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Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:

Pensaba que las fuerzas de seguridad no eran lugar para una mujer, pero no iba a tardar mucho en cambiar de opinión
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
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– Papá lo comprendería. Él fue policía.

– Hace mucho tiempo.

– Es decir, que vienes de una familia con tradición policial -observó Matt.

– Mmm… mi padre, mi abuelo y creo que mi bisabuelo.

– Nuestro padre fue policía hasta que le dispararon y tuvo que jubilarse antes de la edad por su discapacidad -comentó Karla. Se terminó su copa de vino con un ademán exagerado-. Bueno, ¿y tú? -le preguntó a él, aunque Matt supuso que sabía más sobre su familia que él sobre la de ella-. ¿A qué se dedica tu familia?

No se molestó en ocultar el veneno que tenía en la voz.

– Mi padre fue jinete de rodeo y luego se hizo ranchero. Compró el Flying M hace más de cincuenta años y lo hizo más grande para poder incluir otros negocios en la zona de Grand Hope.

Karla apretó los labios y lanzó una dura mirada a su hermana.

– No se acuerda, ¿verdad?

– ¿Acordarme de qué? -preguntó Matt.

Karla realizó un gesto de irritación, pero fue Kelly la que contestó.

– Nuestra madre trabajó para tu padre durante unos pocos años.

– No fueron unos pocos -dijo Karla-. Dedicó su vida a ese hombre, como su secretaria, o asistente personal, tal y como él la llamaba -miró a Matt con dureza-. ¿Y qué ocurrió cuando las cosas empezaron a ir mal para los negocios de tu padre? Nuestra madre fue historia. Así de fácil -añadió, chasqueando con los dedos para darle más énfasis a sus palabras-. Sin trabajo, sin fondo de pensiones, sin finiquito. Nada.

– Espera un minuto… ¿Has dicho que era su secretaria?

– Y más. Era como su mano derecha. Su ayudante ejecutiva. Estoy segura de que te acuerdas de ella. Eva. Eva Dillinger.

– ¿Eva?

Efectivamente, el nombre le resultaba familiar, pero Matt jamás había hablado con ella. Sólo había escuchado el nombre en un par de ocasiones, cuando John Randall la mencionó de pasada. Matt no prestó nunca mucha atención. Por aquel entonces, estaba muy metido en sus cosas.

– Supongo que papá la mencionó en alguna ocasión.

– ¿En alguna ocasión? Eso espero -replicó Karla. Entonces, miró hacia el dormitorio y vio el albornoz amarillo de su hermana sobre la cama medio deshecha. Entonces, frunció los labios. Parecía estar a punto de decir algo, pero se lo pensó mejor y se puso de pie-. Tal vez sea mejor que me marche. Creo que he interrumpido algo.

– Quédate -dijo Matt mirando el reloj-. Yo ya me iba -añadió. Se tomó de un trago su copa y la dejó encima de la mesa. Tomó su chaquetón y se dirigió a Kelly-. Sólo quiero que me digas si te enteras de algo más de lo que le ocurrió a mi hermana.

– Lo haré.

Kelly lo acompañó a las escaleras. Allí, él se detuvo para abrocharse el chaquetón.

– Hablaré contigo más tarde… Oh… Hay una cosa más.

– ¿De qué se trata? -preguntó ella, visiblemente tensa.

– Que tengas buen viaje.

– Lo tendré.

Matt se volvió hacia Karla.

– Encantado de conocerte.

– Lo mismo digo -replicó ella, pero de mala gana. Lo miraba como si él fuera el diablo reencarnado.

Con eso, Matt se dio la vuelta. Entonces, rodeó la cintura de Kelly con los brazos y la estrechó contra su cuerpo.

– Gracias por la hospitalidad, detective. Y no te olvides de mí -susurró. Se inclinó hacia delante y la besó. Con fuerza. Del modo en el que había tenido la intención de poseerla.

Cuando Matt la soltó, Kelly dio un paso atrás y dejó que él bajara las escaleras.

– Dios mío -murmuró Karla-. Dios mío…

Kelly se preparó para escuchar el sermón que, con toda seguridad, su hermana le iba a echar.

– Estás enamorada de él, ¿verdad? -dijo Karla. La furia había desaparecido de su voz.

En la planta baja, la puerta se cerró. Unos segundos más tarde, se escuchó el sonido del motor de un coche que arrancaba y se marchaba.

– Lo estás, ¿verdad?

– No, por supuesto que no -le espetó Kelly. Se terminó de un trago su vino y trató de pensar. ¿Enamorada? ¿De Matt McCafferty? El corazón se le aceleró con sólo pensarlo. ¿Sería cierto? ¿Era posible que se hubiera enamorado de aquel arrogante vaquero?

– Eso es ridículo -añadió.

– Lo veo en tus ojos -replicó Karla-. No me lo puedo creer, Kelly. Alguien ha conseguido deshacer el hielo que rodeaba tu corazón, y ha tenido que ser un maldito McCafferty -añadió. Se cruzó de brazos-. En otro momento te habría dicho que deberíamos celebrarlo, pero dado que el hombre de tus sueños es el hijo de John Randall, creo que sería mejor que llamara a un sacerdote y le pidiera que te realizara un exorcismo.

– Muy graciosa…

– Sé que no lo es, pero, de verdad, ¿es que has perdido el juicio? Mamá y papá van a alucinar cuando se enteren, y tu jefe seguramente te despedirá. ¿Y la investigación?

– Mamá y papá no dirigen mi vida y mi jefe no puede decirme lo que tengo que hacer cuando no estoy de servicio. Además, no me he comprometido a nada.

– Aún -replicó Karla. Entonces, se dirigió a la puerta del dormitorio y lanzó una intencionada mirada-, pero no vas a tardar mucho.

– Eso no es asunto tuyo…

– Kelly, no seas tonta, ¿de acuerdo? -afirmó Karla agarrando el brazo de su hermana-. Los McCafferty son pájaros de mal agüero. Todos ellos. No se puede confiar en ninguno.

– He oído antes ese sermon.

– Perdona. Creía que tú eras la que lo daba. Escúchame, por Dios. Hagas lo que hagas, Kelly, no te enamores de Matt McCafferty -le aconsejó su hermana con toda la sabiduría de alguien que había cometido muchos errores en lo que se refería a asuntos del corazón.

– No lo haré.

– Sería un error terrible.

– He dicho que no lo haré.

– Y yo creo que eres una mentirosa. Probablemente ya ha ocurrido -observó Karla. Entonces, levantó las manos para impedir que ella siguiera protestando-, pero si estás enamorada de él, estás metida en un buen lío. Lo único que vas a sacar de todo esto es un corazón roto. Eso te lo garantizo.

Nueve

– ¿Adonde vas? -preguntó Slade cuando Matt, con una bolsa de viaje colgada del hombro, bajó corriendo las escaleras.

Slade estaba de pie al lado de la chimenea del salón. Estaba en calcetines, para calentarse mejor los pies, y tenía una taza de café entre las manos. Había estado hablando con Larry Todd, quien, por lo que Matt había podido escuchar de la conversación, le estaba expresando la necesidad de un establo nuevo.

– Lo que yo tengo en mente no costaría mucho. Básicamente quiero un tejado sobre columnas. Así, el ganado tendría más resguardo y facilitaría el poder darles de comer.

– No veo por qué no -replicó Slade. Entonces, miró hacia la escalera.

Matt se detuvo en el arco y explicó:

– Espero que Thorne y tú podáis sostener el fuerte. Yo voy a pasar un par de días en Seattle.

– No me lo digas. La detective está allí -comentó Slade con una pícara sonrisa en los labios-. ¿No es cierto? La detective Dillinger está allí.

Matt no se molestó en contestar.

– Cuando regrese, iré primero a mi casa para ver a Kavanaugh. Regresaré para el día de Acción de Gracias.

– Para eso faltan muy pocos días. Nicole dijo algo sobre que los dos teníamos que ir a la ciudad para hacernos las pruebas de los trajes de la boda.

– ¿Sí? -preguntó Matt sin desanimarse.

– Se enfadará mucho si no lo haces. La boda va a celebrarse en cuanto Randi se despierte.

– Te aseguro que el traje estará perfecto, la boda transcurrirá sin problema alguno y ellos se casarán felizmente -comentó Matt. La ira estaba empezando a soltarle la lengua-. Dile que no se enfade tanto. Randi ni siquiera ha recuperado la consciencia. Como he dicho, volveré dentro de un par de días.

Atravesó el vestíbulo en dirección a la cocina siguiendo el seductor aroma del café. Se había levantado de mal humor porque había dormido muy mal. Sus sueños habían estado plagados de imágenes de Kelly, imágenes sexys y apasionadas que lo habían obligado a darse una ducha fría que, aquella mañana, se lo había parecido más que nunca.

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