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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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– ¡Para! -le grité.

– ¿Qué?

– ¡Que pares el coche! ¡Voy a…!

No pude terminar. Con una sola mirada a mi cara verdosa, Clint debió de darse cuenta de lo que ocurría. Frenó suavemente y yo tuve tiempo de abrir la puerta y saltar a la nieve. A dos pasos del vehículo comencé a vomitar.

Me sentía como si fuera a morirme. Odio vomitar.

– Tranquila, tranquila -me dijo él, y me agarró por la cintura para que no me cayera hacia delante.

Cuando terminé, Clint me entregó un puñado de pañuelos de papel.

– Gracias… -susurré.

Después me limpié la boca y la nariz.

– De nada, mi niña -dijo él, mientras me llevaba de vuelta al Hummer.

– ¡No! -exclamé-. Necesito un poco de aire fresco. Me voy a quedar aquí un momento.

– No mucho tiempo -dijo él-. Hace demasiado frío y te mojarías.

Asentí y me concentré en respirar con normalidad.

– ¿Puedes mantenerte en pie? -me preguntó.

– Sí -respondí con un hilo de voz.

– Ahora mismo vuelvo.

Clint me soltó la cintura y se dirigió hacia la parte trasera del coche.

Aquello significaba que el bebé estaba bien. El bebé estaba bien. El bebé estaba bien.

Era una frase que se repitió en mi mente como una letanía.

– Aclárate la boca y bebe un poco -me dijo Clint, y me entregó una de las botellas de agua que habíamos empaquetado con la comida. Estaba muy fría, y me quitó el mal sabor de boca.

– ¿Mejor?

– Sí, muchas gracias. Sólo necesito quedarme aquí un minuto.

Esperamos juntos unos instantes, bajo la nieve, hasta que Clint decidió que me había recuperado lo suficiente y me guió hacia el coche. Cuando estábamos de nuevo en marcha, él me miró y me preguntó:

– ¿Esas visiones siempre te afectan tan violentamente?

– No siempre -dije yo.

– ¿Y adónde te ha llevado tu diosa?

– A casa. A Partholon.

– Ah. ¿Y qué te mostró?

– Mi templo no está bien en mi ausencia. La gente… bueno, no quiero parecer una engreída, pero necesitan a la Amada de Epona.

Clint asintió como si estuviera intentando entenderme. Con los ojos fijos en la carretera, me preguntó:

– ¿Has visto a… ClanFintan?

– Lo he visto y he hablado con él. Le dije que volvería en cuanto nosotros consiguiéramos resolver el problema de Nuada.

– ¿Nosotros?

– ClanFintan también te vio en el claro. Tiene la certeza de que tú te ocuparás de que no me ocurra nada malo.

– Está en lo correcto.

– Te lo agradece.

– ¿Y tú?

– ¿Yo qué?

– ¿Agradeces tú el hecho de que yo prefiera morir antes de permitir que te ocurra algo malo?

– Sí -le respondí con franqueza. Sin embargo, antes de que él pudiera seguir haciéndome preguntas, cambié de tema-: ¿Dónde estamos?

Clint me miró como si quisiera decirme que estaba al tanto de mis tácticas, pero no me presionó.

– Faltan unos diez minutos para la salida de Broken Arrow. ¿Adónde voy desde allí?

– Mi padre vive a unos quince kilómetros al este de la salida de Kenosha -le informé. Después me miré y suspiré por aquella ropa rara que además tenía manchas de vómito y estaba húmeda-. Demonios, no quisiera aparecer así.

– Antes estaba bromeando pero ahora hablo en serio: ¿hay algún Wal-Mart cerca?

– Sí, pero… ¿crees que estará abierto con esta nevada?

– ¿Wal-Mart? -preguntó Clint con una carcajada-. Ni siquiera cerraría por una guerra nuclear.

– Entonces, debemos pasar la salida de Kenosha y llegar a la de la calle ciento cuarenta y cinco. Hay un Wal-Mart a un kilómetro de la carretera. Podemos comprar algo de ropa y volver a Kenosha. Llegaremos a casa a la hora de la cena -dije, aunque el hecho de pensar en comer me produjo náuseas otra vez.

– Tus deseos son órdenes para mí -me dijo con una mirada irónica-. Tú eres la diosa aquí.

Yo le devolví una sonrisa tirante. El problema se trataba de que yo no era la diosa de verdad.

La salida del Wal-Mart estaba tan desierta como el resto de la carretera, aunque cuando llegamos al aparcamiento de los grandes almacenes, nos encontramos un gran número de coches. Había una vieja pickup Ford intentando dar marcha atrás porque no había conseguido meterse en el sitio al que había tratado de deslizarse, y un Impala girando los neumáticos inútilmente, atascado en la nieve, bloqueando la parte delantera de la tienda. Por supuesto, aquel gran Wal-Mart tenía muchas puertas, así que nadie había entrado en estado de pánico.

Clint rodeó con facilidad al coche atascado y yo vi que había varios hombres poniéndoles cadenas a las ruedas para intentar ayudar al conductor.

Clint aparcó y me ayudó a bajar del Hummer. Nos acercamos a la entrada de los grandes almacenes, donde un operario estaba intentando apartar la nieve con una pala y varios sacos de sal. Había bastante gente entrando en el edificio, y yo me encaminé hacia las puertas de cristal cuando una risa musical llamó mi atención. Me resultaba muy familiar. Al ver a una pareja que salía de la tienda, me quedé inmóvil. Nosotros íbamos tomados del brazo, así que Clint se tropezó y se detuvo repentinamente a mi lado.

– ¡Suzanna!

Toda la alegría que sentí al verla se reflejó en aquella palabra.

Su reacción fue un reflejo de la mía. Ella también se detuvo de repente, y el hombre que la acompañaba se vio obligado a parar, como el hombre que estaba a mi lado. Sin embargo, ahí terminaron las similitudes. Yo sabía que en mi cara se reflejaba el placer indescriptible que estaba sintiendo al verla, pero su expresión se ensombreció al instante. Su mirada se movió entre su marido y yo, como si la hubieran sorprendido en una partida ilícita de ping pong.

Sin pensarlo, me adelanté con intención de abrazarla, pero vi que se ponía tensa y daba un paso atrás.

– Suz… eh…

¿Qué demonios podía decir? «¡Hace seis meses que no nos vemos! ¡Te he echado de menos! ¡Necesito hablar contigo! ¡Me he casado con un centauro, estoy embarazada y me he convertido en la encarnación de la diosa en un mundo paralelo y…».

– Suz… eh…

No. No podía contarle nada de aquello, allí y en aquel momento.

– Me alegro muchísimo de verte -dije.

– ¿De veras? -preguntó su marido con frialdad y con sarcasmo-. Recuerdo que la última vez que viste a Suzanna le dijiste que no querías volver a verla -dijo. Cuando Suzanna intentó decir algo, Gene la miró con dureza y continuó-: Dijiste que era menos que una esclava para ti porque no conocía su sitio. Le ordenaste que se quitara de tu vista y que no volviera a ponerse en contacto nunca más. ¿Y ahora dices que te alegras mucho de verla?

Oh, magnífico. ¿Por qué demonios no se me había ocurrido eso? Claro que Rhiannon había interactuado con mis amigos y mi familia. Claro que había ofendido y herido a todo el mundo. Yo me había pasado seis meses limpiando sus desaguisados en otro mundo, lo que incluía convencer al reflejo de Gene, Carolan, de que no necesitaba odiarme porque yo no era la maldita Rhiannon, y nunca le haría daño a Alanna. Era lógico que ella hubiera seguido estropeándolo todo en mi mundo.

– Puedo explicártelo, Suzanna -dije, ignorando la mirada hostil de Gene y concentrándome en la mujer que había sido como una hermana para mí-. Llevo meses sin ser yo misma. De veras, puedo explicártelo. ¿No podríamos ir a algún sitio a tomar una taza de café, o algo así?

Vi que su cara se suavizaba y adoptaba una expresión familiar, encantadora, y abrió la boca para responder.

– No -dijo Gene, adelantándosele-. No vamos a ir contigo a ninguna parte.

– Shae… -dijo Suzanna con su voz dulce. Al oír aquella forma cariñosa de mi nombre, se me encogió el corazón-. Tal vez podamos vernos en otro momento… -me pidió nerviosamente, mirándonos a Gene y a mí.

– Necesito hablar contigo ahora, Suz. Es importante.

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