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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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– ¿A qué te refieres?

– Mira, ya te he dicho mucho más de lo que debería -replicó Kelly-. ¿Cómo están mis sobrinos favoritos? -preguntó, esperando cambiar de tema.

– En un buen lío -respondió Karla-. Aaron encontró unos tubos de tinte para el cabello en casa y Spencer decidió darle al conejo un nuevo color de pelo. Trató de teñirle el pelaje a Honey de color rojo… Deberías ver al pobrecito animal. Está lleno de manchurrones rojos. Este año no vamos a teñir huevos de Pascua. Nosotros teñimos conejos para el día de Acción de Gracias.

– ¿Y Honey está bien?

– Sí. Sólo le da vergüenza que lo vean. A lo mejor voy a tener que llevarlo a uno de esos psiquiatras de animales, porque parece que está completamente traumatizado -respondió Karla. Kelly se echó a reír-. Supongo que debería considerarme afortunada de que no se le ocurriera hacerle una permanente. Piensa en lo que habría salido de ahí… En realidad, no tiene ninguna gracia. Le podrían haber echado tinte en los ojos y entonces, imagínate. Bueno, dejemos este tema. Háblame de tu vida amorosa.

– ¿Cómo? -preguntó Kelly. La pregunta de su hermana le había sorprendido por completo.

– Ayer estabas en Seattle, ¿no? Matt McCafferty también. De eso me enteré en la cafetería. Supongo que no se trata de ninguna coincidencia.

– Estás cotilleando otra vez.

– Y tú estás evitando la pregunta.

– ¿Desde cuándo es mi vida amorosa asunto tuyo?

Se produjo una pausa. Entonces, la voz de Karla resonó sin el humor que la había acompañado hasta entonces.

– Desde que te enamoraste de ese hijo de perra de Matt McCafferty.

El día de Acción de Gracias fue una pesadilla. Aunque Kelly disfrutaba estando con su familia, se sentía distante, apartada en cierto modo de la festividad. Su madre y su padre se tenían el uno al otro, Karla tenía a sus hijos y, aunque Kelly formaba parte de todo aquello, se sentía muy sola.

Por Matt.

Una parte de ella deseaba compartir aquella festividad con él. Había encargado un pastel de manzana y otro de calabaza de la panadería local y se había pasado toda la mañana ayudando a su madre a rellenar el pavo y a preparar las batatas, pero le faltaba algo.

La familia había rezado junta y su padre había trinchado el pavo, pero, por primera vez en su vida, Kelly se sentía como si debiera estar en otro lugar, lo que era una completa estupidez.

– Sé que algo te preocupa -le dijo su madre mientras cargaban el lavavajillas. Karla estaba limpiando la mesa y no pudo evitar escuchar la conversación dado que sus hijos estaban con su abuelo preparando las listas de regalos de Navidad.

– Estoy bien -replicó Kelly.

– ¿Se trata del caso?

Karla lanzó un bufido.

– No exactamente -dijo.

– ¿Qué diablos significa eso? -preguntó Eva muy preocupada-. ¿Kelly?

– No es nada, mamá.

– Kelly está enamorada, mamá -anunció Karla.

– ¿De verdad? -preguntó Eva. La preocupación desapareció de su rostro y sonrió. Aquélla era la noticia que llevaba años esperando.

Kelly le lanzó a su hermana una mirada de advertencia.

– ¿Y quién es el afortunado? -quiso saber Eva.

– Karla no debería haber dicho eso. No es cierto que esté enamorada -mintió Kelly.

– Pero estás saliendo con alguien. ¿De quién se trata?

Kelly cuadró los hombros.

– No es nada serio, de verdad… -susurró. Sentía deseos de estrangular a su hermana. Si las miradas pudieran matar, Karla ya estaría enterrada con dos metros de tierra encima.

– Yo no…

La voz y la sonrisa de Eva se desvanecieron al ver que su esposo entraba en la cocina.

– ¿Qué ocurre? -preguntó él-. ¿De qué estáis hablando? ¿Kelly tiene novio?

Kelly lanzó una maldición en silencio.

– No es un novio. Simplemente he estado viendo a Matt McCafferty. Por el caso.

Nadie dijo ni una sola palabra. Sólo se escuchaba el sonido de la televisión del salón. Karla hizo un gesto de arrepentimiento, como si por fin hubiera comprendido el verdadero alcance de su desliz.

– No debería haber dicho nada.

– No. No. Me alegro de que lo hayas hecho -dijo Ronald. Su rostro estaba completamente congestionado, mientras que el de su esposa había palidecido hasta el punto de que tuvo que apoyarse sobre la encimera para no caerse-. Ya sabes, Kelly, que tu madre y yo sólo queremos lo mejor para ti y… y no me puedo imaginar por qué estás… estás…

– Calla, Ron. Kelly es lo suficientemente mayor para tomar sus propias decisiones -afirmó la madre. Aquel apoyo acompañado del gesto de contrariedad del rostro de su padre le dolió a Kelly hasta lo más hondo. Quería disculparse, pero no veía muy bien por qué debía hacerlo.

Ron cerró la boca y regresó al salón en su silla de ruedas.

– Feliz día de Acción de Gracias -musitó Karla en voz baja-. Debería haber mantenido mi bocaza cerrada.

Kelly no le dijo nada a Karla. Se limitó a comentar:

– Por lo menos, ya no hay nada que ocultar.

El resto de la velada transcurrió en tensión. La conversación se centró en Aaron y en Spencer. Kelly se moría de ganas por marcharse. Se sentía inquieta, agobiada y, por primera vez en su vida, indecisa sobre su futuro.

Desde que era una niña, siempre había pensado que quería ser policía y jamás había dejado que nadie la convenciera de lo contrario. Ningún hombre había conseguido apartarla de su objetivo, pero jamás había estado tan cerca de ningún hombre como de Matt McCafferty. Regresó a casa casi sin fijarse en los semáforos ni en las señales de tráfico. Cuando llegó a su casa, abrió la puerta del garaje con el mando a distancia.

De algún modo, tendría que decidir qué iba a hacer con el resto de su vida. Peor aún. Tendría que decidir si Matt McCafferty iba a formar parte de ella. ¿Cómo iba a ser eso posible? Su hogar, su amor, era su rancho. Ella no podía pedirle que lo dejara sólo porque la vida de ella estuviera en Grand Hope. La situación era imposible.

Salió del coche y subió las escaleras que llevaban a la planta principal de la casa. Allí, se quitó su chaquetón y lo dejó sobre el sofá. Entonces, vio que había una luz roja parpadeando en su contestador. Se quitó las botas y apretó el botón. Entonces, escuchó la voz de Matt. El corazón le dio un vuelco.

– Hola, soy Matt. Había pensado que tal vez te gustaría unirte a mí y a mi familia para la cena del día de Acción de Gracias -decía. Kelly sintió que el alma se le caía a los pies. Consultó el reloj. Eran más de las nueve. Demasiado tarde-. La vamos a celebrar dentro de unos días, no se cuándo, pero será cuando le den el alta a Randi. Simplemente no tenía sentido hacerlo todo dos veces. Bueno, ya te lo diré cuando elijamos un día y… bueno… ya hablaremos.

La cinta se paró y rebobinó automáticamente.

Kelly volvió a escuchar el mensaje. Matt la estaba invitando a una celebración familiar.

– Qué fuerte… -murmuró.

Se miró en el espejo y vio que tenía un brillo de esperanza en los ojos. Además, el rubor que le cubría las mejillas no se podía atribuir exclusivamente al frío que hacía en la calle.

– Oh, Dillinger… te ha dado fuerte… muy fuerte…

Tendría que blindar su corazón. Pasara lo que pasara, Matt terminaría marchándose. Estaba atado a un rancho que estaba a cientos de kilómetros al oeste de Grand Hope, el lugar donde ella vivía. No había futuro para ellos. Ninguno.

Lo que habían compartido había sido muy agradable, pero no significaba nada en términos de compromiso. Él era un vaquero que llevaba una vida solitaria en su rancho. Ella era policía, una dedicada detective al servicio de la ley cuyos vínculos estaban en Grand Hope. Pensó en sus padres, en Karla y en los niños. Allí estaba su familia.

Se miró la mano izquierda, en la que no llevaba anillo de ninguna clase. ¿De verdad albergaba la esperanza de poder casarse algún día con Matt McCafferty sólo porque se habían acostado juntos?

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