Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40
Перейти на страницу:

Yo lleno las copas de nuevo y levanto la mía para un nuevo brindis.

– ¡Por la literatura!

– No sé…

– Si yo tengo que sufrir tu brindis, tú tienes que sufrir el mío.

Maya sabe que no debe discutir conmigo cuando estoy ligeramente borracha.

– Muy bien. Por la literatura.

No lo dice con mucha convicción, pero al menos lo dice.

– Bueno, lo importante es que le he enviado los primeros capítulos a un agente literario que es amigo del agente de Gavin en Nueva York. Los ha leído como favor personal y cree que son prometedores.

Cumpliendo con el término de referencia del 15 de agosto, yo no he mencionado la palabra «agente literario» en casi tres meses. Y me alegra ver que otros no han sido tan circunspectos.

– Qué alegría.

– No significa nada, en realidad. Quizá sólo está siendo amable. Además, el resto del libro podría no gustarle -dice Maya.

Tanto pesimismo no es bienvenido en esta fiesta.

– ¡Por un libro prometedor!

Este brindis tiene la mezcla exacta de melancolía y esperanza (la posibilidad de tener éxito, la inevitabilidad de una decepción) que le gusta a Maya y, por eso, levanta alegremente su copa.

Para cuando llega Gavin somos invencibles. Somos invencibles y estamos beodas y convencidas de que todo es posible. Somos como Godzilla y los obstáculos que se ponen en nuestro camino son como las casitas diminutas de los poblados japoneses.

Maya le echa los brazos al cuello y le da un beso que Gavin recibe con una sonrisa tímida. A mí me saluda con la mano.

Como los pobres llevan mucho tiempo sin verse, los dejo solos unos minutos y voy al lavabo para admirar los grifos y para autocompadecerme un poco porque Alex no está aquí.

Cuando lo llamé para darle la buena noticia, pensaba invitarlo a venir, pero algo me detuvo. Un evento tan importante como este se celebra con los amigos íntimos o con tu novio; no con alguien con quien pasas buenos ratos.

Cuando vuelvo, Maya está pagando las copas. Después, nos metemos en un taxi y vamos a cenar a nuestro restaurante favorito. Tomamos crepes de champiñón con besamel, pizza de queso y aceite de oliva y crème brûlée.

Alguien pide una botella de vino y yo acepto seguir brindando, aunque estoy agotada.

La noche termina felizmente con la acostumbrada bronca sobre quién paga la cuenta, que gano yo porque no he bebido tanto como ellos y tengo más reflejos.

Fuera hace fresquito y, antes de tomar un taxi para volver a casa, insisto en acompañarlos al apartamento de Maya. El futuro está a la vuelta de la esquina.

Profecías

Para Christine, el cuarto de baño de su casa es, a la vez, un almacén. Por lo visto, de las paredes cuelgan cestas blancas donde guarda la lejía, el Woolite y todos los demás productos de limpieza.

– Se han caído todas -me dice, entrando en mi despacho-. He tenido esas cestas colgadas en la pared durante dos años y no se han movido nunca. Y ahora, de repente, se me caen las seis, incluso la pequeña, donde guardo la esponja de baño.

Aunque he quitado los papeles de la silla, Christine prefiere permanecer de pie. Prefiere pasear entre montones de revistas tambaleantes. Está muy nerviosa.

– Y luego esta mañana abro la puerta de mi casa… y me ha desaparecido el felpudo.

Me mira, con los ojos enormes y azules, como esperando una respuesta.

– ¿Ha desaparecido?

– Ha desaparecido.

– ¿Alguien te ha robado el felpudo? -pregunto yo, sorprendida.

El felpudo no se roba. Va contra las normas de… la buena vecindad, supongo.

– Pero eso no es todo. Cuando me desperté esta mañana había una ardilla en mi cama. Estaba sobre el edredón, mirándome con sus ojillos rojos -me cuenta Christine, recordando la experiencia con un escalofrío.

No sé qué decir. Estos problemillas me parecen poco importantes, pero Christine los vive con una inexplicable vehemencia. Para llenar el silencio, murmuro algo sobre cerrar las ventanas por la noche.

– ¿No te das cuenta? -exclama, incrédula. Son las diez de la mañana y ya la he decepcionado-. Son señales.

– ¿Señales?

– Señales.

– ¿La ardilla en tu cama era una señal?

Christine levanta los ojos al cielo.

– Como una vaca roja en Israel. Es una señal de que algo terrible va a pasar. ¿Qué necesitas para creerlo, una plaga de langosta?

Pues sí. Necesitaría una plaga de langosta para creer que eso es una señal de la providencia.

– No va a pasar nada malo.

Estoy intentando tratar el tema con la solemnidad que Christine siente que merece, pero me cuesta trabajo no soltar una carcajada.

– No se puede poner un vestido de Dior a Jesucristo sin que ocurra algo de proporciones bíblicas. Hay que ser humilde en la presencia del Señor.

Yo sé poco de la Biblia y menos sobre lo de ser humilde en presencia del Señor, pero reconozco el pánico cuando se pasea por mi despacho.

– No va a pasar nada malo, Christine.

Sarah entra en ese momento con una sonrisa en los labios.

– Hay un piquete.

– ¿Qué?

– Que hay un piquete delante del edificio -repite, sin poder contener su entusiasmo. Eso significa que nuestro plan está funcionando-. Estamos completamente rodeados por un montón de furiosos cristianos que llevan carteles con frases de la Biblia. La policía está intentando desalojarlos… La policía, ¿te lo puedes creer? Esto es mejor de lo que esperábamos.

Christine fulmina a Sarah con la mirada. No entiende por qué está tan contenta.

– Deberían cancelar la exposición de Marshall antes de que lleguen las langostas.

Sarah levanta una ceja.

– ¿Qué langostas?

– Díselo a Jane -sugiero yo-. Es su idea.

Pero Christine no quiere hablar con Jane. Le da miedo.

– ¿No puedes hacerlo tú?

– ¿Yo?

– Jane te escucha -dice Christine.

Ya estamos… otra que piensa que Jane McNeill me respeta. ¿Son ciegas o qué?

– No pienso decirle a Jane que cancele nada. No hay razón para hacerlo.

– Pero te he contado lo de la ardilla y todo lo demás. Son señales, avisos. Y luego está Allison…

Yo me quedo helada ante la mención de la única persona que podría dar al traste con el complot.

– ¿Allison?

Christine mira alrededor.

– Yo creo que habla en lenguas.

Sarah suelta una carcajada, pero yo contengo la risa. Christine lo está diciendo completamente en serio.

– ¿Habla en lenguas?

– Está como loca y murmura todo el tiempo. He intentando entender lo que dice, pero no habla en nuestro idioma.

Aunque estoy segura de que Allison no habla en lenguas, me doy cuenta de que no hay forma de convencer a Christine.

– Mira una cosa… si Allison sigue histérica a las cuatro de la tarde, veremos lo que se puede hacer.

A las cuatro ya será demasiado tarde para cancelar la exposición, pero ella no lo sabe y deja escapar un suspiro de alivio.

– Gracias, Vig.

Yo me encojo de hombros como si no fuera nada… que no lo es. Aunque quisiera hablar con Jane no podría hacerlo. Está en el salón de belleza y no saldrá hasta que esté exfoliada, depilada, masajeada, peinada y pintada como una puerta.

Christine sale del despacho y Sarah y yo nos asomamos a la ventana para ver a la policía intentando controlar a los piquetes. Así es como nos encuentra Delia.

– Cómo mola, ¿eh?

– Voy a bajar a la calle. ¿Venís conmigo? -pregunta Sarah.

Delia y yo declinamos la oferta.

– Parece que las cosas van según lo planeado.

Ella asiente con la cabeza.

– Sí, pero hay una cosita…

A pesar de mi ateísmo, durante una décima de segundo temo que vaya a decirme que hay una plaga de langosta en la Sexta Avenida.

– ¿Una cosita?

– ¿Te acuerdas de Australia?

– ¿Cómo?

– Ya sabes, el continente al que Jane deportó a Marguerite.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)