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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Para mi horror, ella se encogió de hombros y evitó mi mirada mientras decía:

– No. Creo que no es buena idea.

– ¡Tú no lo crees! -exclamé entre dientes, mirando a Gene significativamente.

– Mira, Shannon -me respondió él con desprecio-, tienes que admitirlo. Tu vida ha cambiado. Ya le has dejado bien claro a Suzanna que no encaja en tu estilo de vida. Os habéis distanciado. De todos modos, nunca fuisteis el mismo tipo de gente.

Me sentí como si me hubiera abofeteado. Por supuesto que Suz y yo no éramos el mismo tipo de gente. Eso era lo que nos había convertido en grandes amigas. Tuve ganas de gritárselo a la cara.

Entonces, me di cuenta de que Suzanna tenía una expresión de angustia, como si me estuviera rogando que no dijera nada. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Parecía una mujer que tuviera que elegir entre su marido y su mejor amiga.

Gene le tomó la mano y se la colocó sobre el brazo. Ella puso la otra mano sobre la de él en un gesto tranquilizador. Había elegido, ¿y qué me esperaba yo? Mi vida había ido en una dirección distinta, una que ella no podía seguir. ¿Qué quería yo que hiciera, dejar al padre de sus hijos por mí? No, yo no quería eso, aunque nunca pudiera regresar a Partholon.

– Lo entiendo -dije, intentando que mi voz sonara con normalidad.

Gene soltó un resoplido de sarcasmo.

Yo le hice caso omiso, y mantuve la mirada fija en la de Suzanna.

– Siento muchísimo el dolor que te he causado durante estos meses. Te voy a echar de menos. Y te quiero. De verdad.

Vi que apretaba los labios, y mientras Gene tiraba de ella para alejarse de mí, las luces horteras del Wal-Mart iluminaron sus lágrimas.

Mientras yo comenzaba a caminar, tambaleándome, las luces azules y rojas de un coche patrulla de la policía de Broken Arrow que se detenía junto al Impala atascado proyectaron sombras extrañas en la nieve. Clint me pasó el brazo por los hombros y me sujetó. Las puertas de cristal se abrieron; entramos, pero mis pies no pudieron llevarme muy lejos de la entrada, así que permanecieron abiertas detrás de nosotros. El aire frío que sentía en la espalda contrastaba con el aire caliente que el conducto de calefacción nos enviaba por encima. No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Clint me dio un pañuelo de papel. Le di las gracias con un gesto y me soné la nariz.

– Era mi mejor amiga.

– Lo siento.

Nos rodeó un rebaño de compradores cargados de bolsas, y Clint me tomó del brazo y me guió hacia un lado de las puertas.

– Supongo que debo disculparme. Ha sido una escena fea -le dije, sonriéndole con timidez.

Sin embargo, él no me estaba mirando. Estaba mirando hacia fuera por un escaparate que había junto a las puertas eléctricas.

– ¿Clint?

Iba a preguntarle qué miraba, pero entonces sentí algo que me hizo girarme hacia el escaparate.

La nieve seguía cayendo, y la luz gris del atardecer convertía a la gente del aparcamiento en fantasmas. El policía estaba ayudando a poner las últimas cadenas en los neumáticos del Impala. Con un respingo de sorpresa, me di cuenta de que Suzanna y Gene todavía estaban a pocos metros del lugar donde habíamos estado hablando. Sin embargo, en aquel momento no se tocaban. Suz estaba cruzada de brazos, con un gesto defensivo. Gene tenía un puño apretado contra un lado del cuerpo. Con la otra mano, hacía gestos furiosos. Suzanna negó decididamente con la cabeza, y dio un paso hacia el edificio, alejándose de su marido. Gene la tomó del brazo. Estaban atrayendo la mirada de la gente que pasaba a su lado.

Entonces, por el rabillo del ojo, yo vi un movimiento oscuro, como un aleteo de murciélago en el cielo nocturno. Miré hacia la derecha y escudriñé con toda mi atención, intentando percibir lo que había allí y esperando con fervor haberme equivocado.

– Allí…

Clint señaló un lugar detrás del coche atascado. Al principio, parecía la sombra del Impala, hasta que distinguí una mancha como de tinta.

La sombra se onduló y se deslizó por debajo del coche. El motor rugió.

Lo que ocurrió después fue muy rápido. Yo avancé, pero en vez de abrirse, las puertas permanecieron cerradas y las luces fluorescentes parpadearon y se apagaron. Al mismo tiempo, vi cómo Suzanna se zafaba de la mano de Gene. Mientras ella caminaba deprisa hacia las puertas de cristal, todavía estaba mirando a Gene y diciéndole algo, así que no vio las ruedas que giraban a toda velocidad y que, milagrosamente, se levantaron del suelo helado. El Impala salió impulsado hacia delante, directamente hacia Suzanna. Ella no saltó por los aires a causa del impacto. Cayó hacia delante, y el coche pasó por encima de su cuerpo.

Yo noté bilis en el grito que se me escapó de la garganta. Estaba dando puñetazos inútiles en el cristal. Entonces, las luces se encendieron de nuevo. La puerta se abrió fácilmente. Clint y yo salimos hacia el lugar del accidente.

– ¡Soy enfermera, déjenme pasar! -ordenó una mujer rubia, y el círculo que se había formado alrededor de Suzanna se abrió rápidamente. La enfermera se arrodilló fuera de mi campo de visión. Yo oí al oficial de policía, que estaba pidiendo una ambulancia por radio.

– ¡Retírense! ¡Retírense!

El policía comenzó a apartar a la gente con los brazos abiertos, y yo me acerqué.

Suzanna estaba inmóvil. Su cuerpo estaba mirando hacia mí, y su cara también debería hacerlo, pero tenía el cuello torcido en un ángulo extraño, y había un charco rojo que se extendía por debajo de su cabeza y sus hombros. Surgía vapor en donde su sangre caliente tocaba el suelo helado.

Y en algún lugar, en mitad de aquel horror, oí el eco de una risa, mientras una sombra oscura se disipaba en la noche.

– Hay mucha sangre -susurré-. ¡Suzanna!

El hombre que estaba arrodillado a su lado alzó la cara. Era Gene. Estaba muy pálido, y tenía los labios azules por la conmoción.

– Ha sido culpa tuya -silbó.

– Tenemos que irnos -me dijo Clint.

Entonces me tomó del brazo y me llevó hacia las puertas.

– No puedo dejarla -dije con un sollozo.

– Ya no puedes ayudarla, Shannon. Está muerta.

Yo tuve una sensación de irrealidad, y me di cuenta de que era el comienzo del shock. No me resistí, y Clint me llevó hacia el Hummer, hablándome suavemente al oído.

– No te pares. Vamos, respira y camina. Así, Shannon, así -murmuraba.

Cuando estuve sentada en mi asiento, me puso el cinturón de seguridad y dio un paso atrás, y yo me di cuenta de que su aura azul brillaba intensamente a su alrededor.

El Hummer avanzó por la nieve helada del aparcamiento con la misma facilidad con la que había entrado. Clint encendió la calefacción y, una vez más, se quitó el abrigo.

– Envuélvete con esto -me dijo, con una expresión preocupada.

– ¿Por qué no nos hemos quedado? Tal vez me necesitaba.

– Ya no necesitaba a nadie, Shannon, y esa cosa seguía allí. ¿Qué habría pasado si nos hubiera atacado de nuevo? No tenemos un bosque del que extraer poder. Habría muerto más joven.

– No nos habría atacado. Nuada no va por mí. Ha ido por Suzanna porque sabía que yo la quiero -murmuré-. Eso significa que no sólo va a intentar matar a mi padre; todo aquél que a mí me importe estará en peligro hasta que destruyamos a esa criatura -antes de que él pudiera responder, le indiqué una salida de la carretera con un dedo tembloroso-. Tuerce a la derecha, hacia Kenosha.

Clint lo hizo, y yo vi las luces de una ambulancia que se dirigía hacia el aparcamiento del Wal-Mart.

– ¿Estás seguro de que ha muerto?

– Sabes que sí, Shannon. Nadie podría sobrevivir a un atropello así.

Culpa mía. Había sido culpa mía. Me estremecí y me ceñí el abrigo alrededor del cuerpo mientras sentía el asalto de otra oleada de náuseas. Tuve que concentrarme en no vomitar. No podía pensar en Suzanna, pero no podía evitar acordarme de que sus tres preciosas hijas se habían quedado sin madre. Por mi culpa.

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