Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
Cuando llegamos al portal, el instinto me dice que lo invite a subir. Mi instinto me dice que abra la puerta y me tire encima de él, pero decido ser cauta.
Alex me da un beso. Sus labios son cálidos y enredo los brazos alrededor de su cuello para estar más cerca. Sé que debería apartarme, pero se me olvida lo de que es emocionalmente inalcanzable y se me olvida también ser cauta.
El contragolpe del mayordomo
Jane no contrata a un mayordomo… bueno, sí contrata a un mayordomo, pero no lo llama así. Stickly es importado de Inglaterra como respuesta al factótum de Marguerite y tiene un pedigrí tan grueso como un diccionario. Cuando Jane lo presenta en la redacción -en una reunión especial con tal propósito- nos lee la lista de nobles a los que él y sus ancestros han servido fielmente (Jorge I, Jorge II, Jorge III, Jorge IV, Harold I, Harold II, Elizabeth I). Parece que Stickly ha estado presente en todas las grandes ocasiones: Trafalgar, Culloden, la firma de la Carta Magna… para secar el sudor de la frente de sus señores y ofrecerles una taza de té.
Stickly es un hombre físicamente imponente. Parece un jugador de fútbol americano, con unas manos como palas que esconde bajo guantes blancos y el aire de alguien acostumbrado a vivir en un palacio. Nuestras oficinas del piso veintidós no parecen impresionarlo lo más mínimo. Hacer una reserva en el Judson Grill no es nada comparado con servir a la duquesa de Chesterborough.
Jane le ha dado un despacho sin revistas atrasadas, pero a menudo lo vemos cotilleando con la señorita Beverly en el pasillo.
En este momento también están juntos, en una esquina, mientras Lydia dirige la reunión semanal.
– Allison, ¿tienes la columna que te pedí sobre los escotes?
– Vig se ofreció a hacerla por mí -contesta ella con cara de estar diciendo la verdad, que no es el caso-. Sabe que estoy hasta arriba de trabajo.
Aunque esta es la primera vez que oigo hablar de mi supuesta generosidad, yo asiento con la cabeza.
– Ya casi he terminado, sólo tengo que limpiarla. ¿Cuántas palabras quieres?
Lydia consulta sus notas.
– Sólo trescientas, es una columna pequeña. Y la necesito para esta tarde. Recuerda enfocarla hacia las estrellas de cine -me dice, como si tuviera que recordarme eso. ¿En qué otra cosa enfocamos cada artículo?
Añado esta columna a la lista de cosas que tengo que hacer antes de terminar la jornada y empiezo a sentirme como Cenicienta. Sólo que yo tengo tantas cosas pendientes que necesitaría todo un equipo de hadas madrinas.
Las reuniones semanales, antes una fuente de aburrimiento, ahora me dan miedo. La primera vez que Allison me cargó con su trabajo intenté protestar. Y Jane, siempre buscando la forma de convertirse en líder, me puso como ejemplo de falta de responsabilidad. Lo hizo en voz alta y delante de todo el mundo. Es la clase de humillación a la que solía someterme cuando era su ayudante y la clase de humillación que no debería soportar siendo editora. Pero ya queda poco, me digo.
– Marguerite, ¿cómo va lo de los vestidos de novia?
– La señorita Beverly va a buscar el último esta tarde -contesta ella, mirando a su factótum-. ¿A qué hora lo tendrás?
– En realidad, Stickly se ha ofrecido voluntario para ir a buscarlo -contesta la señorita Beverly-. Es tan amable…
– Gracias, Stickly -sonríe Marguerite.
Él inclina graciosamente la cabeza.
– De nada, señora.
Jane casi mueve las orejas como un perdiguero. No le gusta que su mayordomo incline la cabeza ante Marguerite ni que la llame «señora».
– Stickly no tiene tiempo de hacer recados.
– ¿No, señora?
– No, necesito que reorganices mis archivos.
– Ya lo he hecho, señora.
– Los archivos de contabilidad -improvisa Jane rápidamente, antes de volverse hacia Marguerite con expresión satisfecha-. Lo siento, pero es un trabajo que requiere todo el día.
– No pasa nada -interviene la señorita Beverly-. Puedo ir yo a buscar el vestido. Y si necesitas ayuda con el archivo dímelo, Elton.
Pero este espíritu de camaradería es imposible en Fashionista y tanto Jane como Marguerite intentan cortarlo de raíz. Se desata una agria discusión sobre quién organizará el archivo y espero que Allison se presente voluntaria… para que lo haga yo.
Aunque Stickly y la señorita Beverly observan el intercambio con idénticas expresiones de placidez, estoy segura de que, por dentro, están horrorizados. Horrorizados por los gritos de Jane y por las réplicas mordaces de Marguerite, observan como espectadores en el Coliseo. Los dos juntos son como un episodio de Arriba y Abajo y, a veces, yo me siento como una criadita con cofia.
Más complots
Kate me ha pedido que me reúna con ella en el lavabo. Me envió un e-mail con el emoticón de una cara que guiñaba un ojo y una nota: Te espero a las tres en punto.
Han pasado varias semanas desde la última vez que nos reunimos y las cosas han cambiado. Ahora, Allison me odia. Levanta los ojos al cielo cada vez que me ve y habla mal de mí a mis espaldas. Y en mi cara.
No me apetece estar con ella y menos en un sitio pequeño, por muy beneficiosa que sea esa reunión para el futuro.
Las otras dos conspiradoras están esperando cuando llego. Sarah, sentada en el sofá, se aparta para dejarme sitio. Kate está de pie, al lado del lavabo. Tiene en la mano un montón de papeles, que revisa murmurando para sí misma, como si estuviera memorizando una lección.
Sarah y yo respetamos su intimidad, hablando sobre el affaire Stickly-Beverly.
– Muy bien -dice Kate unos minutos después con tono autoritario.
Un tono nuevo, que me sorprende. Parece diferente. Tiene la espalda recta y la cabeza levantada. A pesar de los zapatos planos de Stuart Weitzman, parece más alta.
– Quedan sólo unas semanas para el evento y tenemos que revisar varios asuntos.
Yo miro alrededor, sorprendida de que la reunión empiece sin un miembro fundamental de la infantería.
– Allison no va a venir -dice Kate entonces.
– ¿No va a venir?
– No va a venir -me confirma Sarah-. La hemos apartado del complot.
– ¿Que la habéis apartado del complot? -repito yo, atónita. Nunca he apartado a nadie de un complot y el concepto se me escapa.
Kate asiente entusiásticamente.
– Sí, está fuera del complot.
Como llevo varias semanas intentando evitar las cuchilladas de Allison, me alegro de que no esté aquí. Me alegra no tener que ver su agria expresión y no tener que oír sus acusaciones de que le he robado el puesto de editora. Aun así, me veo en el deber de protestar:
– Pero si era su plan.
Sarah está observando el bajo de su falda vaquera para no mirarme a los ojos. Tampoco ella parece cómoda con la nueva situación.
– Ya sabemos que era su plan -dice Kate-. Pero está completamente obsesionada por tu ascenso y tenemos que concentrarnos en lo nuestro. Allison no podía concentrarse y por eso la hemos apartado. Estaba haciendo daño a la causa.
Sarah asiente.
– En realidad, se ha apartado ella misma.
– Muy bien. ¿Qué tenemos que revisar?
Kate mira sus papeles y luego a mí.
– Uno: los planes para la fiesta. ¿Cómo van?
– Estupendamente -contesto, aunque no es cierto del todo. Hoy Jane ha comido con Anita para discutir los últimos detalles y sigo esperando que me informe-. He contratado el catering, los músicos y las flores.
Pero Kate no se refería a eso. Las minucias de mi trabajo no le interesan.
– ¿Y los famosos? ¿Has conseguido confirmar la presencia de otros periódicos y revistas de tirada nacional? ¿Has llamado a la televisión?