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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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¿Quién era ella? La había visto antes. Lady algo. Había oído que era viuda, muy rica e independiente. No parecía una viuda. Para ser sincera, no parecía mucho mayor que ella.

Lanzando una disculpa falsa a no se sabe quién, Miranda intentó escuchar su conversación. Pero el viento se llevaba sus palabras hacia el otro lado, y sólo entendía expresiones inconexas. Al final, después de lo que pareció ser un «No estoy segura» que salió de los labios de la señora, Turner inclinó la cabeza y la besó.

El corazón de Miranda se partió en mil pedazos.

La señora murmuró algo que ella no entendió y volvió al baile. Turner se quedó en el jardín, con las manos en las caderas y la mirada perdida, de forma enigmática, en la Luna.

Miranda quería gritar: «¡Largo! ¡Vete!» Estaba allí atrapada hasta que él se fuera y lo único que quería era irse a casa y acurrucarse en la cama. Y, posiblemente, no salir de allí nunca más. Aunque no parecía demasiado factible, así que intentó arrinconarse más y esconderse entre las sombras.

Turner giró la cabeza hacia ella. ¡Maldición! La había oído. Entrecerró los ojos y avanzó dos pasos hacia ella. Y entonces cerró los ojos y meneó la cabeza.

– Demonios, Miranda -dijo, suspirando-. Por favor, dime que no eres tú.

La noche, hasta ahora había ido muy bien. Había conseguido evitar a Miranda por completo, había conseguido que le presentaran a la encantadora viuda de Bidwell, que sólo tenía veinticinco años, y el champán no estaba mal.

Pero no, los dioses estaban decididos a ponerse en su contra. Allí estaba. Miranda. Sentada en un banco, observándolo. Seguramente, observando cómo besaba a la viuda.

Dios santo.

– Demonios, Miranda -dijo, suspirando-. Por favor, dime que no eres tú.

– No soy yo.

Ella intentó responder con orgullo, pero sus palabras tenían una nota hueca que dolieron a Turner. Cerró los ojos un momento porque, maldita sea, se suponía que no tenía que estar allí. Y también se suponía que Turner no debía tener ese tipo de complicaciones en su vida. ¿Por qué las cosas no podían ser fáciles?

– ¿Por qué estás aquí? -le preguntó él.

Ella se encogió de hombros.

– Me apetecía un poco de aire fresco.

Turner siguió avanzando hasta que estuvo tan escondido entre las sombras como ella.

– ¿Me estabas espiando?

– Debes de tener una muy buena opinión de ti mismo.

– ¿Era lo que hacías? -insistió él.

– Por supuesto que no -respondió ella, echando la barbilla hacia atrás con rabia-. No me rebajaría tanto. La próxima vez que tengas una cita, comprueba mejor que no haya nadie alrededor.

Él se cruzó de brazos.

– Me cuesta creer que tu presencia aquí fuera no tenga nada que ver conmigo.

– Entonces, dime -respondió ella-. Si te hubiera seguido, ¿cómo habría podido bajar las escaleras y esconderme aquí sin que me vieras?

Turner ignoró la pregunta, básicamente porque ella tenía razón. Se pasó una mano por el pelo, agarró un mechón y tiró con fuerza porque, de alguna manera, aquella sensación de tirantez le ayudaba a controlar su temperamento.

– Te lo vas a arrancar -dijo Miranda, en un tono neutro muy molesto.

Él respiró hondo. Dobló los dedos. Y, con la voz casi serena, le preguntó:

– ¿Qué está pasando, Miranda?

– ¿Qué está pasando? -repitió ella mientras se levantaba-. ¿Qué está pasando? ¿Cómo te atreves? Pasa que me has ignorado durante una semana y me has tratado como algo que se tiene que esconder debajo de la alfombra. Pasa que piensas que tengo tan poco orgullo que agradeceré que hayas sobornado a tus amigos para que me sacaran a bailar. Pasa tu mala educación, tu egoísmo y tu incapacidad para…

Él le tapó la boca con la mano.

– Por el amor de Dios, baja la voz. Lo que pasó la semana pasada estuvo mal, Miranda. Y eres estúpida por exigirme que cumpla mis promesas y haberme obligado a venir.

– Pero lo has hecho -susurró ella-. Has venido.

– He venido -respondió él, con furia-, porque estoy buscando una amante, no una esposa.

Ella retrocedió. Y lo miró. Lo miró fijamente hasta que Turner creyó que sus ojos le agujerearían la cara. Y, al final, en una voz tan baja que dolía, dijo:

– Ahora mismo, no me gustas nada, Turner.

Una frase muy apropiada. Él tampoco se gustaba demasiado.

Miranda levantó la barbilla, pero temblaba mientras dijo:

– Si me disculpas, tengo que asistir a un baile. Gracias a ti, tengo la tarjeta de baile llena y no querría ofender a ninguno de esos caballeros.

Turner la vio alejarse. Vio la puerta. Y luego se marchó.

20 de junio de 1819

Cuando regresé al salón, volví a ver a esa viuda. Le pregunté a Olivia quién era y dijo que se llama Katherine Bidwell. Es la condesa de Pembleton. Se casó con lord Pembleton cuando él tenía casi sesenta años y enseguida tuvieron un hijo. Lord Pembleton murió poco después y ahora ella controla toda su fortuna hasta que su hijo sea mayor de edad. Una mujer lista. Poder ser tan independiente. Seguramente, no querrá volver a casarse, y estoy segura de que a Turner le parece perfecto.

Tuve que bailar con él una vez. Lady Rudland insistió. Y entonces, cuando creía que la noche no podía empeorar, la madre de Olivia me llevó a un aparte para comentar mi repentina popularidad. ¡El duque de Ashbourne había bailado conmigo! (Los signos de exclamación son suyos.) Está casado, por supuesto, y felizmente casado, pero, aún así, no suele perder el tiempo con chicas que acaban de salir de la escuela. Lady R. estaba emocionada y muy orgullosa de mí. Creí que iba a echarme a llorar.

Sin embargo, ahora ya estoy en casa y estoy decidida a inventarme algún tipo de enfermedad que me impida salir de casa durante unos días. Si puedo, durante una semana.

¿Y sabes qué es lo que más me molesta? Que lady Pembleton ni siquiera es guapa. Bueno, no es horrible, pero no es un diamante. Tiene el pelo castaño y los ojos marrones.

Igual que yo.

Capítulo 9

Miranda se pasó la siguiente semana fingiendo que leía tragedias griegas. Le resultaba imposible concentrarse lo suficiente en un libro como para leérselo entero, pero mientras pudiera ir leyendo alguna que otra frase de vez en cuando, quizás incluso daría con alguna que encajara con su estado de ánimo.

Una comedia la habría hecho llorar. Y una historia de amor, no, por Dios, habría hecho que quisiera morirse allí mismo.

Olivia, que nunca había escondido su interés por los asuntos ajenos, había sido implacable en su insistencia para descubrir el motivo del mal humor de su amiga. De hecho, los únicos momentos en que no la estaba interrogando era cuando intentaba animarla. Estaba en mitad de una de esas sesiones de animación, deleitando a Miranda con las historias de cierta condesa que echó a su marido de casa hasta que el hombre accedió a comprarle cuatro caniches, cuando lady Rudland llamó a la puerta.

– Ah, perfecto -dijo, asomándose-. Estáis aquí las dos. Olivia, no te sientes así. No es propio de una señorita.

Olivia corrigió la postura antes de preguntar:

– ¿Qué sucede, mamá?

– Quería informaros de que nos han invitado a casa de lady Chester para una visita de campo la semana que viene.

– ¿Quién es lady Chester? -preguntó Miranda, que dejó el aburrido libro de Esquilo en el regazo.

– Una prima nuestra -respondió Olivia-. Tercera o cuarta, no lo recuerdo.

– Segunda -corrigió lady Rudland-. Y he aceptado la invitación en nombre de toda la familia. Teniendo en cuenta que es una familiar tan cercana, sería descortés no acudir.

– ¿Vendrá Turner? -preguntó Olivia.

Miranda quería dar las gracias mil veces a su amiga por hacer la pregunta que ella no se atrevía a hacer.

– Por su bien, espero que sí. Ha ignorado sus obligaciones con su familia durante demasiado tiempo -dijo lady Rudland con una firmeza poco propia de ella-. Si no viene, tendrá que responder ante mí.

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