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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Lo siento, cariño -dijo-. No podía… Lo siento, Nan, apenas podía asimilar el hecho de que ella había muerto, y mucho menos decir… mucho menos hacer frente… tener que empezar a aceptar… -Intentó utilizar los recursos interiores que un policía aprendía a desarrollar para soportar lo peor. Su mano derecha, que aún seguía en posesión de la bola roja, la estrujaba espasmódicamente-. Lo siento muchísimo -dijo con voz rota.

Nan Maiden alzó la cabeza. Le miró un momento. Después, su mano temblorosa se cerró en torno al brazo de su marido. Habló a la policía.

– ¿Querrían…? -Sus labios temblaron. No continuó hasta controlar su emoción-. Díganme qué pasó.

Hanken accedió sin entrar en detalles. Explicó dónde y cómo había muerto Nicola Maiden, pero nada más.

– ¿Sufrió? -preguntó Nan cuando Hanken concluyó sus lacónicos comentarios-. Sé que no puede decírmelo con certeza, pero si hay algo que pudiera asegurarnos que al final… lo que sea…

Lynley refirió lo que la forense les había dicho.

Nan reflexionó sobre la información. En el silencio, la respiración de Andy Maiden sonaba fuerte y ronca.

– Quería saberlo porque… -dijo Nan-. ¿Cree usted…? ¿Habría llamado a alguno de nosotros… esperado… o necesitado…? -Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Al oír las preguntas, Lynley se acordó de los antiguos asesinos de los páramos, la monstruosa grabación en cinta que Myra Hindley y su cohorte habían hecho, y la angustia de la madre de la chica asesinada cuando habían pasado la cinta en el juicio y escuchado la voz aterrorizada de su hija, llamando a gritos a su madre cuando la estaban matando. ¿Acaso no existe cierto tipo de información que no debería ser revelado en público porque no se puede soportar en privado?, pensó.

– Los golpes la dejaron inconsciente. No volvió a despertar.

– ¿Y en su cuerpo había otras…? ¿Fue…? ¿Alguien la…?

– No fue torturada -interrumpió Hanken, como si él también necesitase demostrar compasión hacia la madre de la chica asesinada-. No fue violada. Recibiremos un informe completo más adelante, pero de momento parece que los golpes en la cabeza fue lo único que… -hizo una pausa, en busca de la palabra que transmitiera menos dolor- experimentó.

Lynley observó que Nan Maiden apretaba con más fuerza el brazo de su marido.

– Parecía dormida -dijo Maiden-. Pálida. Pero parecía dormida.

– Me gustaría que eso me consolara -dijo Nan-, pero no lo consigue.

Ni nada lo conseguirá, pensó Lynley.

– Andy, tenemos una posible identificación del segundo cadáver. Habrá que investigar más. Creemos que el chico se llamaba Terence Cole. Tenía una dirección de Londres, en Shoreditch. ¿Te suena el nombre?

– ¿No estaba sola?

La mirada que Nan dirigió a su marido informó a la policía de que también le había ocultado aquel dato.

– No estaba sola -dijo Maiden.

Hanken explicó que solo se había encontrado el equipo de acampada de una persona, que más tarde pediría a Maiden que lo identificara como perteneciente a su hija, dentro del recinto de Nine Sisters Henge, junto con el cuerpo de un adolescente que no llevaba ningún equipo.

Maiden relacionó los datos.

– ¿Era de él la moto que encontraron junto al coche?

– Está a nombre de un tal Terence Cole -confirmó Hanken-. Su robo no ha sido denunciado, y hasta el momento nadie la ha reclamado. Está registrada con una dirección de Shoreditch. Un agente se dirige hacia allí en este momento para ver qué averigua, pero creemos que contamos con la identificación correcta. ¿Les resulta familiar el nombre?

Maiden meneó la cabeza.

– Cole. A mí no. ¿Nan?

– No le conozco. Y Nicola… Si hubiera sido amigo suyo, habría hablado de él. Le habría traído aquí para que le conociéramos. Siempre lo hacía. Es… era su costumbre.

A continuación, Andy Maiden hizo la pregunta lógica, producto de sus años como policía.

– ¿Existe alguna posibilidad de que Nick…? -Hizo una pausa, y dio la impresión de que preparaba a su mujer cuando apoyó una mano sobre su muslo-. ¿Es posible que estuviera donde no debía, Tommy?

Miró a Lynley.

– Sería algo a tener en cuenta en cualquier otro caso -admitió Lynley.

– ¿En este no? ¿Por qué?

– Eche un vistazo.

Hanken sacó una copia de la nota manuscrita encontrada en el cadáver de Nicola Maiden.

Los Maiden leyeron las siete palabras: esta puta se ha llevado su merecido, mientras Hanken les decía que el original había sido encontrado en el bolsillo de su hija.

Andy Maiden contempló la nota durante un rato. Cambió la bola roja a su mano izquierda y la estrujó.

– Santo Dios. ¿Nos están diciendo que alguien fue allí para matarla? ¿Que alguien la siguió para asesinarla? ¿Que no se topó con desconocidos? ¿Una estúpida discusión sobre algo, o un asesino psicópata que los mató por puro placer?

– Es dudoso -dijo Hanken-, pero usted conoce el procedimiento tan bien como nosotros.

Lo cual era su forma de decir, pensó Lynley, que como policía Andy Maiden debía saber que se iban a examinar todas las posibilidades relacionadas con el asesinato de su hija.

– Si alguien fue al páramo con el propósito de matar a su hija -dijo-, hemos de preguntarnos por el motivo.

– Pero ella no tenía enemigos -afirmó Nan Maiden-. Ya sé que cualquier madre diría eso, pero en este caso es la verdad. Todo el mundo quería a Nicola. Era ese tipo de persona.

– Por lo visto, no todo el mundo, señora Maiden -dijo Hanken. Y extrajo las copias de las cartas anónimas encontradas en el lugar de los hechos.

Andy Maiden y su esposa las leyeron en silencio y sin expresión. Fue ella la que habló cuando terminaron. La mirada de su marido siguió clavada en las cartas. Ambos estaban sentados absolutamente inmóviles, como estatuas.

– Es imposible -dijo Nan-. Nicola no pudo recibir estas cartas. Se equivocan si piensan lo contrario.

– ¿Por qué?

– Porque nunca las vimos. Y si alguien la hubiera amenazado, ella nos lo habría dicho sin vacilar.

– Pero si no quería preocuparles…

– Créame, por favor. Ella no era así. No pensaba en preocuparnos y todo eso. Solo pensaba en decir la verdad. Si algo hubiera ido mal en su vida, nos lo habría contado. Era así. Hablaba de todo y con total franqueza. -Dirigió una mirada ansiosa a su marido-. ¿Andy?

Con esfuerzo, el hombre apartó la mirada de las cartas. Su rostro se veía más exangüe que nunca.

– El SO10 -dijo Maiden, como si las palabras le pesaran-. Participé en muchos casos a lo largo de los años, y hubo muchos delincuentes encarcelados. Asesinos, camellos, mafiosos. Yo estuve relacionado con ellos.

– ¡Andy! ¡No! -protestó su mujer, que al parecer había comprendido adonde apuntaba-. Esto no tiene nada que ver contigo.

– Alguien en libertad bajo fianza siguió nuestra pista, llegó a conocer nuestros movimientos. -Se volvió hacia ella-. Te das cuenta de que pudo pasar así, ¿verdad? Alguien que deseaba vengarse, Nancy, y que se cebó en Nick porque sabía que hacer daño a mi hija era matarme poco a poco… sentenciarme a una muerte en vida…

– Es una posibilidad a tener en cuenta -dijo Lynley-. Porque, si como usted dice, su hija no tenía enemigos, solo nos queda una pregunta: ¿quién los tenía? Andy, si detuviste a alguien que ha salido en libertad bajo fianza. Necesitaremos el nombre.

– Hubo muchos.

– El Yard puede desenterrar tus antiguos expedientes en Londres, pero si nos proporcionas algún indicio será de gran ayuda. Si hay algún caso que destaca en tu memoria, podrías reducir nuestro trabajo a la mitad.

– Tengo mis diarios.

– ¿Diarios? -preguntó Hanken.

– En un tiempo pensé… -Maiden meneó la cabeza, como si se mofara de sus pretensiones-. Pensé en escribir después de jubilarme. Mis memorias. Ya saben, el ego. Pero apareció el hotel, y nunca lo hice. No obstante, conservo los diarios. Si les echo un vistazo quizá un nombre… una cara…

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