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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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¡Qué importaba!… Fueron dos horas de camaradería, de amistad. De pronto, Marta advirtió que ya no quedaban un solo bocadillo ni una sola botella. Y todo el mundo aseguró sentir un hambre atroz…

Se propuso una tregua e Ignacio y el camarada Rosselló, previa la consabida colecta, salieron dispuestos a reponer la despensa.

Y he ahí que al regresar, cargados con dos enormes bolsas, se encontraron con que el clima de la reunión había cambiado por completo… Por lo visto se había producido un incidente. Mateo y Marta -algo menos José Luis- ofrecían un aspecto rígido. Por su parte, Manolo y Esther habían adoptado un aire un tanto pedante.

– ¿Qué ha ocurrido? ¡Traemos jamón y cerveza!

Tales palabras sonaron a hueco. ¡Ah, el tema de siempre! Alfonso Estrada, muy aficionado a la música, había tenido la peregrina idea de traer consigo un disco… no bailable. Un disco que requisó en un pueblo aragonés y que contenía una selección de himnos 'rojos', muy hermosos, a su entender.

Aprovechando la tregua había propuesto escuchar dichos himnos y se desencadenó la tempestad. Mateo y Marta se negaron rotundamente. En cambio, Manolo y Esther se mostraron partidarios de ponerlos. La cosa degeneró en polémica. Alguien preguntó: "Pero, ¿qué ocurre?". También se oyó la palabra "fanatismo". Finalmente Mateo, en un exabrupto, cogió el disco, lo partió contra su rodilla y tiró los pedazos a un rincón…

Entonces Esther, después de acariciarse su peinado cola de caballo, se dirigió a recoger los pedazos y se los entregó a su infortunado dueño, Alfonso Estrada, diciéndole: "Lo siento, chico… Pero procuraré que me manden otro igual desde Gibraltar…"

Fue en ese momento cuando Ignacio y Rosselló entraron con sus bolsas de jamón y de cerveza… Al enterarse de lo ocurrido, Ignacio hizo un gesto despectivo.

– Pero todo esto es una idiotez, ¿no os parece? -exclamó.

Mateo comentó, simplemente:

– Lo blanco ha de ser blanco y lo negro, negro.

El capitán Sánchez Bravo intervino. Sus tres estrellas adquirieron en aquel momento una gran dignidad. Propuso olvidar el asunto y terminar la fiesta en paz. Por su parte, Alfonso Estrada, que jamás imaginó provocar todo aquello, pidió excusas a unos y a otros con una expresión tan sincera que predispuso los ánimos a cancelar la disputa.

Entretanto, Pilar se había acercado a la gramola y había Puesto en marcha una rumba… El ritmo se apoderó del local.

Acto seguido, Miguel Rosselló, que cuando se lo proponía sabía hacer el ganso, se acercó contoneándose a Marta y la invitó a bailar. Marta, haciendo de tripas corazón, accedió.

Aquélla fue la señal. Minutos después todo el mundo se había apareado e iba moviendo la cintura. Ignacio, entretanto, iba recordando la respuesta que el Gobernador le dio a Mateo cuando éste le dijo que "la política era homicida". El Gobernador había contestado: "Pero nos morimos a gusto, ¿verdad?".

CAPÍTULO VIII

La ciudad de Figueras, tan próxima a la frontera, había de significar para Ignacio algo así como lo que antaño significara Para él la entrada en el Banco Arús: el súbito contacto con un mundo desconocido. Apenas se apeó en la estación, llevando en la mano un sobre verde en el que estaban anotadas las señas del Servicio de Fronteras, relacionó lo que veía con lo que viera al incorporarse al Banco Arús: un determinado número de "caracoles humanos", al mando de un jefe. En el Banco, los "caracoles humanos" eran los empleados, y el jefe el Director; en Figueras, los "caracoles humanos" eran toda la población, y su jefe el coronel Triguero, nacido en Sevilla, cincuentón, separado de su mujer.

Figueras era un pequeño Cafarnaúm. Las calles rebosaban de tropa, de guardias civiles, de vendedores ambulantes y de chatarra. Muchas bicicletas, en cuyas ruedas, incrustados entre los alambres, tableteaban cartoncitos triangulares pintados con la bandera nacional. Muchos camiones, transportando hombres con aspecto de prisioneros. Sonaban las ambulancias, abriéndose paso. Ignacio pensó: "Diríase una ciudad muy próxima al frente". Innumerables letreros ponían: "Prohibido pasar".

El coronel Triguero era, en efecto, un "tipazo" tan singular que mientras rasgaba el sobre verde que había tomado de las manos de Ignacio, iba formulándole al muchacho, atropelladamente, toda clase de preguntas:

– ¿Cómo está el camarada Dávila? ¿De dónde eres? ¿Te ha gustado este pueblo? ¿Crees que en esta pocilga se puede trabajar?

Ignacio escuchaba al coronel con expresión divertida. Tuvo que mirarlo tres veces para cerciorarse de que no llevaba patillas. Era alto y fornido, pero Ignacio le gastó, como solía hacer con los militares, una mala pasada: lo imaginó vestido de paisano. Y el resultado fue espectacular. Le pareció mucho más bajo, menos seguro de sí y como si le hubieran regalado el traje.

– ¿Cómo te llamas, eh?

– Ignacio Alvear.

Al oír la voz del muchacho, el coronel Triguero se dignó mirarlo a la cara. Y entonces su actitud cambió. Abrió la boca como si estuviera tocando el clarinete. Evidentemente se había calmado, pues formuló sus preguntas por orden y de manera espaciada. E Ignacio se las contestó con tal precisión, que al final el coronel Triguero exclamó:

– ¡A lo mejor resultas inteligente!

– Es usted muy amable, coronel…

Se rieron. ¡Ah, quién no iba a reírse en aquella oficina del Servicio de Fronteras? Era en verdad una pocilga, pero con una mesa repleta de extravagantes cachivaches requisados -un despertador, un abanico, una polaina, varias pipas…- y, por si fuera poco, sentadas a un lado, ante sendas máquinas de escribir, había dos mecanógrafas "que valían por todo un batallón".

– ¿Da usted su permiso para mirarlas, coronel?

– ¡No faltaba más, hijo! Estás en tu casa.

Las dos mecanógrafas se ruborizaron e Ignacio las invitó a fumar. Ellas rechazaron, moviendo repetidas veces la cabeza. Ignacio se fijó de un modo especial en una de las chicas, de larga cabellera y ojos gatunos. La miró con tal intensidad, que la muchacha se bajó la falda por debajo de la mesa. Ignacio le preguntó:

– ¿Puedo saber cómo te llamas?

– Me llamo Nati…

Ignacio sonrió y comentó:.

– Debí figurármelo…

Servicio de Fronteras… Mundo complejo, con aspectos agradables y otros dramáticos. Ignacio se sintió muy pronto tan atraído por él, que en cierto sentido lamentó que el Gobernador lo hubiera nombrado, con buena intención, su "enlace personal", lo que lo obligaba a vivir a caballo entre Gerona y Figueras, llevando y trayendo mensajes. El muchacho casi hubiera preferido quedarse en Figueras tres o cuatro días a la semana. ¡Ocurrían tantas cosas en la "pocilga" del coronel Triguero! Nati le decía a menudo: "¡Lo que te perdiste anoche, chico!".

El coronel Triguero, que evidentemente era frívolo y bebía en exceso, pero que llevaba el Servicio con buena mano, se dio cuenta de la curiosidad del muchacho y le dio facilidades… Le permitió visitar en Figueras los barracones en que se albergaban los 'rojos' que regresaban de Francia por haber recibido ya el correspondiente aval, que la familia les había enviado desde España. Dichos barracones estaban emplazados en un barrio extremo, llamado La Carbonera, y los custodiaba la Guardia Civil.

– ¿Son muchos los exilados que regresan?

El coronel Triguero le informó:

– El promedio es ahora de unos cuatrocientos diarios.

A Ignacio le pareció que la cifra era muy elevada.

– ¿Y qué se hace con ellos?

– Pues… interrogarlos. Lo natural, ¿no?

– Claro…

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