Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
Apenas se dan cuenta de que me despido porque Maya le está contando que ha perdido a su representante y a su novio y que escribe libros de misterio sin misterio.
Cuando me marcho, están discutiendo sobre el potencial cómico de envenenar a una anoréxica. Maya tiene una nueva idea para un libro y me alegra decir que no es una novela de amor.
La letra pequeña
Jane culpa de todo a las inyecciones de botox.
– Antes era fácil saber qué estaba tramando Marguerite. Veías esas arrugas entre sus pobladas cejas y sabías que estaba a punto de clavarte un cuchillo en la espalda. Cuando fruncía el entrecejo significaba una mezquina venganza y cuando lo arrugaba del todo, estaba tramando tu ruina. Ahora, gracias a la ciencia moderna, es imposible saber qué es lo que piensa -dice, desdeñosa, como si la ciencia moderna no le quitase las patas de gallo cada seis meses-. Por eso te necesito.
– ¿A mí? -pregunto, mirando hacia la puerta. Aquí se trama algo. Aquí se trama algo muy desagradable. Lo sé porque a Jane le brillan los ojos y está… sonriendo. Jane McNeill sólo sonríe cuando está a punto de cargarse a alguien.
– Tú serás mis ojos y mis oídos. Quiero que no te separes de ella, pero sin que lo note. Quédate en la puerta de su despacho cuando hable por teléfono. Mira en su escritorio, echa un vistazo a sus archivos, consigue la contraseña de su ordenador. Ve tras ella cuando salga a comer…
Yo estoy tomando notas, pero no tengo intención de hacer nada de eso. A pesar de lo que Jane cree, yo no soy «su hombre en La Habana».
– Llama a George. Él te pondrá en contacto con la persona adecuada.
George vive en una cabaña en Montana y escribe una columna mensual sobre nuevas tecnologías.
– ¿George?
Jane asiente con la cabeza.
– Está escribiendo un artículo sobre la seguridad de las estrellas. Él te dirá dónde puedes comprar un equipo de escucha. Págalo con la tarjeta de crédito y cárgalo a la revista.
– Muy bien -asiento yo, como si comprar equipos ilegales de espionaje fuese lo primero en mi lista de cosas que hacer.
Llamaré a George por si acaso Jane me está controlando, pero no tengo ninguna intención de pasarme el día recorriendo Nueva York en busca de diminutos micrófonos que caben por el ojo de una aguja. Lo que haré, para pacificarla, será esperar unos días y después contarle una intriga inventada.
– Quiero informes diarios -sigue la directora de Fashionista. Llevo aquí veinticuatro minutos y lo único que he hecho es anotar órdenes-. Prepara una reunión con Anita, envía un fax a la galería Karpfinger…
En los últimos días me he convertido en el aide de camp de Jane. A pesar de mi reciente título de editora, he sido relegada a la posición de ayudante. Así es como Jane trata a la gente cuya alma cree poseer.
– Quiero saberlo todo sobre Marguerite. Ahora que se ha enterado de que vamos a llevar a cabo su idea sobre Marshall, estará rabiosa -dice, tan complacida por la imagen de Marguerite como un furioso toro de lidia que no puede evitar otra sonrisa-. Bueno, ya está. Tengo cosas que hacer y me estás entreteniendo.
Cuando salgo del despacho, Jackie aparenta leer un informe, pero en realidad está calculando los minutos que llevo en el despacho de su jefa. Cree que quiero su puesto. La idea de que alguien quisiera volver a trabajar con Jane es tan absurda que me hace sonreír. Pero Jackie piensa que es una sonrisa de triunfo y siento su amarga mirada clavada en mi espalda.
Sólo es otra cita
Alex quiere saber por qué sigo en Fashionista.
Durante cuarenta y cinco minutos me escucha pacientemente hablar sobre la maldad de Jane, la pasividad de Dot y el desastre al que ha quedado reducida mi vida en estos cinco años. Entonces inclina un poco la cabeza, me examina calladamente y hace la pregunta lógica:
– ¿Por qué lo soportas? ¿Por qué te dedicas a regar y mimar las semillas de tu descontento?
– Hombre, regar y mimar…
– Tú sabes por qué sigo yo en Fashionista. ¿Por qué sigues tú?
Hay varias respuestas a esa pregunta y yo las considero todas cuidadosamente mientras espero que el camarero nos traiga la cena. La respuesta más sincera es que soy una criatura inerte. La otra, es que no sé qué quiero hacer con mi vida.
La verdad es que me da miedo cambiar, me da miedo ir de la sartén al fuego. Pero no quiero decirle eso. Alex es demasiado nuevo para mí. Su olor, su risa, cómo me besa en la mejilla… todo eso es nuevo y reciente y no quiero estropearlo. No quiero revelarle que soy inerte, pasiva y miedosa. Aunque Alex es emocionalmente inalcanzable y no tenemos futuro, estoy intentando dar una buena impresión.
– ¿Has oído hablar de Pieter van Kessel?
Le cuento entonces mi idea de un artículo anual para seguir su proceso hasta el éxito. Parece que estoy cambiando de tema, pero no es cierto. Van Kessel es la razón por la que sigo en Fashionista. No sólo necesito trabajar en una atmósfera laboral más agradable, no sólo necesito librarme del despotismo de Jane. Gracias a los seis millones de términos de referencia de mi amiga Maya, se me ha caído la venda de los ojos y estoy deseando darle al mundo algo más que una lista de los mejores champús. Y por eso Marguerite es una esperanza.
– Suena bien -dice Alex cuando termino de venderle la versión de una Vig creativa y llena de recursos-. Y no creo que Jane esté interesada. Cuando empecé a trabajar en Fashionista intenté colar exposiciones y fiestas de artistas de vanguardia, pero ella me dio el alto enseguida.
El camarero nos trae las hamburguesas y una bandeja humeante de patatas fritas. Estamos en un mugriento bar del East Village donde sirven las mejores hamburguesas de todo Manhattan. Es la primera vez que traigo a Alex a uno de mis sitios favoritos; las otras citas fueron planeadas por él.
No sé por qué, pero esta mañana me he despertado con ganas de compartir algo de lo mío.
– ¿Por eso decidiste volver a la universidad para estudiar arquitectura?
– No, a mí Jane me da igual. Como sabes, yo disfruto de unas condiciones laborales inmejorables.
– ¿Y cuándo se te ocurrió el taimado plan de escaquearte?
– No lo sé. Empecé a tomar unas clases casi por curiosidad, porque las pagaba la revista, y un profesor de diseño me dijo que podría ser un buen arquitecto. Entonces empecé a compaginar las clases con la revista… pero fueron unos años terribles, estaba agotado. Hasta que llegó Delia. ¿Y tú?
Como yo no estoy estudiando arquitectura y no tengo una Delia que me haga el trabajo, no sé qué quiere saber.
– ¿Yo qué?
– ¿Cómo acabaste en Fashionista?
– No sabía qué quería cuando terminé la carrera. Llegué aquí desde Missouri con mis dos maletas y mi fabuloso curriculum del Bierlyville Times y sólo sabía que quería trabajar en un sitio lleno de glamour. Fashionista fue como un sueño para mí.
– Cuidado con lo que deseas…
Yo sonrío como si fuera muy sabia, pero no le cuento la parte más embarazosa, que había creído que el glamour se pegaba, como el polvo de estrellas, con sólo acercarte a él.
– Así que el Bierlyville Times, ¿eh?
No hay mucho que contar. Bierlyville, 1.244 habitantes, la mitad de ellos descendientes de los plantadores de maíz que fundaron el pueblo en 1873. Aunque Alex y yo nos hemos visto mucho durante las últimas dos semanas, es la primera vez que hablamos de nuestro pasado. Eso es lo que pasa con hombres emocionalmente inalcanzables… si no tienes pasado, no puedes tener futuro.
– Sólo había un semáforo en medio del pueblo y únicamente reparabas en él cuando te estabas examinando para sacar el permiso de conducir. El resto del tiempo era un objeto decorativo.
Termino de hablarle sobre mis humildes orígenes y Alex me cuenta historias de su infancia en Nueva Jersey. Es encantador y, cuando terminamos de cenar, insiste en pagar la cuenta. Y me acompaña a casa, de la mano.