Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Sabía muy bien la respuesta.
Cuadró los hombros y se apartó el cabello del rostro. Se dijo que no importaba. Durante el momento, disfrutaría de la sensación de sentirse enamorada, aunque sabía que no sería para el resto de su vida.
Y que esa sensación podría ser sólo por su parte.
Después de todo, ¿qué era lo peor que le podía ocurrir?
Once
Matt puso heno en el establo de Diablo Rojo. El potro lo miró con cautela.
– Sigues sin confiar en mí, ¿verdad?
El potrillo bufó y comenzó a patear la paja.
– Pues ya somos dos. Yo tampoco confío en ti.
Diablo levantó la cabeza y la sacudió con gran estrépito, poniendo nervioso al bayo que había en el establo de al lado.
– Mira lo que has hecho -gruñó Matt, pero Diablo, tan testarudo como siempre, no pareció sentirse intimidado. Como siempre. Tal vez por eso Matt sentía un fuerte vínculo con la bestia.
Terminó de dar de comer a los animales y salió del establo. Era muy temprano. Aún no había amanecido y la luz proporcionaba una luz fantasmagórica que creaba sombras sobre la nieve.
Matt recorrió el mismo sendero hasta llegar al porche trasero. Allí, se quitó la nieve de las botas y entró en la casa. No había nadie despierto. Él se había levantado después de una noche inquieta y sin descanso. Cuando se quedaba dormido, soñaba con Kelly, y cuando estaba despierto, no hacía más que recordar los momentos en los que los dos estaban haciendo el amor una y otra vez. Veía la blanca piel, los rosados y erguidos pezones, el hermoso cabello rojizo… por eso, se había levantado. Tras entretenerse lo suficiente para vestirse y poner la cafetera, se había marchado a los establos para tratar de olvidarse de la imagen de Kelly trabajando.
No lo había conseguido. Cada vez que echaba comida o heno en los establos, pensaba en ella y en el hecho de que, tanto si lo quería como si no, se estaba enamorando de ella.
Apretó los dientes al darse cuenta. Se sirvió una taza de café, que se tomó sentado junto a la ventana mientras se preguntaba qué iba a hacer al respecto. Siempre había pensado que algún día se casaría. Algún día. Cuando llegara el momento. Se imaginó que encontraría una buena chica, guapa, inteligente y no tan testaruda como ella. Ni tampoco policía. Nunca.
Sobre todo, no una mujer que estuviera tan unida a Grand Hope como lo estaba Kelly. Toda su familia vivía allí. Kelly jamás abandonaría aquel lugar para marcharse a un remoto rancho en las colinas. Además, había mala sangre entre las dos familias.
Demasiado equipaje.
Demasiada agua bajo el puente.
Demasiado… demasiado de todo.
No podía implicarse con ella más de lo que ya estaba. No quería una relación amorosa en la distancia y suponía que ella tampoco. No. Kelly era la mujer equivocada para él. No había nada más que considerar.
Sin embargo, en aquellos momentos, aun cuando estaba tratando de convencerse de que no debía enamorarse de ella, el pulso se le aceleraba y se le tensaba la entrepierna. Demonios. Parecía un adolescente. No se había sentido así desde hacía años. Tal vez nunca se había sentido así.
Nunca antes, en sus treinta y siete años, había invitado a una mujer a compartir con él una celebración familiar. Siempre había decidido que la mujer lo consideraría una señal de compromiso. Tampoco había aceptado ninguna invitación similar. Sin embargo, a pesar de los problemas que existían entre los McCafferty y los Dillinger, él estaba dispuesto a dar ese paso. Sí. Efectivamente, aquella vez era diferente.
Dio un trago de café y se obligó a pensar en otros asuntos. Randi iba a regresar a casa aquella misma mañana e iba a conocer a su hijo por primera vez. Tendría que concentrarse en esa reunión. Algunos de los médicos del hospital no se sentían muy contentos por el hecho de que se le fuera a dar el alta, pero Randi se había mostrado inflexible. Dado que Nicole vivía en el rancho, le costó mucho menos obtener el alta. La habitación de invitados que había en la planta principal se había transformado en un dormitorio para Randi. Aquella misma mañana, iban a llevar una cama de hospital a la casa antes de que ella llegara.
Sólo cabía esperar que Randi estuviera a salvo y que mejorara. Al menos, estar cerca de su hijo le daría paz mental e incluso podría ser que la ayudara a recuperar la memoria… si Randi estaba diciendo la verdad sobre su amnesia. Matt no estaba tan seguro. Randi había sido la hija favorita de John Randall, la única que había concebido con su segunda esposa y, además, la única chica. Aunque de niña había sido muy masculina, probablemente por el hecho de que vivía con tres hermanos, también había sido tratada como si fuera una princesa. De hecho, su padre se refería a ella con frecuencia con este apelativo. Había crecido pensando que podía hacer todo lo que quisiera y que todo el mundo la trataría con la misma consideración y la misma adoración que su padre.
Se había equivocado. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido entre ella y el padre de su hijo, no podía haber sido bueno. Ese era el problema con las relaciones. Incluso con las mejores intenciones, normalmente terminaban mal. Su padre se había casado en dos ocasiones y se había divorciado otras tantas.
La luz de unos faros se reflejó en la pared del establo, anunciando la llegada de Juanita. A los pocos minutos, el ama de llaves entró a toda prisa en la casa temblando de frío.
– Te has levantado muy temprano -comentó al verlo en la cocina. Se sirvió también una taza de café.
– Hoy es un día muy importante.
– Sí. La señorita Randi regresa a casa -dijo ella, con una sonrisa en los labios.
– Ese es el plan. Supongo que es mejor que empiece a sacar muebles de la habitación de invitados para dejar sitio al resto de las cosas.
– Entonces, cuando esté en casa, podremos tener la boda -susurró la mujer, con los ojos brillantes de alegría-, ¿verdad?
– Sí. Claro que sí.
– Tal vez tú serás el siguiente.
– ¿Para qué? ¿Para casarme? No lo creo -respondió, tal y como hacía siempre cuando alguien sacaba a colación el tema del matrimonio.
Juanita no respondió. Se limitó a colgar su abrigo, pero a Matt no se le pasó por alto la sonrisa que se dibujó en los labios de la mujer. Parecía que, en opinión de Juanita, Matt estaba también a un paso del altar. ¿Tan evidente era?
Pensó en Kelly. Dios, la deseaba tanto… Sin embargo, no podía imaginarse que ella quisiera ser la esposa de un ranchero ni irse a vivir tan lejos. Por décima vez, concluyó que aquello no progresaría.
Al oír que el bebé comenzaba a llorar, se dirigió a la habitación de J.R.
– Eh, campeón -le dijo Matt. Lo tomó en brazos y se lo colocó sobre el hombro-. ¿Qué te pasa? ¿Tienes hambre?
Mientras el bebé lo miraba, Matt lo colocó sobre el cambiador y, con más destreza de la que hubiera creído posible, le cambió el pañal. Cuando terminó, se lo llevó a la cocina, donde Juanita ya le estaba preparando su biberón. Cuando estuvo terminado, Matt se lo llevó al salón y allí se sentó sobre la vieja mecedora al lado del fuego de la chimenea.
Con ojillos brillantes, J.R. se tomó ávidamente su biberón mientras Matt lo miraba lleno de asombro.
– Mamá va a venir a casa hoy mismo -susurró-. Y ya verás. En cuanto te vea, se va a deshacer. Tú y yo vamos a tener que cuidar de ella, ¿sabes?
Se reclinó en la mecedora y, sin poder evitarlo, pensó en Kelly. Se imaginó un bebé, tal vez una niña, con brillante cabello rojo y enormes y curiosos ojos pardos.
Sorprendentemente, aquel pensamiento no le asustó. En realidad, le resultó de lo más seductor.
– Escuche, les he contado a usted y a Roberto Espinoza todo lo que recuerdo -insistió Randi. Estaba semitumbada en la cama del hospital, pero ya no llevaba una vía. Iba vestida con un chándal, se había pintado los labios y tenía una actitud arrogante. Atravesó a Kelly con la mirada-. Me marcho a mi casa y voy a conocer a mi hijo por primera vez. Mañana, mi familia va a celebrar el día de Acción de Gracias con algo de retraso y, en estos momentos, me gustaría olvidarme de todo lo que ha ocurrido, ¿de acuerdo? Sé que usted sólo está intentando realizar su trabajo, pero le ruego que me deje respirar.