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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Usted no vivió esto, padre -argumentaban los propios sacerdotes-. Usted no conoció a Cosme Vila ni al Responsable. Le juro que si hubiera vivido en zona roja opinaría de otro modo.

Un día el padre Forteza habló del asunto con Agustín Lago, el Inspector Jefe de Enseñanza Primaria, quien también acudió a su estrambótica celda a confesarse con él. Agustín Lago le dijo:

– Ya conocerá usted la frase famosa: "Lo que para un italiano es un crucigrama y para un alemán un enigma, para un español es un problema en el que cree jugarse el honor e incluso la eternidad".

El jesuíta le objetó que, aun suponiendo que dicha frase encerrara una verdad, lo más perentorio era luchar contra ella y en consecuencia cancelar lo más urgentemente posible el clima de victoria.

– Perpetuar rencores es inadmisible, hijo mío. Hay que combatir el error, de acuerdo. Eso es lo que hace mi hermano, misionero en el Japón. Pero por encima de todo debe respetarse a las personas, tanto más cuanto más equivocadas están.

Así las cosas, la víspera del Corpus Christi, por la mañana, el padre Forteza recibió la orden de presentarse en el Palacio Episcopal. Mosén Iguacen, el familiar del señor obispo, le dijo:

– Esta tarde, a las cuatro.

El jesuíta supuso que el doctor Gregorio Lascasas quería darle el visto bueno a uno de sus proyectos: el de organizar, durante el verano, una serie de tandas de Ejercicios Espirituales, a puerta cerrada.

No fue así. El señor obispo le comunicó que le había elegido para asistir en la cárcel a los condenados a muerte.

El padre Forteza palideció, pues mosén Alberto le había hablado de las escenas vividas por él en la cárcel de San Sebastián.

– Pero… -murmuró el jesuíta.

El señor obispo, doctor Gregorio Lascasas, se levantó y al tiempo que le daba a besar el anillo le dijo:

– Estoy seguro de que realizará usted una magnífica labor.

CAPÍTULO VII

Tal como quedó convenido, Mateo acompañó a Ignacio al Gobierno Civil para presentarle al camarada Dávila y formalizar su incorporación al Servicio de Fronteras.

El Gobernador, advertido de antemano, los estaba esperando en su despacho, situado en el tercer piso del viejo caserón, de modo que el conserje se limitó a llamar a su puerta con los nudillos y a anunciar:

– Ya están aquí.

– ¡Que pasen! -se oyó.

Segundos después los muchachos entraban en el despacho. El Gobernador se había levantado para salir a su encuentro.

– ¡Adelante, amigos! ¡Adelante!

Holgaban las presentaciones. Así que el camarada Dávila, después de saludar a Mateo levantando el brazo, se dirigió a Ignacio y le estrechó con efusión la mano.

– ¡Tenía ganas de conocerte!

– Yo también.

El gobernador dio media vuelta para dirigirse a su mesa, y mientras les indicaba a los muchachos que se sentaran donde mejor les pareciera, le dijo a Mateo:

– ¿Sabes desde qué hora estoy aquí? ¡Desde las siete!

Mateo se rascó la cabeza.

– ¡Ah, claro! La política es homicida.

El Gobernador abrió los brazos con estudiada comicidad.

– Pero nos morimos a gusto ¿verdad?

– Desde luego.

El camarada Dávila se sentó y se disponía a añadir algo, pero en ese momento exacto Mateo, inesperadamente, señaló un jarrón de flores que había en la mesa y preguntó con sobresalto:

– ¿Qué ha pasado aquí, si puede saberse? Sorprendido, el Gobernador miró en aquella dirección. Y soltó una carcajada.

– ¡Qué voy a decirte, mi querido Mateo! María del Mar asegura que huelen bien… Mateo torció el gesto.

– Tú sabrás.

Todos en su lugar, el Gobernador, que sin duda estaba de excelente humor, ofreció cigarrillos a los muchachos, que éstos aceptaron. Era evidente que aquella doble visita le agradaba. Él, como de costumbre, sacó su tubo de inhalaciones y echando la cabeza para atrás lo introdujo sucesivamente en sus fosas nasales y aspiró con voluptuosidad.

Ignacio, muy a pesar suyo, se sentía un poco cohibido. Por fortuna, Mateo echaba con naturalidad bocanadas de humo y ello lo tranquilizó.

El Gobernador depositó el tubo en la mesa y acto seguido, como dando a entender que no tenía prisa, abrió un preámbulo completamente al margen del Servicio de Fronteras. Primero y como hacía invariablemente con los "íntimos", le explicó a Ignacio el significado de un teléfono de color amarillo que tenía en la mesa. "Oficialmente, tengo línea directa con Madrid ¿comprendes? De manera que, cuando algún pelmazo viene a protestar por cualquier tontería, cojo este aparato, marco un número y simulo soltarle cuatro frescas al Ministro de la Gobernación… ¡Con ello el pelmazo se tranquiliza!; y yo también". Luego, y a raíz de un repentino acceso de tos, miró con ceño los cigarrillos que fumaban los dos muchachos y dijo: "He de hablar con tu padre, Mateo. La Tabacalera está sirviendo plantas venenosas". Por último, se refirió al conserje. "Es un tipo original. A los retratos de José Antonio les quita el polvo todos los días. En cambio, a los demás sólo una vez a la semana".

Ignacio, desde su sillón, inspeccionaba al camarada Dávila. Hubiera dado cualquier cosa para que éste se quitara las gafas negras. Sin verle los ojos ¿qué podía opinar? Debía contentarse con admirar su enérgico mentón y su franca sonrisa. Y con oír su voz, bien timbrada.

– ¡Bien, Ignacio! Ya te quitaste el uniforme ¿verdad? Te felicito.

– Muchas gracias.

Ignacio comprendió que le había llegado el turno… En efecto, así fue. El Gobernador, sin abandonar el tono amistoso en que venía hablando, inició el obligado interrogatorio a que debía someterlo. Pero el muchacho se sentía ya a sus anchas, pues sin duda aquel hombre, montañés de pro y primera jerarquía de la provincia, era tal y como se lo habían descrito.

– Si mal no recuerdo, estuviste en Esquiadores ¿verdad?

– Sí. En el Pirineo.

– Pocos tiros, supongo.

– Pocos…

El Gobernador apartó con la diestra una lámpara de mano, que le limitaba el ángulo de visión.

– Mateo me dijo que fuiste seminarista.

– Sí, pero lo dejé.

– ¿Qué te ocurrió?

– Me obligaban a llevar medias negras.

– ¿Cómo? ¿Es verdad eso?

– Y tan verdad. Preferí dedicarme a la Banca…

– ¡A la Banca! Menuda responsabilidad… Ignacio abrió los ojos en expresión socarrona.

– ¡Oh, sí, tremenda! Entré de botones en el Banco Arús. El Gobernador, al oír esto, hizo un gesto que Mateo, que lo conocía, tradujo por Visto Bueno.

– De modo, que conoces a fondo a la Iglesia y al Capitalismo, ¿no es así?

– Así es.

– ¡Muy interesante! En este país es condición absolutamente indispensable.

El diálogo era tan cordial que Ignacio estaba feliz. Pero he ahí que en ese momento, bruscamente, sonó el teléfono… negro. El Gobernador murmuró: "Prefiero el otro…" No obstante, atendió a la llamada, aunque con aire displicente. Algo le comunicarían que le produjo contrariedad. "Conforme, conforme -repitió varias veces-. Iré esta misma tarde. Que me esperen". En cuanto colgó, su expresión se había alterado.

Los dos muchachos quedaron a la espera. El Gobernador permaneció unos segundos ajeno a la situación, repiqueteando en la mesa con el cortapapeles. Mateo le preguntó:

– ¿Ocurre algo?

El Gobernador se encogió de hombros y regresó a la realidad.

– ¡Bah!

Ignacio se movió en el sillón. Entonces el Gobernador se dirigió a él, otra vez en tono amable.

– ¡Bueno! -exclamó-. Me veo obligado a abreviar la entrevista… Así, pues, vamos a resolver lo tuyo, si te parece bien.

Ignacio asintió.

El Gobernador se concentró un instante, juntando los índices y llevándoselos a los labios.

– Me encantará tenerte en Fronteras. De veras, me encantará… -Marcó una pausa-. Mateo te puso ya al corriente de mi proyecto ¿no?

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