Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Y sin embargo ocurría allí como en los demás sitios: había exiliados victoriosos y otros derrotados. Entre los primeros, se contaba principalmente José Alvear; entre los segundos, Gorki…
Gorki disponía de un amplio piso cerca del Museo de Historia Natural, que era al mismo tiempo célula comunista, emisora e imprenta. En la emisora prepararía programas "que saltarían por el aire la barrera de los Pirineos", alcanzando a Gerona e incluso a Barcelona; en la imprenta editaría folletos y tal vez una hoja periódica. Pero, por desgracia, y en virtud de órdenes muy precisas dictadas por Goriev, cuyo paradero se ignoraba, no era el mandamás único, pese a la ausencia de Cosme Vila. De hecho actuaba vigilado. Vigilado por otros militantes españoles y -eso era lo peor- por un representante del Partido Comunista Francés, extraño tipo que se llamaba Verdigaud y que por el hecho de ser diputado tenía más ínfulas que un profesor de la Sorbona.
La teoría de Gorki era que Francia estaba hecha un asco; excepto en lo referente a su profesión originaria, es decir, la elaboración de perfumes. Llegó a esta conclusión el día en que se enteró de que eran muchos los comunistas de la localidad que no sólo poseían coche particular, sino que iban a misa. Eso no le cabía en el caletre al barrigudo aragonés. Los llamaba burgueses, cuya máxima aspiración era pasarse varios atardeceres semanales pescando en el Garona, el hermoso río -también burgués- que adornaba y fertilizaba la comarca.
Los comunistas franceses argüían, por boca del diputado Verdigaud, primero, que lo cortés no quita lo valiente y, segundo, que incluso desde el punto de vista táctico, semejante postura era válida. "Nuestra opinión es que si el Frente Popular Español perdió la guerra fue por eso, porque os dedicasteis a matar a la gente que tenía coche y a los curas. Algo así como si en Francia matáramos a los pintores con barba y a todas las 'mademoiselles' que leen a Baudelaire".
Gorki lanzaba espumarajos de rabia y su barriga se movía espasmódicamente. Porque la cosa no paraba ahí. Según noticias fidedignas, unos cuantos obispos franceses, especialmente de diócesis norteñas, ayudaban financieramente a la masa de exiliados; y lo mismo podía decirse de la organización protestante 'L'Armée du Salut'. ¡Y peor todavía! En Toulouse, una serie de vicarios, que llevaban boina enorme y sotana raída, habían decidido especializarse nada menos que "en el apostolado entre los refugiados españoles". Se introducían en las tertulias, en los cafés, repartían medicinas entre los enfermos y, sobre todo, empleaban un lenguaje tan franco y abierto que algunos exiliados les admitían tabaco y amistad. "¡Maldita sea! -exclamaba Gorki-. ¿Es que esto se puede tolerar?".
Los comunistas franceses no comprendían la reacción del ex perfumista.
– Lo que hacen los obispos franceses -decían-, es normaclass="underline" ayudan a los vencidos. Lo sorprendente es que en tu tierra los obispos españoles no hagan ahora lo propio. Ello demuestra que no tienen ni pizca de malicia o de sentido común. Los franceses hemos aprendido a "tolerarnos", ¿comprendes? No te quepa duda de que el sistema da buen resultado. ¿O es que tú prefieres la guerra civil? Gorki soplaba:
– ¡Pero la religión es el opio del pueblo! Verdigaud le dijo un día:
– Sí, es frase conocida. Pero Marx no empleó la palabra opio en sentido de veneno, sino en sentido de tranquilizante… ¿Aprecias el matiz, 'cher ami'?
Gorki se enfurecía ante tamañas sutilezas y profetizaba para el intelectualizado Partido Comunista Francés los peores males. El mismo periódico 'Ce Soir', del Partido, que le llegaba de París a diario, le demostraba que los comunistas del Norte de Francia estaban también contaminados. "¿Y por qué han de llamarme 'cher ami' en vez de camarada?".
Los propios colaboradores españoles de Gorki procuraban hacerlo entrar en razón.
– Pero ¿no te das cuenta de que aquí hay montañas de Camembert? ¿Cómo quieres que esa gente sea como nosotros? Creo que lo que debemos hacer es adaptarnos. Si no, vamos a tener algún disgusto y a lo mejor nos cierran hasta el local. Adaptarse… Esta palabra horrorizaba a Gorki. ¡Si por lo menos Cosme Vila estuviera allí con él! Pero su "jefe" se había ido a Moscú. Se había ido en barco, en una expedición que salió del Havre, rumbo a Leningrado. Y no había manera de entenderse por carta. Para empezar, las que Cosme Vila le escribía a él, fechadas en la capital soviética, le llegaban con gran retraso… y censuradas. Había tachaduras. ¿Por qué? Y además, el tono de dichas cartas era siempre vago… Cosme Vila no le daba nunca ningún detalle concreto sobre sus actividades en Rusia. Gorki no sabía si su jefe "ampliaba estudios", si "descansaba en alguna finca de veraneo" o si era "paje de confianza de Stalin". Cosme Vila se limitaba a decir que aquello era un paraíso y que su mujer y su hijo se portaban bien y le enviaban saludos. En cuanto a "instrucciones", que era lo que más necesitaba, siempre eran las mismas. "Procurad estar unidos. Y cuidado con los traidores. Ésta es una etapa de espera. No te desanimes. ¡Salud, camarada Gorki!".
No era extraño, pues, que Gorki se sintiera un poco derrotado y que fuera acaso el más crispado de los treinta mil exiliados españoles en Toulouse. De poder tomar decisiones, la gruta de Lourdes, fuere cual fuere el número de ametralladoras Que enviara allí el prefecto, hubiera ya saltado hecha pedazos. Lourdes tenía obsesionado al ex perfumista, cuya patrona, madame Deudon, le decía una y otra vez que ella había presenciado allí, personalmente, lo menos tres milagros. "¡Tres milagros, monsieur Gorki! Tal como lo oye. Dos paralíticos y un sordomudo".
Algunas mañanas, tal vez debido a la úlcera de estómago que le habían diagnosticado, Gorki se sentía tan abatido que a gusto lo hubiera mandado todo a freír espárragos y se habría puesto a fabricar por cuenta propia el popular masaje Floid, cuya fórmula decía conocer. Por fortuna, no faltaban militantes anónimos que le daban ejemplo, que lo reconciliaban con el ideal que había llenado su existencia. Tales militantes, que lo habían perdido todo, que no se acordaban siquiera de cuál fue su oficio, que vivían con sólo el miserable subsidio del SERÉ y que, desde luego, se mostraban insobornables al halago de los vicarios de boina inmensa y sotana raída, se mantenían fieles a las consignas del Partido exactamente igual que en el año 1936. Se pasaban el día rondando el local alquilado por Gorki y preguntando: "¿Cuándo empezará a funcionar la emisora? ¿Qué noticias hay de la resistencia en España, en las montañas? ¿Cuándo podremos ir a Rusia?".
En los momentos de soledad, Gorki recordaba, como les ocurría a todos, su "patria chica"; es decir, Gerona… Sobre todo cuando visitaba a los suegros de Cosme Vila -el guardabarreras y su mujer-, los cuales no hacían más que hablarle de la Rambla y quejarse de que no conseguían aprender una palabra de francés.
¡Ah! ¿Qué estaría ocurriendo en Gerona, a la sombra de los campanarios de la Catedral y de San Félix? Gorki no se arrepentía de nada. Había matado a muchos hombres -y a alguna mujer-, pero no se arrepentía de nada. "Hay que exterminar al enemigo", había dicho Lenin. ¿Es que el camarada Verdigaud ignoraba esta consigna? ¿O es que exterminar significaba también tranquilizante?
Si acaso, y sin motivo que lo justificara, algunas veces Gorki pensaba en sus dos víctimas más aparatosas: Laura y mosén Francisco. Los había emparedado en los sótanos de la checa gerundense. Los ladrillos rojos habían empezado a subir, formando el tabique que los asfixió. Si el recuerdo era nocturno -si se transformaba en pesadilla-, tales ladrillos subían tan alto que muy bien podían alcanzar el firmamento. En ese caso, las estrellas que Gorki veía en él no tenían nada en común con las que el general Sánchez Bravo, desde los cuarteles de Gerona, contemplaba con su telescopio. Eran las cinco estrellas que en aquellos momentos Cosme Vila debía de estar viendo titilar en las torres del Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, donde el derrotado Gorki hubiera deseado morir.