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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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Gavin está delante de un cartel que anuncia en letras enormes: Galería Karpfinger. Nuestro cartel, con la palabra Fashionista repetida cien veces, está a dos metros, olvidado. Debería colocarse entre los dos, pero se siente rebelde y no tiene ningún interés en colaborar. Cuando me mira, está sonriendo. El muy cerdo.

Jane aparece detrás de mí.

– Vamos. Arregla eso -dice, empujándome. Ojalá fuera tan fácil como cambiar una bombilla-. Vamos, muévete.

Miro alrededor, deseando que Kate o Sarah o incluso Allison estuvieran allí. Era su plan, de modo que esto debería ser su problema. Pero es mi problema y sólo hay una opción: tengo que hacer el ridículo.

Respirando profundamente, paso por detrás de Gavin, pierdo pie y me agarro al cartel de la galería. Los dos nos caemos al suelo, el cartel con más gracia que yo. Anita Smithers llega corriendo para ver si Gavin está bien. No quiere que su cliente quede mal por culpa de una torpe editora.

Jane corre hacia Gavin también. Necesita atención y no es sólo una esponja, es una sanguijuela. Sonríe, coqueteando con los fotógrafos, pero sus conocimientos de arte son una vergüenza. Cita a Rodin como el mejor pintor vivo y Gavin levanta los ojos al cielo.

El hambre de Jane por los focos es tan ardiente que no conoce barreras. Se quedará allí, sobre la tarima, hasta que los de la limpieza se la lleven. Yo no soy de la limpieza y no creo que pudiera con ella, pero me acerco de todas formas, decidida. Ya le hemos robado suficiente a Gavin.

– … y si tuviera que compararlo con algún artista del siglo XX, tendría que decir Seurat. Los dos tienen la misma limpieza de líneas -está diciendo Jane. Repite algo que ha leído en uno de los artículos de Fashionista, por supuesto, aunque Domingo en el parque no es un moderno sofá ni un elegante traje de Calvin Klein.

Aunque le irrita que le robe protagonismo, me inclino para decirle al oído que los manifestantes están esperando que diga algo. Es mentira, pero a Jane le gusta hablar ante una multitud. Hay cientos de personas fuera y, de repente, se ve en las manifestaciones de los años sesenta, a las que no acudió nunca. Se ve como Martin Luther King en los escalones de la estatua de Lincoln. Tiene un sueño.

Gavin me da las gracias con la mirada mientras me voy con Jane hacia la puerta. Los manifestantes gritan sus consignas y hay un hombre bajito y calvo que los dirige con un megáfono.

– ¡Bromas con la religión, no! ¡Bromas con la religión, no! ¡Respetad nuestras imágenes, respetad nuestras creencias, respetadnos!

El hombre hace una pausa para respirar y Jane decide que es su momento. Sube los tres escalones de la tarima, le quita el megáfono y saluda a la multitud:

– ¡Hola a todos! Mi nombre es Jane Carolyn-Ann Whiting McNeill.

Espera que la reconozcan, es lo que espera de todo el mundo, y toma las exclamaciones de la multitud por gestos de admiración.

– ¡Mi nombre es Jane Carolyn-Ann Whiting McNeill! -dice otra vez por el megáfono-. Y soy cristiana.

La multitud muestra a gritos su desaprobación. La habían tomado por uno de los suyos. Creían que iba dar un mensaje apostólico.

– Quiero hablar de arte, de verdadero arte -sigue Jane, repitiendo lo que ha dicho antes sobre Gavin Marshall-. El arte que nos hace llorar y nos hace reír. El arte que nos hace reflexionar. El arte que hace que nos lata el corazón. El arte que nos hace creer que podemos ser mejores.

Los aplausos y los gritos aumentan y ella los disfruta antes de pedir silencio con un gesto imperioso. A Jane se le dan bien las multitudes -el noventa por ciento de su éxito consiste sencillamente en aparecer- y sabe cómo jugar con la gente.

– El arte de verdad es puro. El arte de verdad no quiere ofender a nadie. El arte de verdad no usa trucos. Los trucos son para la gente que no sabe lo que es una artista. Soy Jane Carolyn-Ann Whiting McNeill y soy cristiana -dice por el megáfono, haciendo una pausa dramática.

Los gritos son atronadores y ella respira profundamente para recitar el final de su discurso, pero antes de que pueda decir: «Y esto es arte cristiano, es arte devoto y honesto y un recordatorio para todos nosotros de que no debemos apresurarnos a juzgar. Dorando la imagen es arte de verdad…», la multitud la saca de la tarima. Se la llevan a hombros. La mueven como si fuera un trofeo.

Jane se lo toma todo con una sonrisa, saludando como si fuera el Papa. Siempre ha sabido que algún día la tratarían así, como a Elizabeth Taylor en Cleopatra.

Yo observo la escena, atónita. Lo último que veo es que los manifestantes se la llevan a hombros hacia la calle Canal.

Resurrección

Jane es un éxito. Es una superestrella mediática, el nombre que está en boca de todo el mundo. Su imagen es reproducida en todos los medios de comunicación y cuando enciendes la tele a las ocho de la mañana, la cara de Jane aparece en Buenos días, América, en El programa de hoy y en Esta mañana, de la CBS.

De repente, en doce horas, se ha convertido en un adalid de los derechos humanos y de la libertad de expresión. Cambiando compulsivamente de canal, la veo contar cómo se ganó a los manifestantes, cómo consiguió abrir sus mentes y despertar sus conciencias. No hay nada que apoye tales declaraciones, pero ella las hace de todas formas. Es como Napoleón informando de sus éxitos en Alejandría.

Cambio de canal para no verle la cara, pero es imposible. Está en todas partes: en la CNN, en la NBC, en PBS, en la Fox… Aunque en cada canal lleva un vestido diferente (seda negra para Fox, traje azul marino para la CNN), dice lo mismo en todos y habla incesantemente sobre moderar el debate sobre el arte. Sus respuestas son articuladas y cuando se embarca en una interpretación semiótica (Fashionista y Dorando la imagen exploran las posibilidades del papel de los sexos en el mundo actual. ¿Qué es un vestido? ¿Qué significa llevar un vestido?), yo me vuelvo suspicaz y la examino atentamente. Aunque no puedo ver las cuerdas, sé que hay alguien tirando de ellas. Aún no lo sé, pero Fashionista se está vendiendo como nunca. A las ocho y media no puedes encontrar un ejemplar en todo Nueva York.

Los anunciantes llaman para insertar más anuncios en el próximo número de la revista. Incluso después del numerito de Jane en televisión siguen teniendo sus dudas, pero sus departamentos de marketing aún no han recibido llamadas de furiosas asociaciones religiosas y apoyar la causa de la libertad de expresión no puede hacerle daño a sus productos.

El presidente de la editorial está encantado con la cobertura mediática. Es la primera vez que una revista del grupo recibe tanta atención a nivel nacional e internacional. Para agradecérselo, ha invitado a Jane a cenar esta noche (siempre que no tenga que ir al programa de David Letterman) y el fin de semana que viene lo pasarán juntos en su chalé de Vermont. Añadirá un buen cheque a su paga extra de Navidad e insistirá en que llame al mejor interiorista de Nueva York para redecorar su despacho como corresponde.

El puesto de Jane en Fashionista está más que seguro. Se ha convertido en una diosa de los medios y, aunque sólo durará unos días, la resaca no acabará nunca.

Jane Carolyn-Ann Whiting McNeill es ahora una estrella. Fashionista es el escenario donde ha triunfado y no dejará la revista hasta que los ingleses dejen Gibraltar.

Mi último día de trabajo

Cuando llego a la redacción, Allison me está esperando apoyada en la pared, leyendo pacientemente el New York Times. Aunque no le digo nada, entra detrás de mí en el despacho.

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