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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Sí, algo me dijo.

– Mira, Ignacio. Me gustaría que fueras mi enlace personal. Necesitaba un muchacho de confianza y tú puedes serlo. Mi enlace con nuestro Servicio en Figueras y con nuestro Consulado en Perpiñán. Así que, si no te importa, tendrás que viajar a menudo…

– No me importa. Me gusta viajar… El Gobernador prosiguió:

– El jefe en Figueras es el coronel Triguero. Estarás a sus órdenes. Él te presentará, en Perpiñán, al que lleva todo este asunto de los exiliados. Un paisano mío, que se llama Leopoldo. Te gustará conocerlo, ya verás.

Ignacio asintió de nuevo y se mantuvo a la espera.

– Eso del Servicio de Fronteras es más complicado de lo que parece ¿sabes? Nos ocupamos también de recuperar los tesoros y las obras de arte que los rojos se llevaron en su huida… ¡En fin! Sería demasiado largo explicártelo ahora. Mejor que vayas enterándote poco a poco…

– De acuerdo.

Sobre la mesa había un montón de sobres verdes que habían llamado la atención de Ignacio. El Gobernador tomó uno de ellos y le dijo:

– Ésa será una de tus principales misiones: llevar esos sobrecitos verdes al coronel Triguero… procurando que no te los roben en el tren.

En su deseo de hacerse agradable, Ignacio preguntó:

– ¿Las señas del coronel?

El Gobernador sonrió.

– Van en los sobres…

– Ya… -El muchacho añadió-: ¿Cuándo empiezo?

El camarada Dávila se tocó con el índice la nariz.

– Podrías empezar hoy…

Ignacio guardó un silencio. Luego rogó:

– ¿No podría ser mañana? Esta tarde habíamos pensado celebrar un baile. El baile de los supervivientes…

El Gobernador tuvo un expresivo ademán.

– ¡Oh! En ese caso, de acuerdo… -seguidamente añadió-: Pero, con una condición.

– ¿Cuál?

– Que tú bailes exclusivamente con Marta… ¿Entendidos? ¡Es una orden!

– Descuida -aceptó Ignacio sonriendo-. Y muchas gracias.

El trato quedó cerrado. El Gobernador hizo de repente un gesto de cansancio, no habitual en él. Mateo se dio cuenta y se levantó. Ignacio hizo lo propio.

El Gobernador se puso también de pie, dio la vuelta a la mesa y, colocándose entre los dos muchachos, se dispuso a acompañarlos a la puerta. Había recobrado su buen talante, y los tomó del brazo en actitud amistosa.

– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. No sabes el lío en que te has metido, Ignacio…

Éste fingió asustarse.

– Peor que la guerra, ¿verdad?

– ¡Ah, quién sabe…! -El Gobernador se detuvo un momento-. El coronel Triguero es un tipazo ¿sabes? ¡Bueno, ya te darás cuenta! Y luego, esas obras de arte que los rojos se llevaron y que hay que recuperar… Ahí te juegas la amistad de nuestro querido mosén Alberto.

Ignacio miró al camarada Dávila.

– No comprendo.

– Es muy sencillo. Desapareció nada menos que el famoso Tapiz de la Creación, de la Catedral.

– El Gobernador reanudó su marcha-. Si no das con él, mosén Alberto nos llamará idiotas y le nacerá una hermosa úlcera en el estómago.

Ya en el umbral de la puerta, Mateo, que no se quitaba de la cabeza la llamada telefónica que recibió el Gobernador, aludió a ella diciendo:

– ¿De veras no ocurre nada desagradable?

Aquél negó con la cabeza.

– ¡Nada, hombre! Vete tranquilo.

Mateo asintió.

– Me alegro. 'Ciao'…

– Hasta la vista -saludó Ignacio.

El Gobernador permaneció en la puerta hasta que los dos muchachos hubieron desaparecido.

Ya en la calle, Mateo le preguntó a Ignacio:

– ¿Qué tal?

– Sobresaliente. Lo que tú dijiste.

– Estaba seguro de que te gustaría.

Sin más dilación hablaron del baile de que Ignacio había hecho mención. La idea de celebrarlo, sugerida por Mateo, había sido recibida con entusiasmo por Marta y Pilar, quienes sin pérdida de tiempo pusieron manos a la obra a fin de que no faltara detalle. Tendría lugar en el amplio vestíbulo de la Sección Femenina, a las ocho en punto. Ignacio hubiera preferido otro sitio: el sótano en que los anarquistas tuvieron el gimnasio. "Allí, con aquellas poleas, y las paralelas, y la sombra de Porvenir flotando…" Pilar había objetado: "¿Para un baile de ex combatientes? ¡Estás chiflado!". Dispondrían de gramola, habría bocadillos de jamón y de queso, cerveza… ¡y tabaco de calidad! Los supervivientes recibieron incluso una invitación en regla… En efecto, Asunción, la maestra, que dibujaba muy bien, había trazado en las cartulinas, además del nombre correspondiente, un monigote intencionado. Asunción se había esmerado de un modo especial en el dibujo de Alfonso Estrada, representando a éste en el momento de asaltar un parapeto al grito de "¡Viva Cristo Rey!". Miguel Rosselló, que había sido "espía" en el SIFNE, se vio a sí mismo caricaturalmente apostado junto a un farol, con sombrero, gabardina y un pitillo en la comisura de los labios… Ignacio tuvo ocasión de contemplarse caído de bruces en una pendiente nevada, con las piernas al aire y los esquís rotos. Sin embargo, el más perplejo de los invitados fue… el capitán Sánchez Bravo, el hijo del general. En la cartulina que le entregó Nebulosa, el asistente, había una fotografía suya pegada en la que se le veía al lado de un cañón girando a lo lejos con unos prismáticos. El pie decía: "Nos nacía falta un artillero. Hemos pensado en ti…" El capitán Sánchez Bravo, halagado, se preguntó, rascándose la frente: "¿De dónde habrán sacado esta foto?".

Daba igual… Secretos de la Sección Femenina. El caso es que todo funcionó a la perfección y que a las ocho en punto todo el mundo había acudido a la cita. Entre las chicas figuraban las hermanas de Miguel Rosselló, Chelo y Antonia. En total, unas diez parejas. Una sola ausencia: Agustín Lago. Agustín Lago recibió también la cartulina, pero se excusó por teléfono. Asunción comentó: "Será por el brazo amputado". Pilar negó con la cabeza. "No creo. Tengo la impresión de que las mujeres no le interesan". Marta exclamó: "¡Peor para él!".

El baile dio comienzo en medio de un clima de euforia. El capitán Sánchez Bravo impresionó favorablemente a todos. Tenía realmente buena facha y no era de extrañar que doña Cecilia, que lo trajo al mundo, se pirrara por él. José Luis se olvidó de Satán y andaba asustando a unos y a otros con un 'espantaviejas'. Chelo Rosselló se había colocado una flor en el pelo. ¡Asunción habría arramblado para la ocasión con todos sus escrúpulos! Lucía un bonito broche sobre la camisa azul. En conjunto, la fiesta tenía un aire bufonesco que sin duda hubiera encantado al padre Forteza.

La gramola era mala y los discos estaban rayados. ¡Qué importaba! Baile de los ex combatientes… Juventud. Mateo y Pilar se besaron y se oyó un ¡oh! de protesta. Ignacio besó a Marta y la reacción fue curiosa: hubo aplauso general. Apareció por allí Jorge de Batlle, solitario, y su entrada provocó un momento de silencio. El huérfano se dio cuenta y desapareció… Alfonso Estrada, que pese a haber asaltado parapetos era imberbe, bailaba torpemente, a trompicones. ¡Tanto mejor! El capitán Sánchez Bravo y Chelo Rosselló hicieron una exhibición bailando el tango: Esta noche me emborracho… que por cierto era uno de los preferidos de Carmen Elgazu.

¿Y el camarada Dávila? "¿No vendrán el camarada Dávila y María del Mar?". Ay, qué lástima, nadie se acordó de invitarlos… En cambio, de pronto irrumpieron en el local el teniente jurídico Manolo Fontana -el preferido de Pablito- y su esposa, que se llamaba Esther. Ignacio no podía sospechar hasta qué punto la presencia de esta joven pareja iba a resultar decisiva para él. Sin duda realzaron con su porte el tono de la reunión. Manolo tendría unos treinta y dos años y llevaba una barba a lo Balbo. Exhibía varita de bambú y fumaba tabaco rubio. Le dijo a Ignacio "¡Tanto gusto, monsieur Alvear!". La esposa de Manolo, Esther -veintiocho años, muy hermosa y madre de dos hijos- llevaba un peinado cola de caballo. Por un momento eclipsó a las demás, con sus ojos glaucos y su precioso talle. Era de Jerez de la Frontera, patria del padre de José Antonio. Mateo, que la conocía mucho, le susurró a Ignacio: "Esther se ha educado en Oxford… ¡Es anglófila!".

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