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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Por fin pasaban los camiones, en ruta hacia La Carbonera, donde unas horas más tarde todo el mundo sabía a qué atenerse. Porque allí estaban las listas y los encargados de consultarlas y dar fe. "¿Cómo dice? ¿Esteban Soto? No, no viene ese nombre". "¿Cándido Vázquez? Tampoco". "Tal vez mañana…"

Tal vez mañana… Ignacio, al oír esto, sufría. Porque sabía que la mujer a la que iban dirigidas estas palabras debería esperar con sus ojos inútiles veinticuatro horas más. Y porque sabía también que había hombres que no regresarían nunca. Ni "mañana", ni pasado, ni nunca. ¿Qué harían, pues, sus esposas, sus hijas? Ignacio también lo sabía: seguir esperando. Así se lo habían dicho sus conocidas de Málaga y otras muchas mujeres vestidas de negro. Cada tarde volverían a la carretera, a la misma hora, a mascar hierba en la cuneta. Y entretanto, al llegar la noche, dormirían a la intemperie, o en casas destruidas por las bombas, o en los desalojados nidos de ametralladoras que decían: NO PASARAN. Y comerían un vaso de agua y un poco de primavera. A menos que encontraran una casa donde hacer la limpieza; o que les dijeran sí a los numerosos desaprensivos que, en cuanto se ponía el sol, empezaban a moscardonear a su alrededor, blandiendo un chusco de pan.

Por fin Ignacio oyó, de boca del Gobernador, la frase tan esperada:

– ¡Bueno, por fin vas a ir a Perpiñán! Entrega esta carta personalmente a Leopoldo, en el Consulado. Leopoldo sabe ya quién eres.

– ¡Muchas gracias, camarada Dávila!

Dicho y hecho. Ignacio, al día siguiente, cruzó la frontera por primera vez en su vida, en compañía del coronel Triguero, quien le ofreció un sitio en su Citroen. Y desde el primer momento le ocurrió que en Francia se sintió a gusto. Aquélla no tenía nada en común con la versión que le dieran Mateo, Jorge de Batlle y el mismísimo Gobernador. Le pareció respirar allí un aire de cultura antigua, tal vez debido a la geometría de los viñedos del Rosellón. ¡Había oído hablar tan despectivamente del país vecino! Cierto que la gente tenía las mejillas un tanto coloradas y que los quepis de los gendarmes resultaban un tanto grotescos. Pero las personas eran más robustas, otra raza, fruto sin duda de la buena alimentación; y la abundancia era visible por doquier. Vehículos de gran potencia circulaban por las carreteras, había tractores en los campos, el mar era hermoso. Los niños jugaban a placer y hasta los ancianos que tomaban el sol se le antojaban más tranquilos. Teníase la impresión de que todo el mundo se sentía allí protegido, a resguardo de las sequías, de la miseria, del trauma de la guerra.

El coronel Triguero, al darse cuenta de la reacción de Ignacio, le dijo:

– Pues a mí esto no me tira. ¿Dónde has visto tú que los machos vayan por el pan y la leche?

– ¿Y por qué no han de ir? Me encanta este detalle, ya ve usted…

Una vez en Perpiñán, Ignacio quedó sumergido de lleno en el mundo de los exiliados. Estaban allí, paradójicamente más inquietos y derrotados que los internos en La Carbonera. Abarrotaban los cafés y había en su rostro algo rabioso y espectral.

En el Consulado Español se presentó seguidamente a Leopoldo, quien al leer la carta del Gobernador le dijo a Ignacio, amistosamente: "Por lo visto te atrae el barullo, ¿eh?". Hicieron buenas migas, aunque Leopoldo era bastante mayor. Le prometió llevarlo, en cuanto tuviera un respiro, a visitar los campos de Argeles, de Saint-Cyprien, etcétera. "Allí verás. Millares y millares de desgraciados. Se pasan el día rumiando si no les valdría más morirse".

En ese primer viaje no habría ocasión, pues el coronel le había dicho a Ignacio: "No te muevas del Consulado. Regresaremos a España a mediodía". Pero pronto el muchacho hizo un segundo viaje, y un tercero y un cuarto. Y su curiosidad iba en aumento, gracias a los informes que le facilitaba Leopoldo, el cual siempre le decía que lo que más le gustaba de Francia era el chocolate. Los exiliados habían empezado a ser llamados, en bloque, "La España peregrina", poética denominación, y era evidente que formaban un mundo real y patético, del que en Gerona Ignacio no podía hablar con nadie, pues la suerte de los 'rojos' no interesaba. En cuanto abordaba el tema, todo el mundo le contestaba lo mismo: "Allá ellos. Se lo tienen merecido".

Ignacio también lo creía así. Y el día en que pudo, ¡por fin!, visitar los campos de concentración de Argeles y Saint-Cyprien, situados en las playas, a la vista de aquella inmensa muchedumbre famélica, harapienta, sintió que una oleada de repugnancia le atenazaba la garganta. Aquellas playas eran el resumen de todas las teorías antipatrióticas, de todas las crueldades y hasta de la muerte de César. Ignacio hizo: "¡Puah!". Leopoldo, hombre de fina cachaza, comentó: "De todos modos, no creas que toda esta gente es culpable. Y aparte, piensa un momento en los niños…"

Hubiérase dicho que le daban a Ignacio un golpe en el pecho. He ahí una palabra -niños- que apenas si contó nunca para él. Como tampoco contaron los vegetales y los minerales. Y no obstante, en aquellas circunstancias, lo dañó. Contempló a los niños en las playas y se le antojaron lagartijas desesperadas, víctimas inocentes de un terrible castigo colectivo. Leopoldo le explicó que muchos de ellos morían y que eran enterrados en la misma arena, en un hoyo. Que otros se habían ahogado al caerse en las letrinas que orillaban la zona acotada, vigilada por senegaleses. Que las madres tenían seco el pecho. Que los más espabilados eran utilizados por los mayores para sortear las alambradas en busca de algo que comer.

Ignacio recordó su niñez, la de Pilar, la de César… ¿Por qué ocurrían tales cosas? Miró al mar y le pareció hostil.

Leopoldo consiguió distraerlo. "Hay que hacerse a la idea. Las cosas son como son". Y le informó a Ignacio de que el reparto de fugitivos españoles hacia Bélgica, Inglaterra, Sudamérica, Rusia, Legión Francesa, África, ¡Alemania!, etcétera, proseguía. Aunque parecía confirmarse que el contingente mayor se quedaría en Francia.

– ¿Te basta con eso, o quieres ver otras playas… y más senegaleses?

– Me basta con eso.

El coche que conducía Leopoldo, uno de los asignados al Consulado, dio la vuelta y emprendió el regreso a Perpiñán.

Se produjo un largo silencio. Ignacio contemplaba el paisaje francés, los viñedos y los cañaverales, éstos inclinados por la tramontana, e iba reflexionando sobre el espectáculo que acababa de presenciar. Cerca ya de la capital del Rosellón, preguntó:

– ¿Qué profesión tiene el grueso de los exiliados? Leopoldo contestó, sin vacilar:

– Son campesinos. Un tercio por lo menos son campesinos, Ignacio movió la cabeza.

– Sí, claro. España es labriega.

Una vez en Perpiñán, Ignacio sintió una imperiosa y repentina necesidad de localizar, aunque sólo fuese para verlo de lejos, algún exiliado de Gerona. ¿No se reunirían los de Gerona en algún café determinado?

Leopoldo le dijo:

– Concretamente los de Gerona, no sé. Pero el café 'La Bonne Nouvelle' suele estar lleno de catalanes.

Ignacio, libre de acción esta vez por cuanto había ido a Perpiñán sin el coronel Triguero, en una ambulancia de la Cruz Roja, se dirigió sin pérdida de tiempo al café 'La Bonne Nouvelle'. Sentóse a una mesa roja, situada en un rincón, y se tapó la cara con un periódico que hablaba del hambre en China. De vez en cuando echaba un vistazo, con disimulo: no reconocía a nadie. Sólo le resultaban familiares el idioma y las inflexiones de las voces. Y, por supuesto, las blasfemias de los hombres acodados en la barra. Uno de ellos, que llevaba un gorro a lo Durruti, exhibía una cicatriz en el cuello, de la que parecía hacer responsable a todo el santoral.

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