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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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Gavin toma una revista del suelo y me la pone delante de la cara.

– Me has convertido en el hazmerreír del mundo del arte con esta… con esta basura. Has trivializado todo lo que hago. Has convertido Dorando la imagen en una broma. ¿Tú sabes lo que he trabajado para ganarme el respeto de mis colegas? ¿Tú sabes lo difícil que es para un tío como yo, con un castillo estilo Tudor, que alguien lo tome en serio como artista? A los críticos les encanta hundir a los niños ricos que se atreven a meterse en este mundo. Pero yo no soy un puto niño rico sin nada que hacer. No soy el príncipe Carlos con sus acuarelas. Esto es importante para mí. Esto es lo que hago. No es un circo, no es una chorrada para que tu revista se cague en ella…

Está furioso como nunca, pero no sé cuáles son sus intenciones. Cancelar la exposición sería un gran gesto para castigarme y para mostrar a la directora de Fashionista que no se puede tomar a broma su trabajo… pero seguramente no valdría de nada.

Sin embargo, no puedo arriesgarme. No puedo dejar que la ira de un artista destruya mis oportunidades de hacerme un nombre en el mundo del periodismo.

– Puedes darle a todo el mundo con la puerta en las narices. Tu carrera sobrevivirá, incluso podría venirte bien. Ser un enfant terrible siempre ha sido bueno para el negocio… pero arruinarás mi carrera.

Gavin se pasa una mano por la frente y permanece callado durante largo rato. Maya observa el intercambio en silencio. Le gustaría ayudar, pero no sabe qué hacer. Fashionista no es lo suyo. Ella es sólo una inocente víctima en todo esto, una víctima con una tiara de brillantitos.

– Maldita sea, Vig -Gavin parece cansado.

– Sé que no es justo -sigo yo, intentando darle pena. Pero así, descaradamente-. Sé que no tienes por qué hacerme ningún favor, pero piénsalo. Fashionista no puede hacerte daño. Sólo es una revista tonta con muchas fotografías de colorines. Eso es todo. Somos algo con lo que la gente se distrae mientras se hacen un corte de pelo. No somos algo permanente. No estaremos aquí dentro de cien años, cuando tus esculturas estén en la entrada del Vaticano. Pero puede hacerme mucho daño a mí. Por favor, no lo hagas.

Gavin se rinde. Quizá si no hubiéramos brindado por mi éxito anoche, si no me hubiera besado en la frente a las tres de la mañana, no le importarían nada mis patéticos ruegos. Pero lo ha hecho.

– Muy bien. De acuerdo.

Maya se echa en sus brazos.

– Gracias a Dios que lo habéis solucionado. Y ahora, por favor, ¿alguien va a decirme algo de mi tiara? Me la he puesto para ir a trabajar y nadie ha dicho una sola palabra. Estoy convencida de que es invisible.

Gavin suelta una carcajada y le asegura que ella, y la tiara, son maravillosas. Y luego le pide que le advierta la próxima vez que su mejor amiga quiera reírse de él.

Yo me siento un poco ofendida -al fin y al cabo yo no quería reírme de él- pero agradezco que haya sido tan comprensivo y no digo nada. No está el horno para bollos.

Después de haber evitado el desastre, hago una inspección en la galería para asegurarme de que Fashionista no va a ofender a nadie más. Incluso asomo la cabeza por la puerta para comprobar cómo están los manifestantes, que están estupendamente.

La tarima sigue en su sitio y ellos siguen lanzando gritos contra la exposición. Que Dios los bendiga.

Me acerco a la barra para pedir una copa. Sé que no debería consumir alcohol hasta que empiece el cóctel, pero no puedo resistirlo. Los recientes eventos exigen algo más fuerte que el agua mineral. Requieren vermut, un chorro de ginebra y una aceituna rellena de pimiento.

Después de darle las gracias al camarero, me acerco a Gavin para ver si necesita ayuda.

– No, lo tengo todo controlado -dice tranquilamente, mientras le pone a una escultura un pañuelo en el cuello y unas gafas de sol.

De repente, Jesucristo parece Jane McNeill.

Como no puedo hacer nada más, me siento en el escenario, donde tocará una banda de jazz.

Algo va a pasar. El olor de los hors d'oeuvre -quiches de langosta y canapés de salmón- que llega de la cocina me lo confirma. Vamos a hacer una fiesta.

Suspiro profundamente, tomo otro sorbo de mi martini y espero el próximo desastre.

El calvario

Krystal Karpfinger quiere abrir unos grandes almacenes en Nueva Jersey.

– Empedraríamos las calles para que pareciesen las de Soho. Y pondríamos galerías, un bar, un restaurante de cinco tenedores, Camper, Emporio Armani, el club Monaco, Myoptics, la tienda del Metropolitan… con unas farolas adecuadas y unos andamios, la gente creería que está en el centro de Nueva York. Se ahorrarían impuestos y no tendrían que soportar el túnel Holland. Sería un éxito.

Yo no sé si reír o llorar, pero sonrío amablemente y miro alrededor para ver si encuentro a alguien que me salve de la mujer del dueño de la galería.

Maya está a mi lado, hablando con una tía que va vestida de negro de los pies a la cabeza, pero ella no me sirve. Está demasiado interesada en el relato como para que le importe que yo me muera de aburrimiento e ignora mis gestos como si fuera una completa extraña con un tic en un ojo.

Gavin, a unos metros de mí, tampoco está de humor para echarme un flotador. Está haciendo el papel de simpático anfitrión, pero le encanta verme pisar carbones encendidos.

Soportar a Krystal Karpfinger es casi más horrible que si Gavin hubiera cancelado la exposición.

La mujer del propietario de la galería se lanza al Acto II: cómo descubrir a uno de Nueva Jersey a cien metros. Aterrada, tomo del brazo a una camarera. La mujer intenta apartarme como si yo fuera una mosca, pero me niego a soltarla.

– ¿Ha dicho que la banda se niega a tocar a menos que alguien quite todos los caramelos de menta de la bandeja?

Antes de que la camarera se ponga a gritar, me vuelvo hacia Krystal.

– Tengo que irme. Es una emergencia. Ya sabes lo temperamentales que son los artistas. Pueden ser seres humanos perfectamente capaces, pero a veces se convierten en niños de teta. Lo entiendes, ¿verdad?

Por su expresión, está claro que no entiende nada. Acabo de contarle un rollo y está intentando averiguar de qué hablo, pero yo ya estoy al otro lado de la sala.

Con un refresco y un canapé de langosta en la mano, me escondo en una esquina, al lado de un Jesucristo con un traje divino de Roberto Cavalli.

Es entonces cuando Jane me da un golpecito en el hombro. La sala está llena de gente, pero me ha encontrado enseguida. Qué olfato tiene esta mujer.

– Vig, deberías estar controlando a la prensa…

En ese momento, un hombre la empuja sin querer y Jane me tira la copa de vino blanco sobre el vestido de seda. No me pide disculpas. Está demasiado irritada conmigo como para preocuparse de la factura de la tintorería.

No debería estar tomando un refresco mientras arde París, me dice. Pero lo único que arde aquí es su mala educación.

Afortunadamente, descubrimos que están haciéndole fotografías a Gavin delante del cartel de la galería y eso no puede ser.

Jane sale corriendo, abriéndose paso entre la multitud con los hombros, como un jugador de fútbol y yo me acerco al área de prensa. Están todos en la puerta, haciendo fotografías a los famosos que se abren paso entre la multitud de manifestantes. Esto no es la China del siglo pasado y los manifestantes no son campesinos comunistas, pero da la impresión de que la galería es una misión sitiada. Hay insultos, incluso empujones, pero nosotros intentamos ignorarlos.

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