Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Otra persona a la que Julio García ayudo fue Antonio Casal. A Casal no le "expulsó" de Francia, porque lo sabía sentimentaloide y falto de empuje, y lo colocó en el mismo París, en el SERÉ -Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles-, organismo fundado por Negrín y que tenía su oficina principal en la calle de Saint-Lazare.
Julio García, que por las mañanas no tenía nada que hacer, solía llegarse a esas oficinas del SERÉ a visitar al ex jefe socialista gerundense. Casal, al verlo, se tocaba el algodón que llevaba en la oreja y le decía: "¡Estoy encantado, encantado! El SERÉ es eficaz. Millares de refugiados acuden a nosotros para cobrar el subsidio, para obtener trabajo y asistencia médica… ¡Labor fecunda! No sólo prestamos ayuda, sino que mantenemos vivo el espíritu revolucionario". Julio García se apoltronaba en el sillón y le decía: "Ya sabía yo que aquí te encontrarías en tu ambiente".
Por si fuera poco, Antonio Casal había descubierto, al igual Que Canela, que él hubiera debido nacer francés. Las fórmulas culturales de Francia y su estructura administrativa lo habían deslumbrado. "Es gente que vale, que vale mucho, muy preparada". Se hacía lenguas de los asesores jurídicos que tenía el SERÉ, que eran franceses. ¡Y no digamos de los maestros! "David y Olga se equivocarán marchándose a Méjico. Aquí aprenderían mucho. Aprenderían inclusive, lo mismo que yo, lo que significa la palabra socialismo". Julio García solía preguntarle a su amigo si su mujer compartía su entusiasmo. Antonio Casal entonces sonreía con tristeza. "Por desgracia, no -decía-. Mi mujer se volvería a Gerona ahora mismo".
Volverse a Gerona… ¡De ningún modo! Julio García podía añorar determinadas cosas de la ciudad y el mando de que en ella disfrutó. Pero de eso a desear el regreso… Por lo contrario, el tercer aspecto de su múltiple vida se dirigía como una flecha hacia la internacionalización. Por eso alquiló aquel piso, para poder recibir dignamente a caballeros franceses que poseyeran la Legión de Honor, a militares de alta graduación, a los hermanos de la Logia de la calle Caudet… Sus asesores al respecto fueron los periodistas Fanny y Bolen, bien relacionados en todas partes y duchos en tales menesteres.
– Te ayudaremos, no te preocupes -le habían dicho-. Por lo demás, te va a ser fácil meterte a esta gente en el bolsillo: buena cocina y alguna de esas frases que te salen redondas. Por ejemplo, la que nos colocaste ayer, en el Café Flore: que toda democracia que se estime ha de basarse en la desigualdad…
El caso es que Julio García, poniendo en práctica las sugerencias de Fanny y Bolen, empezó a organizar en su casa cenas opíparas. Doña Amparo Campo, a quien el ex policía había prohibido que aprendiera francés para evitar que entre plato y plato soltara alguna tontería, ignoraba quiénes eran los visitantes de su hogar; pero ¡qué más daba! A la legua se advertía que se trataba de gente fina, como ella siempre deseó. ¡Con qué estilo le besaban la mano y con qué susurrante entonación le decían: madame! "Madame García… viola!". Le decían viola y ella, feliz. ¡Ah, qué bello país Francia! Lo que doña Amparo no comprendía era que ella, a su vez, tuviera que llamar madame a la interina que la ayudaba en las faenas de la casa.
Por supuesto, el desarrollo de esas veladas confirmó la tesis de Fanny y Bolen. Los invitados de Julio, entre los que abundaban elocuentes diputados y prohombres del Frente Popular Francés, acudían reiteradamente a casa del ex policía por razones de afinidad ideológica; pero, sobre todo, por simpatía humana. Se reían a gusto con Julio García; eso era todo. Julio, con su bigote madrileño y sus maliciosos ojos cargados de experiencia y de intención, arrancaba de ellos discretas cuando no sonoras carcajadas. 'Charmant!', solían exclamar oyéndole. Lo curioso es que exclamaban 'charmant!' lo mismo si les contaba un chiste que si les profetizaba alguna catástrofe. Cuando, por ejemplo, les decía que en su opinión Hitler se estaba preparando para invadir a Francia antes de un año, saltándose a la torera la Línea Maginot, ellos exclamaban: 'Charmant!'. Y cuando les afirmaba que el comunismo constituía un peligro mundial, lo que podía atestiguar por haberlo conocido de cerca durante la guerra de España, volvían a exclamar: 'Charmant!', mientras daban complacidas muestras de aprobación. En resumen, eran tantas las cosas que sus invitados encontraban 'charmants' que Julio pensaba para sí: "Esos caballeros viven en el limbo".
Naturalmente, para que esos contactos fueran de verdad eficaces, Julio García no olvidaba poner en práctica otro de los consejos de sus amigos periodistas: cultivar la amistad de las señoras francesas, concederles la máxima beligerancia en el diálogo y relatarles a menudo anécdotas de Cocteau y de Sacha Guitry. Fanny le había dicho: "¡Pero ándate con cuidado! No se te ocurra nunca darles a entender que todo cuanto saben lo han aprendido de los hombres. Escúchalas poniendo cara de bobo, de admiración. De este modo te encontrarán 'charmant' incluso a ti y tendrás en ellas tus mejores aliadas".
Resumiendo: Julio García se adaptó sagaz y alegremente a las costumbres parisienses -leía Le Fígaro, iba a la 'Comedie Française' y elogiaba cada dos por tres a los impresionistas- y se sentía dichoso.
Por lo demás, en el fondo obraba sin fingimiento. París le gustaba realmente, tanto o más que a Antonio Casal. Y no sólo los puentes del Sena, Montmartre, la plaza de la Concordia y los cines en que ponían películas nudistas, sino el ambiente. Los tejados de pizarra; el gris antiguo de las fachadas; el Barrio Latino y la sensación de libertad que se respiraba por doquier le cosquilleaban de tal suerte el corazón que no cesaba de preguntarse si, llegado el caso, el Támesis y Hyde Park, en Londres, le gustarían lo mismo.
Así las cosas, llegó la noche del 20 de junio, noche que festejó con una cena por todo lo alto. Y no es que hubiera ocurrido nada importante ni que hubiera conseguido, ¡por fin!, sentar a su mesa al mismísimo León Blum. Simplemente, en el número de Amanecer que aquel día le había traído el correo, había leído su nombre y sus dos apellidos. Sí, el Tribunal de Responsabilidades Políticas había abierto en Gerona expediente contra él. Ello le había hecho tanta gracia que no sólo lanzó una carcajada que asustó más de la cuenta a la madame que hacía las faenas del piso, sino que lo incitó a obsequiar a sus invitados con pato con naranja y con botellas antiquísimas de Moét Chandon.
Aparte de París, y confirmándose con ello el dato que Leopoldo le facilitara a Ignacio, el núcleo verdaderamente importante de exiliados se había afincado en la campiña francesa y en la ciudad de Toulouse.
En la prefectura de dicha ciudad calculábanse en unos treinta Mil los españoles que habían fijado en ella su residencia. ¡Treinta mil! El prefecto había dicho: "Como esto continúe, no habrá más remedio que proteger con ametralladoras la gruta de Lourdes. ¡Les pilla tan cerca!".
Ahora bien, los exiliados de Toulouse, entre los que figuraban buen número de ampurdaneses dedicados a la industria del corcho, formaban una comunidad mucho más exaltada que la que se estableció en la capital de Francia o en el campo. París era inmenso y el campo suponía obligadamente la dispersión. En Toulouse, en cambio, los españoles se sentían unidos. El hecho de verse constantemente unos a otros y de disponer de sus buenos locales políticos -Partido Socialista, CNT, Estat Catalá, Partido Comunista, etcétera- les daba la sensación de que continuaban teniendo poder, de que constituían una fuerza.