Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
– ¿Qué te parece ahora mismo?
– ¿Por qué?
– Se trata de Randi. No está cooperando.
– ¿Y eso qué significa?
– No parece estar tomándose en serio los ataques que sufrió. Se niega a tener guardaespaldas y no hace más que contestar de mala manera. Afirma que todos estamos paranoicos y que todo está igual que antes.
– ¿Por qué?
– No lo sé… Se me ha ocurrido que tal vez tú puedas instilarle un poco de sentido común. En el hospital, pareció que te escuchaba.
– No mucho.
– Siempre ha sido muy testaruda, pero tal vez una mujer pueda convencerla. Nicole sigue en el hospital y Jenny se está ocupando de las gemelas y, además, es muy joven… ¿Qué te parece?
– Dame diez minutos. Te seguiré.
– Bien.
Matt se dirigió a la puerta. De repente, sin saber qué se apoderó de ella, Kelly lo agarró del brazo. Le hizo darse la vuelta y, tras ponerse de puntillas, le dio un beso en los labios. Matt la abrazó inmediatamente. Por suerte, había echado las persianas de su despacho para poder trabajar en paz aquella tarde.
– Estás buscándote problemas -le advirtió él mientras la besaba de nuevo.
– ¿Y quién me los va a dar? -replicó Kelly tras echarse un poco hacia atrás-. Además, sólo te estaba dando un poco de tu propia medicina.
Para su sorpresa, Matt se echó a reír.
– No pierdas ese pensamiento -dijo, antes de tocarse levemente el sombrero y abrir la puerta-. Te veré en el rancho.
«Así será, vaquero».
Kelly agarró el teléfono y buscó entre sus notas el número de Kurt Striker. Necesitaba ponerse en contacto con él para comprobar si tenía nueva información. Llamó a su motel y esperó. Al ver que él no contestaba, dejó un mensaje en el contestador.
Decidió que volvería a llamarlo más tarde. Colgó el teléfono y tomó su chaquetón y sus guantes. Mientras salía de su despacho, se encontró con Roberto Espinoza.
– No me lo digas. Vas de camino al Flying M, ¿verdad? -comentó él, muy serio.
– Hoy han dado el alta a Randi McCafferty y ahora ha decidido no cooperar ni con los médicos, ni con sus hermanos ni con nadie.
– Y el guaperas pensó que tú podrías instilarle a su hermanita un poco de sentido común, ¿no?
– Tengo que volver a interrogarla -dijo Kelly tensándose.
Espinoza parecía furioso.
– Mientras se trate de una visita profesional…
– ¿Y qué si no lo es? -replicó ella. ¿Quién diablos se creía Espinoza que era?-. Te recuerdo que soy una profesional, Bob.
– Lo sé, pero es que…
Fuera lo que fuera lo que estaba pensando el detective, no lo dijo. Frunció el ceño, se quitó el sombrero y se mesó el cabello con las manos.
– Supongo que es tu funeral.
– Lo recordaré.
Kelly trató de contenerse. Estallar en aquel momento sólo conseguiría empeorar las cosas. Durante el momento, tenía que mantener la compostura, reunirse con Randi McCafferty y tratar de decidir cuánto era lo que no recordaba. A Kelly le daba la sensación de que Randi sabía mucho más de lo que decía.
Kelly debía averiguar si era así y, pasara lo que pasara, iba a hacerlo.
Doce
– Ya te he dicho que no recuerdo nada -insistió Randi, pero Kelly no se lo creía.
Estaba acostada sobre la cama del hospital, con el niño en brazos. Kelly estaba segura de que Randi no le estaba contando más que mentiras y no se le daba demasiado bien. Además, no le interesaba nada más que su hijo. Mientras lo tuviera en brazos, no parecía importarle que alguien estuviera tratando de matarla. Probablemente no se habría dado ni cuenta aunque el mundo hubiera dejado de girar.
Kelly estaba de pie cerca de la cama y Matt en la puerta, apoyado contra el umbral. Le dedicó a Kelly una mirada que contenía un gesto de «ya te lo había dicho».
– Me pediste que viniera y me prometiste que me responderías algunas preguntas -le recordó a Randi.
– Lo haré, cuando J.R., y que conste que ése no es su nombre, se acueste. No me mires como si estuviera loca, ¿de acuerdo? Muchas personas se marchan a sus casas después de dar a luz sin que el bebé tenga nombre… Bueno, de acuerdo, no muchas -corrigió al ver la mirada que le dedicaba Matt-, pero sí algunas. Quiero el nombre adecuado para mi hijo, así que no me incordiéis. Podéis llamarlo J.R. si queréis, pero en cuanto se me ocurra el nombre perfecto, se lo vamos a cambiar.
– Podría ser demasiado tarde -comentó Matt.
– Nunca. He hablado de esto en alguna ocasión en mis artículos -replicó ella-. El valor de un nombre y todo esto.
– ¿Es que no habías escogido ninguno?
– Sí. Sara, pero, de algún modo, no me parece que le vaya a ir bien a mi hijo. Oh…
Randi sonrió al ver que Juanita entraba en la habitación con un biberón caliente para el niño.
– Gracias, Juanita. Eres un amor.
El ama de llaves se sonrojó. Randi tomó el biberón, se colocó bien al bebé y le ofreció la leche. El pequeño J.R. contemplaba a su madre con enormes ojos mientras comía ávidamente.
– ¿No es precioso? -susurró Randi, completamente enamorada de su hijo. Kelly, con cierta envidia, asintió en silencio.
– Y más listo que el diablo y sin duda muy atlético. Creo que lo van a llamar de Harvard cualquier día de éstos -bromeó Matt. Randi se echó a reír.
– No me sorprendería. ¿Y a ti, calabacita? -le preguntó al bebé, mientras Juanita lo observaba también con una sonrisa en los labios.
– Oh, no. No le llames esas cosas al niño… «campeón», «chaval» o algo parecido sí está bien, pero nada de «calabacita» ni «precioso» ni ninguna de esas cosas de niñas, ¿de acuerdo? -insistió Matt.
– Cállate -le espetó Juanita-. Es un ángel. Es perfecto.
– Le vais a engordar el ego desde pequeñito -gruñó Matt-. Mira lo que le ocurrió a Slade.
– Te he oído -dijo éste, que justamente en aquel momento se detenía al lado de la puerta.
Kelly comprendió que no iba a sacarle más información a Randi hasta que estuviera sola.
– Volveré cuando el niño se haya dormido.
– Gracias -respondió ella muy agradecida.
– Y yo… es mejor que yo me vaya a echarles un vistazo a los pasteles que tengo en el horno para mañana -observó Juanita, y se marchó en dirección a la cocina.
Kelly salió de la habitación.
– ¿Ves lo que yo decía? Se niega a hablar de nada en serio -gruñó Matt tras salir al pasillo con ella.
– Sólo quiere ocuparse de su hijo.
– Y enterrar la cabeza en la arena. Si no descubrimos quién trató de matarla y él vuelve a golpear otra vez, ella no tendrá que preocuparse por nada más. Ni siquiera por su bebé.
– ¿No te parece que está más segura aquí?
– Sí. Está mejor que en el hospital. Aquí no hay tanta gente entrando y saliendo. No hay desconocidos ni periodistas.
– Hasta ahora -comentó Kelly-, pero eso podría no durar.
– Maldita sea… El problema es que Randi no se da cuenta de que ahora lo más importante, lo único que importa, es descubrir quién la tiene tomada con ella. Ninguna otra cosa puede ser una prioridad.
– ¿Ni siquiera un hijo?
– Todo esto es precisamente por ese niño -replicó Matt, muy serio-. Por su seguridad. ¿Qué crees que pasaría si Randi lo perdiera?
– Ni siquiera consideremos esa opción -susurró Kelly. El corazón se le había parado con sólo pensarlo.
– Por mucho que nos cueste, tenemos que encontrar quién está detrás de esto…
De repente, unos fuertes pasos resonaron en la escalera. Al mismo tiempo, el teléfono comenzó a sonar. Las gemelas no tardaron mucho en aparecer, seguidas de Nicole, que llevaba dos pares de pantaloncitos vaqueros en las manos. Estaba tratando de terminar de vestir a sus hijas, pero éstas, cuando llegaron al pie de la escalera, salieron corriendo con una enorme sonrisa en el rostro y los ojos brillantes de alegría. Las dos iban vestidas tan sólo con una sudadera y unas braguitas.