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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Oí el crujir de una tela mientras él se movía en el asiento.

– Usa esto de almohada.

Lo miré y me di cuenta de que me estaba dando su abrigo.

– Gracias -dije.

Formé una almohada y la puse contra la puerta del Hummer para poder apoyar la cabeza en ella. La tela era suave y todavía conservaba el calor de su cuerpo. Sentí que los labios se me curvaban, sin poder evitarlo, en una sonrisa, mientras el sueño se apoderaba de mí.

Hugh Jackman y yo estábamos volando campo a través a por unas nubes esponjosas de color violeta. Él me abrazaba y me mordisqueaba el cuello mientras me describía la lujosa suite al borde del mar que había reservado para nosotros dos en el Hyatt de las Islas Caimán…

Entonces me vi succionada del sueño y entré en un túnel de fuego. Al principio sentí pánico y desorientación, pero pronto me calmé y pude mirar hacia el suelo.

La visión del enorme templo me provocó una oleada de emociones. ¡Mi casa! El Templo de Epona. Mi cuerpo flotaba suavemente mientras yo asimilaba aquella vista tan maravillosa y familiar. Estaba atardeciendo, y el cielo ya estaba teñido con las delicadas acuarelas de una puesta de sol en Partholon. El suave color nácar del templo brillaba de una manera mágica. Por debajo de mí, los guardias estaban empezando a prender las antorchas y los apliques que mantenían el templo iluminado de noche.

Reconocí a varias de mis ninfas, que pasaban de patio en patio, con los brazos ocupados con ropa limpia, o con cestas cargadas de hierbas aromáticas.

Al principio, la escena me pareció normal, pero al seguir observándolo todo con los ojos llenos de lágrimas de nostalgia, me percaté de que algo no iba bien. Mis sirvientas caminaban en silencio. No hablaban. Me acerqué al templo y me di cuenta de que todos estaban en silencio, y de que el ambiente era de tristeza. El ambiente era espeso, asfixiante.

¿Qué demonios había ocurrido?

Mi cuerpo comenzó a deslizarse hacia el centro de la edificación. Me hundí a través de la cúpula al mismo tiempo que el sol comenzaba a esconderse por el horizonte.

Mis baños estaban en penumbra, desiertos, como una ostra sin perla. Sólo había una figura en ellos, alguien que estaba encendiendo meticulosamente las velas que había en los apliques de calavera dorada, en el centro de las hornacinas distribuidas por las paredes. Sus manos esbeltas temblaban mientras se movían de vela en vela. Aquella mujer tenía un aire de desesperanza casi palpable. Cuando se movió, yo distinguí las suaves curvas del rostro de Alanna.

– Oh, amiga -susurré, al ver las arrugas que tenía alrededor de los ojos.

No pareció que sintiera mi presencia. Suspiró largamente mientras continuaba con sus deberes de una forma mecánica.

Me di cuenta de que mi cuerpo se elevaba de nuevo.

– ¡No! ¡Déjame hablar con ella! -le rogué a mi diosa.

«Paciencia, Amada».

Aquellas palabras resonaron en mi mente mientras volvía a atravesar el techo de la cúpula. Me dirigí rápidamente en dirección norte. Ya había experimentado suficientes excursiones como aquélla para saber que era mi diosa la que tenía el control de la situación. Había algo que quería mostrarme. Era mejor relajarse y esperar a que terminara, pese a que el hecho de saberlo no me hiciera más fáciles las cosas.

Me di cuenta de que había anochecido rápida y completamente. Aquello no era el oscurecimiento gradual típico de los días y las noches de Partholon. Era como si, en ausencia del sol, la oscuridad reinara sin oposición alguna. Me estremecí al pensarlo, y mi cuerpo se detuvo en seco.

Por debajo de mí, el bosque sagrado se abría para exponer un claro, en el que había una gran hoguera que atrajo mi atención. Comencé a descender. Me di cuenta de que aquél era el mismo claro que había en los dos mundos, y me fijé bien en la hoguera. No era del color azafrán y dorado de las llamas amigables, sino que ardía de un color rojo que parecía a punto de estallar y destruir.

No vi a ClanFintan hasta que estuve a pocos metros sobre el fuego. Él metió la mano en un bolso de cuero que llevaba colgado al costado y sacó algo que parecía arena. Lo echó sobre las llamas mientras pronunciaba las palabras «mo muirninn», una y otra vez, con una voz ronca y gutural, llena de tensión. Tenía los ojos enrojecidos y estaba muy cerca del fuego, mirándolo fijamente. Su pecho humano estaba desnudo y sudoroso, y su parte equina estaba cubierta de una espuma blanquecina, como si llevara corriendo días y días.

– ¡ClanFintan! -lo llamé. Pronuncié su nombre con toda la fuerza de mi anhelo.

Entonces, él alzó la cabeza y miró en dirección a mí.

– Rhea, amor mío. ¿Me has oído por fin?

– Sí -grité, con la esperanza de que mi diosa me permitiera comunicarme con él, aunque sólo fuera por un instante.

«Tranquilízalo, Amada».

– ¡Estoy aquí! ¡Estoy intentando volver a casa!

Mientras hablaba, sentí que mi cuerpo se volvía visible. Mi marido abrió mucho los ojos, con sorpresa y placer. Entonces yo me miré y me di cuenta, para mi completo azoramiento, de que estaba desnuda.

– Te veo -susurró él.

– Epona nunca me viste adecuadamente -dije yo.

– Y yo le doy las gracias por ello.

Sonreí suavemente y le dije lo que mi diosa estaba transmitiéndome.

– Y Epona va a asegurarse de que vuelva a casa.

– ¡Cuándo! -exclamó angustiado.

– Yo… no lo sé.

– Tienes que volver. La ausencia de la Amada de Epona ha pasado una terrible factura a nuestro mundo.

– ¡No! -grité-. No me he ido para siempre. Diles a las gentes que Epona no los va a abandonar.

– ¿Cuándo? -repitió él.

– Ha ocurrido algo en mi antiguo mundo -dije-. Nuada me ha seguido hasta aquí.

Él entrecerró los ojos. Era demasiado sabio como para cuestionar el hecho de que, de alguna manera, nuestro enemigo hubiera sido reanimado.

– ¡Tu diosa no permitirá que esa criatura te haga daño!

– ¡No! No estoy preocupada por mí misma. Él va a atacar a la gente a la que quiero. Creo que sé cómo puedo volver a Partholon, pero tienes que entender que no puedo marcharme de aquí hasta que sepa que la gente a la que dejo atrás está segura.

Su preciosa cara se ensombreció, y noté que había tensión en sus palabras cuando volvió a hablar.

– He visto al hombre del claro. El hombre que tenía mi cara.

– Sí.

– ¿Es mi reflejo en tu mundo?

– Sí.

– Entonces, estás protegida, a salvo -dijo entre dientes.

– Sí -repetí yo, sintiéndome desleal, inepta y muy, muy culpable.

Él siguió mirándome fijamente a los ojos.

– ¿Está bien nuestra hija?

Yo sonreí.

– Todavía me hace sentir muchas náuseas.

– Entonces, está bien.

Alzó una mano hacia mí, y me rogó:

– Vuelve conmigo, Shannon.

– Lo haré, mi amor -respondí, y noté que se me iba a escapar un sollozo de la garganta mientras mi cuerpo comenzaba a ascender de nuevo-. Dile a Alanna que no pierda la esperanza… -mi voz se desvaneció y se evaporó en la noche.

El túnel de llamas se abrió ante mí, y me preparé para el viaje de vuelta, aunque no pude evitar emitir el grito de mi alma aterrorizada…

Y me encontré de nuevo en el asiento del Hummer.

– ¡Shannon! -Clint me estaba zarandeando por el hombro. Su expresión era de pánico-. ¡Dios mío, Shannon! ¿Estás despierta ahora?

– Estoy… estoy bien -balbuceé. Sentía la horrible desorientación de moverse entre dos mundos.

– Primero gritaste mucho, y después te quedaste inmóvil -me dijo él, que estaba muy pálido-. No respirabas apenas.

– Ha sido el Sueño Mágico. Es una visión que Epona me envía a veces, en sueños -dije, como si estuviera explicándole algo lógico.

– ¡Maldita sea, Shannon! ¡El Sueño Mágico! ¿De qué demonios…?

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