Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
– Es un honor conocerla -le digo, resistiendo el deseo de hacer una reverencia-. Me llamo Vig Morgan.
– Encantada de conocerte, Vig -sonríe Ellis, mirando su reloj-. A ver si empieza pronto. Tengo que ir a otros seis desfiles esta tarde.
– Supongo que tendrá muchísimas cosas que hacer, pero si tiene un rato libre el jueves por la noche, Fashionista patrocina un cóctel para presentar la obra de Gavin Marshall. Es un artista británico que…
– Conozco a Gavin y me sorprendió mucho enterarme de que Fashionista patrocinaba su exposición. Nunca han publicado nada sobre el arte de vanguardia.
De repente, me abruma el deseo de confesárselo todo, pero no lo hago. Por supuesto.
– Esperamos que sea un gran éxito.
– Sí, claro. Bueno, si puedo ir…
Sólo está siendo amable. Ellis Masters es demasiado educada como para rechazar una invitación.
Los admiradores de Marguerite se dispersan y ella se da cuenta entonces de quién es mi compañera de asiento.
– ¡Ellis, cariño! Qué alegría volver a verte.
Ellis no parece compartir la alegría y está claro que soporta el abrazo sólo por educación.
– Hola, Marge.
Marguerite, que no parece notar su frialdad, se pone a hablar sobre los viejos tiempos, sobre París y los amigos con los que ha perdido el contacto. Cinco minutos más tarde, antes de que yo pueda poner en práctica mi táctica de «allí está Damien Hirst», Ellis se pone a hablar con el señor que está a su derecha. Es un actor muy conocido y, aunque no sabe con quién está hablando, reconoce que es alguien importante. Es fundamental tener olfato para eso si quieres estar con la gente guapa.
– Ellis es un cielo. Hace siglos que no la veía -me dice Marguerite-. Siento no haberte presentado, Vig. A veces es una vieja temperamental y hay que tener cuidado con ella.
– ¿De qué la conoces?
– Trabajamos juntas en la revista Parvenu. Fue hace siglos, cuando yo empezaba. Entonces sólo era una redactora. No tenía dinero, no llevaba ropa de diseño… bueno, la llevaba, pero era prestada.
Marguerite pretende seguir recordando el pasado, pero se apagan las luces y suena la música. El desfile va a empezar. Y cuando empiezan a salir los primeros modelos, me pregunto por qué Ellis Masters la ha llamado «cerda vengativa».
Esto no es una relación
Los padres de Alex están en Nueva York.
– Sólo estarán un día, van de camino a Londres -me ha dicho por teléfono para explicar por qué no podía venir al desfile de van Kessel-. Pero están muy cansados y seguro que se meten en la cama a las diez. Si quieres, nos vemos en tu casa más tarde.
Aunque me decepcionó que no quisiera presentármelos, le dije que nos veríamos en casa. Pero no me sorprende que no quiera presentarme a sus padres. Nuestra relación no es ese tipo de relación. Nos vemos regularmente y lo pasamos bien, pero yo no le pregunto sobre la rubia que vive en el piso de arriba y él no me pregunta si salgo con otros hombres.
La respuesta es no, por supuesto. La respuesta es que estoy tan quedada con este ogro encantador que a veces no puedo pensar en otra cosa. Pero he salido con suficientes hombres como para saber que debo mantener las distancias. He estado sola el tiempo suficiente como para ir con tiento.
A las once, Alex aparece en mi apartamento con dos helados Häagen Dasz de chocolate. Me pregunta por el desfile de Pieter van Kessel y no me interrumpe una sola vez mientras le relato el desfile con pelos y señales. Sólo asiente con la cabeza, como apoyándome. La clase de apoyo que una espera de un novio.
Después de tomar el helado, me dice que tiene que volver a casa para sacar a Flecha. Dice que no puede quedarse, pero se queda y, cuando me despierto, a las tres de la mañana, sigue en mi cama.
A la luz de la lamparita veo un lunar en su espalda. Lo acaricio con un dedo y, de repente, medio dormido, Alex me toma en sus brazos. Estoy aprisionada contra la suave piel de su torso y me encanta.
Me quedo despierta durante mucho rato, con la cabeza apoyada sobre su hombro, e intento recordarme a mí misma la verdad: a pesar de cuánto me gusta estar con él, esto no es una relación.
Renovadoramente urbana
Tras el tremendo éxito del desfile, Pieter van Kessel ha decidido recluirse. Charló amablemente con todo aquel que fue a verlo al backstage para felicitarlo por su colección y después desapareció. Nadie ha vuelto a verlo desde entonces, excepto Hans, su socio. Y él no dice nada.
– Sería perfecto para nosotros -me dice por teléfono una mujer, que se ha presentado como Leila Chisholm, del New York Times-. Estamos intentando hablar con alguien de la firma, pero ni siquiera tienen publicista.
Yo recuerdo el sótano que visité hace unos meses, en lo peor del verano. No, no me sorprende que Pieter van Kessel no tenga publicista.
– ¿Quién te ha hablado de mi entrevista?
Sigo sin entender quién le ha dicho al New York Times que yo soy la única que sabe algo del diseñador holandés.
– Ellis Masters. Me ha contado que piensas hacer una serie de artículos sobre él.
– Es una idea que ronda mi cabeza, sí -le digo, como si aquella situación fuera normal para mí.
¡Pero me están llamando del New York Times!
– Nos encantarían.
– ¿Cómo?
No es que no la haya oído, es que quiero que lo repita.
– Que nos encantaría que hicieras esa serie de artículos para el New York Times.
Yo tengo que tragar saliva.
– Muy bien.
Aunque he firmado documentos rechazando adquirir o reclamar derechos de autor sobre los artículos que escribo para Fashionista, no me preocupa el tema. Jane no está interesada en Pieter van Kessel. Puede que el diseñador holandés sea lo más en el mundo de la moda, pero Fashionista no tiene nada que ver con la moda.
– Estupendo. Querríamos publicar la primera entrevista el viernes. Tres mil palabras. ¿Cuándo lo tendrás?
Yo hago un rápido cálculo. Tengo doce páginas con notas que organizar y dos horas de cintas que transcribir.
– ¿Qué tal mañana?
– Por la mañana.
Yo había pensado por la tarde, pero acepto. La pila de trabajo que tengo sobre mi escritorio es aburrida e insustancial. Nada comparado con un artículo para el New York Times. Y no tengo intención de hacer nada hasta que mi entrevista con Pieter van Kessel quede perfecta.
– ¿A las doce?
– De acuerdo. Si me das tu número de fax, te envío el contrato ahora mismo.
No me sé el número de fax de la redacción y tengo que buscarlo en una tarjeta. Después de colgar, me quedo pensando qué hacer. ¿Llamar a mis padres y salir corriendo hacia el fax? Una sensación paranoica de que nunca me pasa nada bueno se apodera de mí y corro hacia el fax. Quiero que sólo mis dedos toquen ese documento. Tarda quince minutos en llegar y está un poco borroso, pero a mí me parece la octava maravilla del mundo.
Antes de llamar a mis padres o hacer una pirueta en el pasillo, asomo la cabeza en el despacho de Marguerite y le pregunto si cree que Fashionista estaría interesada en mi entrevista con Pieter van Kessel.
Ella niega con la cabeza.
– Tal y como están las cosas ahora, no. Si yo fuera la directora…
No termina la frase, pero la intención está clara. Y ha dicho exactamente lo que yo quería oír.
No puedo seguir controlando la alegría y le regalo mi mejor sonrisa.