Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 219
Перейти на страницу:

Un grupo de estos repatriados los observaba, con disimulo.

– ¿Te apetecería interrogar a alguno? -le ofreció el coronel.

– ¡No por Dios! No he nacido para eso.

– Entonces, ¿para qué has nacido?

Ignacio no se inmutó.

– Para ir mirando… Sí, eso es -repitió, girando la vista en torno-. Para ir mirando.

¡Bueno, el coronel Triguero lo complació! Le permitió presenciar en la "pocilga" de la que era dueño, en la oficina, la apertura de treinta cajas conteniendo objetos diversos, que constituían el último lote devuelto a España por las autoridades francesas, gracias a las gestiones que realizaba el Servicio.

– El camarada Dávila me habló de eso. De que el Servicio se ocupaba en recuperar obras de arte, joyas, etcétera.

– ¡Aspiramos a mucho más! Aspiramos a recuperar varias toneladas de oro -Álvarez del Vayo se llevó un buen pellizco-, e incluso barcos. ¡Sí, barcos! ¿Te sorprende? Hay una serie de barcos españoles en puertos franceses…

Las treinta cajas en cuestión contenían una fascinante mezcla de joyas religiosas: custodias, cálices, coronas… y de joyas mundanas: pendientes, broches, anillos, pulseras…

– Todo volverá a su lugar -comentó el coronel-. Las coronas, a los santos y a las vírgenes; los pendientes y demás, a las damas de la alta sociedad… y a las amantes de los Gobernadores Civiles.

Ignacio, al oír esto último, miró al coronel y éste lanzó, riéndose, una de sus frases favoritas.

– ¡Corrígeme si me equivoco!

Nati, la de los ojos gatunos, procuraba también satisfacer la curiosidad de Ignacio. Un día lo llamó para que asistiera a una escena chocante. Aquella mañana había cruzado la frontera una expedición de niños españoles, de los muchos que durante la guerra los 'rojos' habían enviado a diversos países de Europa. Y resultó que uno de esos chicos, que tenía siete años, ¡sólo hablaba flamenco! Ni una palabra de español, pese a que se sospechaba que era de Talavera de la Reina. Lo había adoptado una familia belga, que había resuelto devolverlo a la "Falange Exterior", que funcionaba en Bruselas.

– ¿Qué te parece el chaval?

– ¿Qué va a parecerme? Muy majo… Muy flamenco.

Nati se rió.

– ¿Te das cuenta de la papeleta si localizamos a sus padres? ¡Tendrán que enseñarle a hablar!

Otro día Ignacio coincidió en la oficina con los capitanes Arias y Sandoval, los cuales, con permiso del general Sánchez Bravo, andaban por la zona ocupándose de misiones muy varias. Dichos capitanes extendieron sobre la mesa gran cantidad de avales espléndidamente falsificados en una oficina de Montpellier, a nombre de 'rojos' que pretendían colarse en España con el propósito de rehacer su vida en algún pueblo que no fuera el suyo, sin ser molestados.

– ¡Hay que ver! ¡Han falsificado hasta el sello de los Ayuntamientos!

También funcionaba, en un piso aparte, una Sección dedicada a censurar las cartas que llegaban del extranjero, e Ignacio se maravilló viendo con qué astucia dos hombres ya de edad, expertos en la materia, leían entre líneas… Y se acordó de David y Olga cuando en Gerona, en Correos, se dedicaron durante una temporada a idéntica labor.

– De todos modos -preguntó Ignacio al coronel-, ¿por que tanta cautela? ¿Qué puede hacer esa gente?

El coronel se acarició sus imaginarias patillas.

– Tú conoces el japonés, ¿verdad? No, claro… Pues bien. Hay un proverbio japonés que dice: "Después de la victoria, ¡átate bien el casco!".

– Ya…

Ignacio iba sintiendo por el coronel una simpatía 'in crescendo'. Desde luego, le estaba agradecido. Pero es que, además ¡era tan imprevisible! Siempre quería apostar algo. "¿Te apuestas veinte duros a que hoy cae un pez gordo?". "¿Te apuestas la corbata a que mañana lloverá?".

Sin embargo, el muchacho intuía que el coronel no jugaba del todo limpio… ¿Por qué tantos viajes a Perpiñán -en un Citroen que había pertenecido al alcalde 'rojo' de Figueras- sin llevarlo nunca con él, pese a la promesa del Gobernador? ¿Y por qué al regresar descargaba de vez en cuando misteriosos y minúsculos paquetes, que pronto desaparecían sin haber sido abiertos? Tales paquetes ¿contenían realmente objetos recuperados?

Nati sonreía.

– 'Chi lo sa…'

¡Ay, mejor no meterse en honduras! Lo importante era que, gracias a él, Ignacio, cada vez que regresaba a Gerona, tenía algo interesante que contar a la familia y a las amistades. "Papá, el coronel trajo ayer un montón de periódicos franceses… ¿Será verdad lo que cuenta el padre Forteza: que Hitler tiene ganas de pelea?". "Pilar, toma esto, de parte del coronel. Es una barra de labios que no deja huella… Lo último que ha salido en París". "¡Oh, muchas gracias! A ver si le traes otra igual a Marta". El profesor Civil, al que Ignacio iba ahora a visitar a menudo, le encargó unas medicinas para su mujer, cuya piel de pronto había empezado a caérsele como en escamas. "El doctor Chaos me ha dado el nombre de ese producto. Toma, ahí lo tienes anotado, en este papel". Por su parte, Carmen Elgazu le preguntaba cada dos por tres: "Bien, hijo, pero ¿cuándo te traes el Tapiz de la Catedral, de que te habló el Gobernador?".

La familia gozaba escuchando a Ignacio y viéndolo contento. Y no obstante, era bien cierto que no todo lo que el muchacho veía y vivía en el Servicio de Fronteras era agradable. Existían en él tintes dramáticos que afectaban hondamente a su sensibilidad.

Probablemente, el peor de todos era el espectáculo que ofrecían las innumerables personas que, acuciadas por la impaciencia, iban llegando a Figueras a diario, sin recursos, sin cobijo, en espera del retorno de algún familiar exiliado. Nati decía de esas personas: "Comprendo su situación, pero ¡hay que ver la lata que nos dan!". En su mayor parte eran mujeres. Mujeres Procedentes a lo mejor de muy lejos, del centro de España, o el Sur. Ignacio varias veces había coincidido en el tren con algunas que procedían de Málaga, donde el muchacho había nacido, por lo que se tomó interés por ellas. Habían enviado a Francia, a sus "hombres", el papel mágico, el aval y tenían confianza. "Teniendo el aval no pueden tardar ¿verdad usted?", trataban de usted a quienquiera que llevara uniforme o una insignia en la solapa. Ignacio no se atrevía a desanimarlas. "Claro… claro… Si tienen el aval, es posible que el día menos penado lleguen con la caravana".

La caravana… La caravana diaria de camiones -veinte, treinta, procedente de Perpiñán, con los "afortunados" de turno.

El convoy solía cruzar la frontera en dirección a Figueras a media tarde y lo encabezaba invariablemente un Fiat, en el que iban las autoridades francesas y un empleado del Consulado Español de Perpiñán.

Imposible conseguir que esas mujeres enlutadas, de moño seco y triste, aguardaran a su "hombre" -al marido, al hijo, al hermano- en La Carbonera, donde todos habrían de quedar concentrados. A mediodía ya no podían con su corazón y se iban a las afueras de Figueras esperando el momento de ver aparecer el convoy. Se entretenían por las cunetas mascando hierba y suspirando. Ignacio se mezclaba con ellas o a veces las observaba a distancia, solo o en compañía de los guardias civiles. Hasta que, de pronto, el convoy aparecía a lo lejos. Entonces se oía como un rumor de oleaje y las mujeres se plantaban en mitad de la carretera, interceptando el paso. El Fiat que abría la marcha, como aturdido ante aquella muralla negra, disminuía la velocidad, mientras detrás de él avanzaban gusaneando los camiones. Y en cuanto el vehículo se detenía y se apeaba de él el empleado del Consulado se producía el bombardeo: "¡Eh, señor! ¿Viene un tal Amadeo Sánchez?". "¿Viene mi hijo, Sergio Velasco?". Preguntas angustiosas que obtenían invariablemente idéntica respuesta. "Pero ¿estáis locas? ¿Cómo voy a saber? ¡Luego, luego, en La Carbonera!".

Los guardias civiles luchaban a culatazo limpio para que el convoy pudiera pasar. Pero a veces ocurría que uno de aquellos nombres lanzados al aire hacía diana, era recordado por el empleado. En este caso éste respondía: "¡Sí, ahí viene! ¡Creo que en el cuarto camión!". Entonces se oía un grito más fuerte que los demás. "¡Bendita la madre que te parió!". Inmediatamente las otras mujeres rodeaban a la "afortunada" y la felicitaban o, por el contrario, la miraban con envidia y rencor.

1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 219
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)