Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
– Gracias.
Después, vuelvo a mi despacho, cierro la puerta y me pongo a bailar como una loca. Tres mil palabras para el New York Times. Casi no me lo puedo creer. Esto es un sueño. Esta es la razón por la que estudié periodismo.
Respiro profundamente y decido que es hora de ponerme a trabajar. Antes de hacerlo, escribo una nota de agradecimiento a Ellis Masters, pero sólo es un gesto. En realidad, nunca podré agradecérselo suficiente.
Jane Carolyn-Ann Whiting McNeill
Cincuenta y dos horas antes de la exposición de Gavin Marshall, Jane decide ponerse también su apellido de soltera. Stickly distribuye una nota para todo el personal. La adición de otro apellido no parece entusiasmar a nadie y un par de desafortunadas redactoras son llamadas a su despacho, donde reciben la advertencia de que lo de Jane McNeill se ha terminado.
Stickly me da la nota con una máscara de estoica indiferencia. Está intentando ser valiente. Está intentando ser inglés, pero se le nota desesperado. Este no es su trabajo. Él lleva a los campesinos frente al monarca, no al monarca frente a los campesinos.
– La señora McNeill la recibirá a la una y media -me dice con esa voz imperial que podría llenar un anfiteatro.
Yo niego con la cabeza. No tengo intención de salir de mi despacho. No pienso moverme hasta que Leila Chisholm me diga lo que le ha parecido mi artículo.
Estoy esperando lo peor. Estoy esperando que me diga que es horrible. Estoy esperando que me grite al oído que es lo peor que ha leído en toda su vida. Pero yo aguantaré sus gritos estoicamente. Los aguantaré sin decir una palabra; después colgaré el teléfono y me pondré a sollozar como una desesperada.
El artículo está sobre mi escritorio, pero no puedo mirarlo. Lo he leído demasiadas veces y sigo sin saber si es bueno o malo. No he dormido nada, estoy exhausta y me aterroriza que la inspiración de las tres de la mañana no sea más que un fuego fatuo con piel de oveja.
– No puedo a la una y media -insisto, apartando la mirada del teléfono.
– Es muy importante.
Yo levanto una ceja. Hay muchas cosas importantes que hacer para dar los últimos toques a la exposición, pero la ayudante de Anita Smithers se está encargando de todo. Jane no tiene nada importante que hacer.
– ¿Ah, sí?
– La señora McNeill quiere saber si debe ponerse delante del cartel azul de Fashionista o del cartel rojo de Fashionista.
– ¿Usted qué opina?
– El azul.
– ¿El azul?
– La señora McNeill lleva un vestido rojo, de modo que lo más lógico es que sea el cartel azul -contesta Stickly, como si estuviéramos hablando de un proyecto de ley.
Yo le doy la enhorabuena por su buen criterio y le digo que también yo optaría por el cartel azul. Stickly quiere seguir hablando del tema, pero debe seguir repartiendo las notas sobre el nuevo apellido.
Se marcha y yo vuelvo a mirar el teléfono. Cuando Leila Chisholm llama por fin, tres horas más tarde, me he quedado dormida sobre mi escritorio. Tengo tortícolis y se me ha clavado un clip en la nariz. Suena el teléfono y yo contesto, medio dormida. Y tardo veinte segundos en entender que a Leila le gusta mi artículo.
– Hay que retocarlo un poco, claro -me dice. Sigue hablando como una ametralladora, pero yo no estoy acostumbrada al ritmo trepidante de un periódico como el New York Times.
– Lo que tú digas.
– Te mando las notas por fax. ¿De acuerdo?
Después de recibir el fax, voy a la cocina para tomar una taza de café. Hay mucho que retocar, pero no me preocupa. Estoy tan emocionada que no me habría molestado aunque tuviera que reescribir el artículo de arriba abajo.
El futuro me sonríe. La editora del New York Times ha dicho que la próxima vez me será más fácil acostumbrarme al estilo de su periódico.
Copas en el W
A Maya le encantan los bares y restaurantes de los hoteles. Le encantan por su elegancia y porque le hacen sentir como si estuviera de viaje.
– Nunca estuve enamorada de Roger -me confiesa, cuando el camarero le sirve una caipiriña.
Nunca ha tomado caipiriña, pero quiere probar algo nuevo. Los cosmopolitan eran para llorar a Roger -a quien nunca había amado- y le apetece tomar algo hecho con caña de azúcar.
Yo estoy tomando un mojito y espero que me explique qué quiere decir con eso. Yo también he tenido una revelación, pero decido guardármela.
– Ese anillo era como la kriptonita, me hacía débil. Cuando lo encontré en aquel cajón, me quedé tan sorprendida que pensé que lo amaba. Pero yo creo que era nostalgia de algo que no existe -me confiesa, no sin cierto embarazo. Es duro darse cuenta de que es tan susceptible como sus amigas de Connecticut, que quieren seguir viviendo en Connecticut.
– El olor de la barbacoa -digo yo.
– ¿Eh?
Estamos en el bar del hotel W, en Union Square. Tiene una barra de madera noble y sofás de terciopelo. Y hay mucha gente guapa.
– El olor de la barbacoa del vecino cuando estoy sentada en la escalera de incendios. Es lo mismo.
Maya asiente con la cabeza.
– Y algunas canciones.
– Eso es. Añoramos lo que no tenemos.
– Lo cual significa que esto mío con Gavin podría ir a alguna parte -sonríe Maya entonces-. No puedo estar con él de rebote si no estoy rebotada por nada.
Yo me atraganto con el mojito y me da un ataque de tos. No sé nada de su relación con Gavin.
– ¿Qué?
– Gavin y yo hablamos todas las noches -dice Maya, sin mirarme a los ojos.
– ¿Y por qué no me lo habías contado?
– ¿Qué iba a contarte? ¿Gavin y yo hablamos todas las noches por teléfono y tenemos unas conversaciones geniales? ¿Crees que me estoy enamorando, Vig?
– ¿Por qué no?
– Porque me da vergüenza decir que «tenemos unas conversaciones geniales». ¿Qué clase de relación es esa?
– ¿Estás enamorada?
Maya se encoge de hombros, intentando aparentar indiferencia.
– ¿Te gusta mucho? -pregunto entonces, intentando atemperar la inmensidad de su admisión.
Ella vuelve a mirar hacia la puerta, como esperando ver entrar a Gavin en cualquier momento… Ah, claro, está esperando a Gavin, que llegó anoche a Nueva York para dar los últimos toques a la exposición.
Pero yo me he topado contra la terquedad de Maya tantas veces como para saber cuándo no debo seguir con un tema.
– Ayer le vendí un artículo al New York Times.
Mi amiga, con los ojos como platos, me aprieta la mano con tanta fuerza que casi se me cae el mojito.
– ¿Qué?
– Que he vendido mi entrevista con Pieter van Kessel al New York Times. Y no sólo la entrevista… sino la serie de artículos.
Maya se queda sin palabras durante unos segundos. Y después empieza a golpearse la cabeza contra la barra.
– Queremos una botella de champán -le dice al camarero.
– No es necesario…
– ¿Qué? No se puede celebrar nada sin champán. ¿Con qué vamos a brindar?
Estoy a punto de decir que podemos brindar con el mojito y la caipiriña, pero el camarero ya está abriendo una botella de Moët Chandon.
– Además -dice Maya, dándome una copa-. Yo también quiero brindar por algo.
– ¿Por qué?
– No, no, tú primero. Por mi gran amiga Hedwig Morgan, periodista.
Yo me tomo toda la copa de un trago, emocionada.
– Muy bien. Ahora, tu noticia.
– He empezado un nuevo libro…
– Qué maravilla. ¿De qué va?
– De uno que intenta envenenar a una anoréxica. Pero no es de misterio porque no muere nadie.