Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Pasó por delante del despacho. De reojo, vio a Thorne, con la pierna apoyada sobre una esquina del escritorio. Tenía el teléfono contra una oreja mientras no dejaba de observar la pantalla de su ordenador.
– Me marcho -le dijo Matt.
Thorne, completamente absorto en su conversación, alzó la mirada un segundo. Entonces, levantó un dedo, indicándole así que esperara un segundo, probablemente para darle órdenes, pero Matt no estaba de humor.
– Regresaré dentro de un par de días.
– Espera un momento, Eloise. Parece que tengo una crisis aquí en casa -dijo Thorne, y dedicó toda su atención a su hermano-. ¿Adónde diablos vas?
Matt repitió lo que había dicho.
– Striker me ha dicho que debo vigilar a esa policía y, dado que el departamento del sheriff envía a Kelly Dillinger a Seattle, he decidió que tengo que seguirla.
– ¿Y lo sabe ella?
– No.
– Faltan tres días para Acción de Gracias.
– Lo sé, lo sé… Y Slade ya me ha dicho lo del traje. Me ocuparé de todo cuando regrese.
– Eso espero.
La voz de Nicole la precedió a ella. Matt soltó una maldición en silencio y se volvió para saludar a su cuñada. Ella llevaba el cabello recogido y una blusa blanca, pantalones oscuros y un amplio cinturón. En las manos portaba un cinturón, dado que iba de camino al hospital.
– Si no lo haces -le advirtió ella. Evidentemente, había escuchado la conversación-, te untaré de alquitrán y te emplumaré para luego despellejarte vivo.
– Gracias, doctora. ¿Algo más?
– Creo que con eso basta. Por ahora.
– ¿Eres siempre tan simpática? -gruñó Matt.
– Sólo cuando quiero algo -replicó ella con una sonrisa. Entonces, apoyó un hombro contra la puerta y centró su atención en Thorne-. Iré a ver a Randi. Jenny debería llegar en cualquier momento para ocuparse de las gemelas y del bebé. Juanita le está dando un biberón en estos momentos. Las niñas se han vuelto a dormir, así que no creo que te vayan a dar muchos problemas.
– Yo no estaría tan seguro de ello -gruñó Thorne, pero los ojos se le habían iluminado al ver a Nicole.
Ella se echó a reír.
– Llamaré más tarde -dijo, y miró a su cuñado-. Tal vez quieras despedirte de tu sobrino.
– Lo haré -replicó Matt.
– Bien -afirmó Nicole. Le lanzó un beso a Thorne y luego se dirigió rápidamente hacia la cocina.
Thorne la miró ensimismado. Su importante llamada de teléfono había quedado olvidada por el contoneo de las caderas de Nicole. Estaba absolutamente enamorado de ella.
Matt se despidió de Thorne y siguió a Nicole a la cocina. Tal y como ésta había dicho, Juanita le estaba dando un biberón al pequeño J.R. mientras le cantaba una nana en español. El bebé miraba a su improvisada niñera como si estuviera hipnotizado.
Matt se sirvió una taza de café. Con cierta tristeza, pensó que, aunque el pequeño J.R. crecía feliz y sano, debería ser su madre quien lo estuviera cuidando. Randi tendría que estar cantándole, acunándolo y dándole de comer. Sintió que el cuello se le tensaba al pensar en el canalla que había tratado de matar a su hermana en dos ocasiones. ¿Quién diablos sería? ¿Podría ser el padre de J.R.? Eso sería lo peor. El pobre niño quedaría tocado de por vida con algo así.
Como aún seguía de mal humor, dio dos tragos más a su taza de café y tiró el resto al fregadero.
– ¿Te marchas? -preguntó Juanita al ver la bolsa de viaje.
– Después de que se pruebe el traje para mi boda -dijo Nicole, medio en serio medio en broma.
– Te prometo que me ocuparé de ello -repuso él. Apretó suavemente la nariz de J.R.-. No le des ningún problema a nadie, ¿de acuerdo?
El niño gorjeó y Matt volvió a experimentar una extraña sensación en el corazón, sensación que se había hecho parte de él desde que llevaba viviendo en el Flying M.
Maldita sea… ¿Qué le estaba ocurriendo? Desde que tuvo noticia del accidente de Randi, había cambiado. Enojado consigo mismo y con el mundo entero, se cuadró el sombrero sobre la cabeza e ignoró las protestas de Juanita sobre el hecho de que necesitaba desayunar de verdad antes de marcharse.
«El corazón roto». Eso fue lo que pensó Kelly al día siguiente cuando se sentó tras el volante de su coche de alquiler en el aeropuerto de Seattle. «Ni hablar». Sin embargo, mientras conducía su automóvil hacia el centro de la ciudad, no pudo dejar de pensar que había algo de verdad en aquello. Se estaba enamorando de Matt McCafferty y era un error monumental.
Monumental.
Pero por mucho que tratara de convencerse de que no debía volver a verlo, sabía que no podría hacerlo nunca. Era como la polilla que no puede evitar acercarse a la llama, a pesar de que esta última terminaría quemándola.
«Tonta, tonta, tonta», se recriminó en silencio mientras cambiaba de carril y unas luces de freno se encendían delante de ella. Alguien tocó el claxon violentamente. No tardó en encontrar la dirección de la comisaría de policía de Seattle y, después de aparcar el coche, se dirigió al interior del edificio bajo la lluvia.
Se pasó las siguientes cinco horas en la comisaría, hablando con un simpático detective que se había estado ocupando de toda la información sobre Randi McCafferty. Oscar Trulliger le dijo que, hasta aquel momento, nadie había podido confirmar que el libro que Randi estaba escribiendo tuviera que ver con los ataques que había recibido y que no había información nueva al respecto. Ninguno de sus ex parecía tener nada en contra de ella. Sam Donahue estaba viviendo en su rancho. Joe Paterno, el fotógrafo y periodista, estaba de misión en Alaska. Brodie Clanton, cuyo bisabuelo había fundado el Clarion, estaba fuera del país, de vacaciones en Puerto Vallarta, México.
Resultaba muy conveniente que ninguno de los hombres con los que ella había salido estuviera ni siquiera cerca de Seattle. Demasiado conveniente. A continuación, Kelly se dirigió a las oficinas del Seattle Clarion.
– ¿Puedo ayudarla en algo? -le preguntó una seria recepcionista.
– Me gustaría hablar con Bill Withers -dijo Kelly. Entonces, le enseñó su placa-. Detective Kelly Dillinger. Vengo de Grand Hope, Montana. Tengo algunas preguntas sobre Randi McCafferty.
La recepcionista le ofreció lo que se podría haber considerado una sonrisa.
– El señor Withers no está aquí en este momento.
A Kelly no le sorprendió.
– ¿Y Joe Paterno o Sara Peeples? -preguntó, aunque una vez más, ya se suponía la respuesta.
– Joe está en una misión y no regresará hasta mañana, pero Sara sí está. Le diré que está usted aquí.
Sin esperar a la respuesta de Kelly, la recepcionista apretó un botón y dejó el mensaje pertinente.
Dos minutos después, una mujer menuda con el rostro alargado y el cabello rubio apareció en la recepción. Llevaba un vestido corto, botas, chaqueta y media docena de pulseras en el brazo.
– ¿Es usted la detective Dillinger? -preguntó-. Soy Sara. De verdad que me alegro mucho de que esté usted aquí. ¿Cómo está Randi?
– Aguantando.
– Venga a mi despacho. Mi escritorio está muy desordenado, pero allí podremos hablar -dijo la mujer. Condujo a Kelly a través de un laberinto de escritorios hasta uno que quedaba en un rincón, cerca de lo que parecía ser un despacho dedicado exclusivamente a la fotografía-. He oído que Randi sigue en coma. Que alguien podría haber tratado de matarla.
– Eso es lo que estamos investigando.
– Vaya… ¿Sabe una cosa? En este periódico se informa de ese tipo de cosas constantemente, pero a una no le llega hasta que es alguien que conoce. Alguien que es pariente o amigo.