima le pareció enrarecido. De modo que optó por volver grupas, por regresar al Midi. Y eligió Toulouse.
Fue cosa de coser y cantar. Tres días después de su llegada a la ciudad se sentó, aburrido, en un café, encendió un 'gauloise' y miró alrededor. Aquello fue su suerte. Vio sobre la mesa una revista que alguien había abandonado y la tomó en sus manos. Estaba abierta precisamente por las páginas del llamado "Correo del Corazón". En esas páginas había una serie de fotografías de hombres de edad avanzada que solicitaban "compañera" o "esposa". Sus ojos de azabache, de anarquista veterano que había dado tumbos por los frentes, junto al malogrado capitán Culebra, se clavaron en seguida en el rostro de una madame, entrada en carnes, de expresión muy dulce, evidentemente enferma de soledad. José Alvear llamó al camarero y éste le tradujo el texto. La madame, residente en el mismo Toulouse, tenía exactamente cincuenta y un años, se había quedado viuda el año 1932 y deseaba rehacer su vida al lado de un hombre animoso. Se llamaba Geneviéve Bidot y era dueña de una carnicería en la calle Danton. Tenía antepasados españoles.
José Alvear pegó un salto y le dio al camarero galo una amistosa palmada al hombro. Días después, el sobrino de Matías Alvear era, oficialmente, el hombre animoso que necesitaba la pobre Geneviéve Bidot. Compartía con ésta un piso menos lujoso que el de Julio García, pero decente, con vista al parque. El asunto se resolvió por vía tan directa, que José Alvear le decía a Geneviéve: "Yo creo, chatita, que perdimos a guerra porque estaba escrito que tú necesitarías que cada noche yo te cantase las cuarenta". La mujer, que se volvía loca con José Alvear, lo atraía con lentitud hacia sí y lo besaba frenéticamente, murmurándole al oído palabras tan dulces como, por ejemplo: 'mon petit chou-chou', o: 'mon petit cochón', palabras que no dejaban de fastidiar, a veces, al anarquista. Realmente, oírse llamar 'chou-chou' no había entrado jamás en sus planes revolucionarios. Pero se aguantaba.
No, José Alvear, que todos los días tenia la obligación de pasar al menos una vez por la carnicería de madame Bidot, no creía, como Gorki, que Francia fuese un asco. Tampoco creía, como Antonio Casal, que era el no va más. Era un país extraño, que jamás tendría un Madrid. Era un país con tendencia al ahorro y a pegarse la vida padre. Nada más. Él se tomaría allí una temporadita de descanso, que bien ganado se lo tenía. Después, ya vería. Sudamérica le tentaba, por supuesto, y había quedado con el Responsable en que éste le tendría al corriente de cómo marchaban las cosas en Caracas. Pero de momento, punto en boca, tanto más cuanto que en la primera carta que el Responsable le había escrito le decía que "después de pisar América se sentía orgulloso de aquellos "gachos" que, así por las buenas, se llamaban Hernán Cortés y habían conquistado todo aquello".
José Alvear tenía la impresión de que tardaría mucho tiempo, quizás años, en poder regresar a España. Aquello había sido un desastre, por culpa de los Azaña, de los Largo Caballero, y, sobre todo, de los rusos, que hicieron como que ayudaban, pero que en resumidas cuentas se llevaron el oro del Banco de España y otras cosillas, a cambio de chatarra y de unos cuantos comisarios. ¡Al diablo todos ellos! Ahora, en España, el fascismo. Sangre y lágrimas. Y cinturón ortopédico. Y obispos y yugos y flechas. En su yo más íntimo no se consideraba exiliado, pues para él, anarquista, las fronteras eran una paparruchada. Pero echaba de menos las costumbres de la tierra que lo parió, aquellos "Vale por una novia" y ventajillas por el estilo. Cuando se ponía demasiado blando -cuando se ponía demasiado 'mon petit chou-chou'-, se liaba con el vino tinto, que en Francia estaba muy rico, y escribía a las amistades. A veces, al acostarse, barbotaba para sí: "Mañana escribiré a Gerona, a los parientes de la Rambla… Sí, mañana sin falta". Pero nunca lo hacía, en parte porque le habían dicho que Franco tomaba represalias contra las familias que recibían cartas del extranjero.
CAPÍTULO X
El día 2 de junio la familia Alvear vivió, en esa Gerona que los exiliados tanto echaban de menos, un acontecimiento entrañable: el traslado de los restos de César. Ignacio, por fin, cobró, de manos de don Gaspar Ley, los atrasos devengados en el Banco Arús, ciertamente no muy crecidos, pero que alcanzaron para adquirir en propiedad un nicho y una lápida.
La escena en el cementerio fue grandiosa y humilde. Se concentraron allí la familia completa, mosén Alberto, Marta y Mateo. Eran las once de la mañana. El sol, inclemente, caía sin piedad sobre los cipreses, sobre los panteones, y aurificaba las avenidas de gravilla. El sepulturero y dos albañiles acompañaron la comitiva al nicho que decía Familia Casellas, situado a la izquierda. Uno de los albañiles fumaba; emanaba de la tierra como un olor a muerte reciente.
Mosén Alberto había sido llamado y acudió con prontitud y presa de emoción. César significaba para él la inocencia no truncada y a menudo, al celebrar misa, le parecía que si se volvía un poco hacia la derecha todavía encontraría allí al muchacho, arrodillado, con las orejas grandes, fijos los ojos en el altar y a punto de hacer sonar la campanilla. Marta estaba también muy impresionada y se presentó con un ramo de flores silvestres, que le temblaban un poco entre las manos. Mateo caminaba con la cabeza erguida, procurando dominar sus sentimientos.
La familia avanzaba mirando al suelo, presidida por la corbata negra de Matías, corbata que ahora éste podía llevar sin que el catedrático Morales, también muerto, se lo impidiese. Ignacio recordó la madrugada gris en que allí, en aquel mismo lugar, localizó, entre cien cadáveres, el de César. Pilar sentía como si fuera a desmayarse bajo el sol. Y en cuanto a Carmen Elgazu, le ocurría algo singular. Desde el primer momento admitió la posibilidad de que encontrasen incorrupto el cuerpo de su hijo. Sabía que los milagros de esta naturaleza no abundaban. Pero ¿no se mantuvo incorrupto durante siglos el cuerpo de San Narciso, el patrón de Gerona, aun cuando los informes de los médicos 'rojos' afirmaran lo contrario? ¿Por qué, pues, no podía haber ocurrido lo mismo con César? Al fin y al cabo, el muchacho deseó a lo largo de muchos meses morir por Dios. Lo deseó tanto que lo consiguió. Nada tendría de extraño, pues, que incluso su cuerpo hubiera obtenido ya la recompensa.