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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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– ¿Quiere decir que alguien trató de matarme?

– Es una posibilidad -admitió Kelly-. También pudo ser un mero accidente y el conductor del otro coche decidió huir sin ayudarla, aunque esta posibilidad parece poco probable dado que alguien entró en su habitación de hospital hace unos días y le inyectó insulina. Estamos tratando lo ocurrido como un intento de homicidio.

Randi miró a sus hermanos.

– Decidme que esta mujer está exagerando.

– Me temo que no -replicó Matt.

– Oh, Dios…

Randi perdió por completo la compostura y se desmoronó sobre su almohada.

– Yo… no me acuerdo de nada… De hecho, no recuerdo mucho -admitió-. Es decir, os conozco a todos y sé que estoy en un hospital. Sé que soy escritora y que normalmente vivo en Seattle, pero… todo lo demás está completamente borroso…

Thorne tensó los hombros.

– ¿Y qué me dices del padre de tu hijo? -preguntó él. La habitación quedó inmediatamente sumida en un completo silencio-. ¿Quién es el padre de J.R.?

Randi tragó saliva y palideció. Se miró las manos. Sobre una de ellas aún llevaba puesta la vía. No llevaba alianza alguna.

– El padre de mi hijo… -susurró. Se mordió el labio-. Yo… no me acuerdo… es decir… maldita sea… -añadió. Parpadeó rápidamente, como si estuviera tratando de contener las lágrimas.

– Ya basta -dijo Nicole-. Necesita descansar.

– ¡No! -insistió Randi-. ¿Tienes hijos? -le preguntó a la que muy pronto iba a ser su cuñada.

– Sí. Tengo dos hijas.

– En ese caso, creo que me comprenderás. Quiero ver a mi hijo. Y, en cuanto a usted -añadió, mirando a Kelly-, la ayudaré en todo lo que pueda, pero en estos momentos no recuerdo nada. Tal vez el hecho de ver a mi hijo me ayude a recuperar la memoria.

– Yo me encargaré de eso -dijo Matt, a pesar de que conocía a su hermana y no estaba del todo seguro de que ella no estuviera mintiendo para conseguir salirse con la suya.

– Un momento.

Nicole había dado un paso al frente. Educada, pero firmemente, le recordó:

– Por supuesto que traeremos a J.R. En cuanto sea posible.

Matt miró a su hermana, que seguía tumbada sobre la cama.

– Te prometo que yo me encargaré de ello -le dijo. Lo decía en serio. Al diablo con el procedimiento médico y hospitalario y la investigación policial. En aquellos momentos, lo único que importaba era que J.R. pudiera descansar por fin en los ansiosos brazos de su madre.

– Más o menos eso es todo -concluyó Kelly, tras contarle a Espinoza todo lo que ocurrido a última hora del día. Él también había estado en el hospital, pero el personal médico no le había permitido ver a Randi. Por lo tanto, escuchó atentamente todo lo que Kelly tenía que contarle sobre su viaje a Seattle y su breve conversación con Randi McCafferty.

– ¿Crees que está amnésica?

– No lo sé -respondió ella-. Evidentemente, se acordaba de sus hermanos, de su trabajo, de la ciudad en la que trabajaba, pero del accidente nada. Cualquier referencia al hecho de que alguien pudo intentar matarla le quitaba las ganas de hablar, pero estaba más que decidida a ver a su hijo. Hasta que J.R. y ella se reúnan, no creo que podamos sacarle mucho. Ni siquiera el nombre del padre de su hijo.

– Qué raro -comentó Espinoza.

– En realidad, no. Creo que el instinto materno es el más fuerte del planeta.

Espinoza la miró como si fuera a preguntarle que cómo lo sabía ella, pero no lo hizo. Estuvieron charlando un rato más. Entonces, él le preguntó cómo se había enterado de que Randi se había despertado. Le explicó que él había llamado a la habitación de su hotel, pero que nadie había contestado. Kelly tuvo que admitir que se había enterado a través de Matt McCafferty, con quien se había encontrado en Seattle. Espinoza hizo un gesto de extrañeza, como invitándola a que se explicara, pero Kelly evitó hacerlo. Aún estaba tratando de ordenar sus sentimientos en aquel tema. No quería consejos ni paternales ni fraternales de nadie, y mucho menos de su jefe.

– Algunas personas siguen pensando que uno o tal vez todos los McCafferty deberían ser sospechosos.

– ¿Por qué?

– Por el hecho de que la hermana heredara la mitad del rancho, para empezar. Evidentemente, era la favorita del viejo. Si ella quedaba fuera de combate, el niño heredaría todo y, dado que no hay padre conocido, los hermanos de Randi serían nombrados tutores del pequeño.

– Creo que te dije que pensaba que esa teoría resulta descabellada.

– Simplemente te lo recuerdo.

– Bien. Pues ya está -le espetó Kelly. Entonces, notó la censura en los ojos de Espinoza. La había estado poniendo a prueba y ella había mordido el cebo sin pensárselo.

Irritada con Espinoza, con su trabajo, consigo misma y con la vida en general, Kelly se marchó del despacho de su jefe. Fue a por una taza de café y se dirigió a su despacho, donde empezó a redactar informes, a devolver llamadas y, en general, a ponerse al día. Trabajó durante su hora de almorzar y luego se pasó la tarde repasando el caso McCafferty. Había algo de lo que Espinoza había hecho que la había empujado a repasar sus notas. El motivo. Eso era lo que necesitaban. Aparte de sus hermanos, ¿quién se beneficiaría de la muerte de Randi? ¿Estaba alguien tratando de quedarse con su trabajo? ¿El padre de J.R., fuera quien fuera? ¿Alguien con una rencilla del pasado hacia la familia, como su propia madre?

Efectivamente, John Randall se había forjado muchos enemigos a lo largo de su vida, pero ya estaba muerto. Ciertamente, nadie buscaría venganza contra su progenie. ¿Y Randi? ¿Había ofendido a alguien en sus columnas, provocando sin saberlo una respuesta homicida en alguien que le había escrito para buscar consejo? ¿Y el libro? ¿Sabía alguien que estaba escribiendo sobre el rodeo y la corrupción? Si era así, ¿de quién se trataba?

Con más preguntas que respuestas, se dio finalmente por vencida y se estiró. Apagó el ordenador y se levantó de su silla. Se puso su chaquetón y se marchó de la comisaría.

Hacía casi diez grados bajo cero, sin contar con la sensación de frío que producía el viento. Había empezado de nuevo a nevar y bailaba delante de los faros del coche y se le pegaba al parabrisas.

Ajustó la calefacción y encendió la radio. Un locutor le recordó que Randi McCafferty había salido del coma.

Llegó a su casa a las siete. Subió las escaleras, se quitó la ropa y se dio una larga ducha. Acababa de abrir una lata de sopa cuando el teléfono comenzó a sonar. El corazón se le sobresaltó al pensar que podía ser Matt. Cuando respondió, se sintió algo desilusionada al comprobar que era su hermana.

– Ya iba siendo hora de que llegaras a casa -la regañó Karla.

Kelly tiró del cordón del teléfono para poder remover la sopa mientras se calentaba.

– Trabajo para ganarme la vida.

– Y yo también.

– Mira, no estoy para bromas. Estoy de muy mal humor.

– Vaya… Yo creía que estarías contentísima de que Randi McCafferty se hubiera despertado.

– Veo que ya te has enterado.

– Todo el mundo se ha enterado. Me pregunto qué es lo que ha dicho.

– No mucho… Además, ya sabes que no puedo hablar de mis casos contigo.

– Sí, pero he oído en el Pub'n'Grub que Randi no le ha dicho a nadie quién es el padre de su hijo.

– No deberías escuchar los rumores.

– Ah, claro. Da la casualidad de que trabajo en un salón de belleza, Kelly.

– En ese caso, ya lo deberías saber todo.

– Muy graciosa. Además, he oído las noticias de mediodía. Sugerían que había más información, e incluso una entrevista con Randi en el telediario de la noche.

Kelly apoyó un hombro contra la pared de la cocina y miró por la ventana.

– Tendrán que romper una barricada de hermanastros y de la seguridad del hospital para conseguir llegar hasta ella. Y de ser así, no creo que ella tuviera mucho que decir.

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