La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
En su opinión, la cuestión era sencilla: un empresario, un director de banco, un financiero que especula con los ahorros de la gente en operaciones disparatadas, o que se dedica a blanquear dinero negro, o que incumple la normativa de protección del medio ambiente y que hace negocios con empresas tapadera debía ir a la cárcel y punto.
Villamil no tenía en gran estima al cuerpo de policía, en parte debido a su propia experiencia, pero al final de la charla constató para su sorpresa que aquel comisario flaco con pinta de sabueso, cojo y medio descalabrado, empezaba a caerle bien.
XIV
LOCAL EL HERALDO GALLEGO
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¿Quién mató a Patricia Pálmer?
(R. Villamil y L. Márquez)
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El misterio y las incógnitas siguen rodeando la muerte de la joven estudiante de Filosofía Patricia Pálmer, cuyo cuerpo fue hallado sin vida el sábado pasado en la catedral de Santiago de Compostela. Según fuentes policiales, todavía no ha sido localizada el arma homicida, y tampoco se ha detenido a nadie como sospechoso hasta el momento, aunque las indagaciones parecen aproximarse cada vez más al círculo de jóvenes estudiantes que frecuentaba la víctima. La ciudad sigue conmocionada por el suceso y las conjeturas sobre las posibles razones del lugar del asesinato están dando pie a numerosos rumores. Desde la Edad Media los crímenes en sagrado han sido vinculados en la imaginación popular con sectas diabólicas, alimentando así todo tipo de leyendas. El interés que está generando el caso, unido a la juventud de la víctima, ha llevado a que desde diversas instituciones se pida prudencia en el tratamiento informativo de estos hechos. El conselleiro de Cultura se sumó ayer a esta…
El coche de línea avanzaba con su habitual traqueteo entre los bosques de eucaliptos. Márquez ojeaba en El Heraldo la crónica a tres columnas que Villamil y ella firmaban al alimón en las páginas de local. Una simple recapitulación de los hechos sin grandes novedades pero redactado de forma amena, de modo que el lector apenas lo notaba. También había un par de globos sonda, como la referencia a los círculos universitarios y la alusión a los crímenes rituales, que habían sido colocados subliminalmente con toda la intención. La conversación de Villamil con el comisario de policía le había dado al periodista unas cuantas ideas de por dónde podían ir los tiros. De hecho empezaba a considerar que la aparición del cadáver de Patricia en el altar de la catedral podría ser sólo una forma de desviar la atención sobre la verdadera trama. Pero Márquez también tenía su propia opinión sobre lo que había que hacer, sobre todo después de la entrevista que ambos habían mantenido con el cura de Caldas en la rectoral. Si Villamil esperaba que se quedara cruzada de brazos, iba listo.
La imagen del novio de la chica le venía constantemente a la cabeza tal como el párroco lo había descrito: un chico callado que prefería jugar a la canasta mientras ellos arreglaban el mundo. Tampoco se le había olvidado la referencia al galpón donde, según él, la pareja se quedaba a veces a dormir. Por eso se dirigía a Caldas de Reis, adonde el autobús llegaría en menos de veinte minutos después de realizar una parada en el apeadero de Sietecoros.
El temblor de los cristales de la ventanilla contra la tiniebla rayada y oblicua de la lluvia le producía una relativa sensación de suspense, como en la película Recuerda, la favorita de Wilberth Santos. «Lo que más me gusta de Hitchcock es que siempre sitúa un misterio dentro de otro misterio», le había dicho en una ocasión.
Laura se encasquetó los auriculares, cerró los ojos, pulsó la tecla play en el mp3 que llevaba en el bolsillo del chubasquero y se hundió en el asiento mientras su mente viajaba al ritmo de la música hacia una ciudad con tranvías y garitos nocturnos en antiguos almacenes abandonados. Sangue de Beirona.
La única vez que Laura vio llorar al chileno fue en aquel local de mala muerte, el Tongoy. Llorar, lo que se dice llorar, con fuerza y con torpeza. Wilberth no era aficionado a la bronca, pero cuando las cosas venían mal dadas tampoco era de los que salían corriendo. Aguantaba el tipo. A ella le agradaba ese orgullo masculino, aunque llevara todas las de perder, o quizá precisamente por eso. No le gustaban los poetas de lágrima fácil. Wilberth ni siquiera había sido capaz de llorar cuando murió su madre, y eso que entonces apenas era un crío. A lo mejor fue en ese momento cuando se le averió el mecanismo de las lágrimas.
Lo recordaba exactamente así, sangrando por la nariz, el cuello de la chaqueta levantado, caminando a trompicones junto a los tinglados y las grúas del puerto mientras iba dando patadas a las piedras. Ella había salido mejor parada de la pelea pero todavía notaba el brazo agarrotado. Aquel portero de discoteca o lo que fuera la había tenido sujeta por los codos, apretando los dedos como unos alicates de tornero hasta que apareció el individuo del traje de Armani con sus gemelos de oro y le ordenó soltarla. Tenía la desagradable sensación de haber sido empujada a un escenario sin que nadie le explicara antes el papel que debía representar. Y eso francamente no le había hecho ninguna gracia. Por eso seguía a su chico dos pasos por detrás, cabizbaja, en silencio, con el flequillo delante de los ojos, manteniendo la distancia reglamentaria, con un vacío espantoso en el estómago como cuando alguien en quien confías te cuenta sólo de la misa la media.
– ¿Quién coño era ese hombre? -le preguntó al fin a bocajarro.
– Mi padre -respondió él.
Fue entonces cuando Márquez se dio cuenta de que estaba llorando. Y por la forma en que lo hacía, sin poder parar, pensó que lo mejor sería no decir nada. Ni intentar siquiera consolarlo. Se limitó a adelantar un poco el paso y caminar a su lado, rozando apenas su hombro. En silencio.
El autobús realizó su parada en el apeadero con algunos minutos de retraso. Había un cartel publicitario de Telepizza de color rojo que se bamboleaba de un lado a otro con el viento. Márquez se subió la capucha y se dirigió a la rampa que separaba la carretera del camino que llevaba al pueblo. Siempre le había parecido curiosa la dispersión de población que había en el norte, una casa aquí, otra allá, como si la gente no quisiera incordiarse. Cada cual a sus asuntos. Era una de las cosas que le gustaban de los gallegos. No eran gregarios.
Durante el rato que estuvo deambulando por la aldea no se cruzó con un alma, como si recorriera un pueblo fantasma. Sin embargo, salía humo de todas las chimeneas y olía a brasa de leña mojada. Podía sentir las miradas de los ojos que la observaban desde el interior de las casas. Una sensación incómoda. Había un tractor de color rojo junto a un pajar. Al pasar por allí, espantó a unas gallinas que campaban a sus anchas fuera de sus corrales. Los animales batieron las alas y salieron cacareando por detrás de una esquina. No le costó mucho identificar el galpón de la familia Pálmer junto a un hórreo. Estaba bastante apartado, como había dicho el cura, y además era el único que no permanecía unido al cielo por una humareda gris. Se trataba de una construcción reciente, una especie de granero de unos cuarenta metros cuadrados, techado con teja del país, una puerta central pintada de verde y dos ventanas del mismo color a cada lado. Laura acercó la nariz al cristal pero no consiguió distinguir nada en el interior. Era evidente que nadie se había ocupado de la limpieza de la cabaña en bastante tiempo. Intentó abrir la puerta forzando la cerradura con una pequeña navaja, pero desistió con los nudillos destrozados. También probó a levantar la puerta por las bisagras sin ningún éxito. Finalmente se enrolló la bufanda alrededor del puño como un boxeador y le metió un derechazo al cristal con todas sus fuerzas. Funcionó. Después levantó la presilla a través del boquete y abrió la ventana sin dificultad. El interior estaba revestido con tablones de madera. Se trataba de un espacio único ocupado por una mesa de caballete, una cama estrecha y dos estanterías con baldas desmontables, pero estaba demasiado oscuro allí dentro para distinguir nada más. Márquez encontró el interruptor de la luz a un lado de la puerta. A la derecha había una puerta corredera que daba a un baño minúsculo sin ducha, y a la izquierda estaba la cocina con un pequeño fregadero, una despensa y un hornillo de camping gas.