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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Sí, la Dehesa. Una tiene derecho a que le guste la Dehesa, ¿no?

– ¡Oh, claro! Ahora está preciosa…

Canela volvió a irritarse.

– ¡Qué va a estar! Con tanto uniforme…

Ignacio hizo un mohín. Canela se tomó su Martini de un sorbo y prosiguió:

– ¿Y la Andaluza?

– Ya puedes figurarte -informó Ignacio-. Haciendo su agosto.

– Claro, los moros joden que da gusto, ¿verdad?

La conversación se hacía incómoda. Ahora Canela parecía glacial. Se había ausentado. Miraba afuera, a la calle, con la mirada vidriosa.

– ¡Mira que morirme yo en Francia! -exclamó, inesperadamente.

Ignacio la miró con asombro.

– ¿Morirte…? ¡Qué tonterías dices!

En ese momento entraron en el café tres hombres barbudos, con aspecto de llegar del frente. Debían de ser tres "jefazos", que andarían tramando irse también a París.

– Puercos… -barbotó Canela-. Han abandonado a todo el mundo.

– Su expresión era colérica.

El más alto miró a Canela y sonrió. Canela sacó la lengua.

Ignacio se sintió tan abatido que se levantó para despedirse.

– Escucha una cosa, Canela. Si algún día quieres regresar a España, vete a Fronteras y pregunta por mí.

Canela se quedó rígida.

– ¿Regresar yo…? ¡Eh!, ¿por quién me has tomado?

Ignacio hizo un gesto ambiguo.

– La vida… cambia, ¿no crees?

Canela le sonrió con afecto.

– Salud, fascista…

Ignacio se acercó al mostrador dispuesto a pagar las consumiciones, pero el 'garçon', después de consultar con Canela, negó con la cabeza.

CAPÍTULO IX

Canela había informado bien a Ignacio: Julio García vivía en París… con un coche en la puerta. Era el gran triunfador del exilio. Formaba parte del grupo de los privilegiados, de los que habían alquilado chalés en Deauville y jugaban a la ruleta. Disponía de un confortable piso cerca de la Avenida Foch, por cuyos amplios salones se paseaba con un batín de seda. Si Ignacio hubiera tropezado con el ex policía, no hubiera sabido si reír o llorar.

Julio García, recordando la guerra, no pensaba en la muerte, como le ocurría a Canela: sonreía. La fortuna que había amasado comprando armas para el Ejército de la República era tan considerable que, en un momento de sentimentalismo, le había dicho a doña Amparo: "Avísame cuando sea tu cumpleaños, que quiero regalarte un abrigo de pieles de algún animal raro…" Y a sus amigos de siempre -los componentes de la Logia Ovidio, y David y Olga- solía decirles que lo que más le dolía de la catástrofe que había asolado España era que en ella había perdido su hermosa tortuga, llamada Berta. "La pobre, lenta por naturaleza -explicaba-, no consiguió llegar a la frontera y cayó en manos de los requetés".

Julio García vivía una vida triple. Por un lado, el recuerdo de Gerona; por otro, su responsabilidad para con los gerundenses que acudían a él en demanda de ayuda, y que no eran pocos; por último, los deberes que le imponía su "nueva posición social" y la necesidad de sentar bases definitivas para lo futuro. Esto último era de hecho la piedra angular de sus preocupaciones. No quería caer en la trampa de otros muchos exiliados, que parecían dispuestos a quemarse la sangre a base de nostalgia y de "lo que hubiera podido hacerse". Él no se iría nunca a África, a construir el Transahariano; ni se alistaría en la Legión Francesa; ni se iría a Venezuela, como el Responsable y otros tantos anarquistas, pensando que allí encontrarían campo abonado para sus actividades… No, él no dejaría nunca de pisar terreno firme. Preveía acontecimientos internacionales para un Plazo más o menos próximo -los periodistas Fanny y Bolen eran también de este parecer- y quería estar prevenido. Si en Francia ocurría algo se iría a Inglaterra, cuyo Gobierno se había manifestado dispuesto a admitir algunos exiliados de la élite; es decir, hombres como él, relacionados con la Banca Suiza y que supieran tomarse un güisqui sin soltar una grosería.

Sus relaciones con Gerona se efectuaban de una manera un tanto simbólica: a través del periódico Amanecer, que el ex policía recibía, aunque con retraso, gracias a sus amistades de la 'Prefecture' de Perpiñán. La lectura del periódico que dirigía 'La Voz de Alerta' le daba la tónica de "lo que ocurría en la España Nueva", y cuyo resumen respondía, a su juicio, a la lógica más estricta: curas y militares. No había número en que no apareciera una fotografía del obispo, doctor Gregorio Lascasas, y otra del general Sánchez Bravo. El señor obispo tenía siempre la mano dispuesta a bendecir lo que fuera; el general saludaba siempre militarmente o presidía algún acto en honor del Ejército Español. Naturalmente, Julio García hubiera podido reconocer también, entre mil rostros, el del Gobernador Civil, camarada Juan Antonio Dávila, quien cada día ponía una primera piedra o asistía a un entierro. "Lo que me extraña -comentaba con sus amigos- es que Mateo no tenga celos y se conforme con salir retratado sólo de vez en cuando".

Julio García, desde su piso cercano a la Avenida Foch, estimaba que las realidades que, a juzgar por Amanecer, imperaban en "la España de Franco" formaban un triángulo tan perfecto que hubiera podido ser masónico: mimetismo respecto de Alemania e Italia; inflación religiosa; ausencia total de opinión popular. "Esa gente va a prescindir del pueblo hasta nueva orden". "Juegan con unas cuantas ideas incapaces de proporcionar a nadie el menor placer intelectual". "Se basan en la noción de Caudillo, cuando lo más corriente es que los caudillajes terminen de mala manera". "Se han inventado un Dios a su medida, de cuya protección están tan seguros como yo lo estoy de que mi mujer me será fiel". Etcétera.

Ahora bien, todo esto, que levantaba en vilo a aquellos que en París escuchaban al ex policía, tenía en opinión de éste una contrapartida no deleznable: todos los recursos en una sola mano. "De entrada pueden acometer empresas importantes. Es la fuerza de las dictaduras. Lo malo viene después…"

– ¿Y la represión? -clamaban los arquitectos Ribas y Massana; y el ex director del Banco Arús; y Antonio Casal…-. ¿Los campos de trabajo, las ejecuciones?

Julio García se encogía de hombros.

– ¿Qué esperabais, pues? ¿Que a los que se quedaron les dieran pan con miel?

– ¿Te parece tolerable que hablen de Maeztu y de Balmes como si hablaran de Kant o de Montaigne?

– No, no me parece tolerable -refrendaba Julio García, pasándose la boquilla de un lado a otro de la boca-. Pero demuestra que no carecen de sentido del humor.

¡Ah, Julio García añoraba Gerona! Ésa era la clave de la cuestión. Se preguntaba quién habitaría en el piso que fue suyo; quién utilizaría aquellos focos con que, en la Jefatura de Policía, le hizo sudar a Mateo la gota gorda; quién sería el nuevo jefe de estación; qué contertulios tendría su amigo Matías en el Café Neutral… "La única verdad es ésta -concluía-. Queramos o no, ganaron ellos y allí la vida continúa".

Sentencia irrebatible. De ahí que Julio García procurara olvidar "aquella vida que ya no le incumbía" y se dedicara a la segunda de las tareas que se había impuesto: la de solucionarles el porvenir a sus amigos. En el fondo, ello le resultó más fácil de lo que hubiera podido imaginar. O los demás no tenían criterio propio, o él era un prodigio de intuición y sentido práctico. A los arquitectos Massana y Ribas les aconsejó que se fueran a la Argentina, donde, con ayuda de la colonia catalana, a buen seguro se abrirían camino en su profesión. A don Carlos Ayestarán, tío de Moncho y ex jefe de Ignacio en Sanidad, en Barcelona, le facilitó la ida a Chile, donde podría instalar un gran laboratorio de productos farmacéuticos, que eran su especialidad. Asimismo ayudó a varios vascos que estaban ilusionados con irse al Caribe a fundar algún negocio naviero. Y en cuanto a David y Olga, que sin duda constituían un caso especial, en una noche memorable en la que Olga en un café de Montparnasse, se había echado a llorar, Julio García les propuso algo insólito: fundar una editorial en Méjico. Él financiaría la operación y ellos serían sus socios industriales. Los maestros titubearon, porque les tiraba la pedagogía, pero Julio los arrolló con su dialéctica. "Editar libros es también hacer pedagogía. Con la ventaja de que los libros que nosotros podamos lanzar al mercado, algún día, cuando en España haya pasado el actual sarampión, podrán incluso ser leídos con clandestina avidez, en la mismísima Gerona, por esa juventud que ahora se atiborrará de biografías del general Mola y de encíclicas papales". Los maestros, desconcertados al principio, acabaron entusiasmándose con la idea. "¡Editar libros!, ¡editar libros!", repitió Olga insistentemente, mientras con la mano se alisaba el pelo. Por su parte, David, que cada mañana se preguntaba si debía afeitarse o no, imaginó que la primera colección popular podía titularse: Colección Julián Sorel.

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