El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Sí -dijo-. Hoy se ha solucionado.
Dio una calada al cigarrillo y volvió la cabeza para exhalar el humo, ocultando así su cara.
– ¿Y? Vaya pregunta. Vas vestida para ir a trabajar, así que habrá ido bien.
– Exacto. -Barbara le dedicó una sonrisa falsa-. Muy bien. Aún conservo mi empleo, aún continúo en el dic, aún no me han quitado la pensión.
Había perdido la confianza de la única persona que contaba para ella en el Yard, pero no lo dijo. Tal vez nunca fuese capaz de confesarlo.
– Eso está bien -dijo Azhar.
– Sí. Es lo mejor.
– Me alegra saber que lo sucedido en Essex no te ha afectado en Londres.
Una vez más, su mirada penetrante, los ojos oscuros como dos gotas de chocolate en un rostro de piel castaña, sin una arruga a los treinta y cinco años.
– Sí, bueno. No ha pasado nada. Todo ha salido a pedir de boca.
Azhar asintió, desvió la vista por fin y miró el cielo. Las luces de Londres ocultarían las estrellas de la noche, salvo las más brillantes, que se verían a través de la gruesa capa de contaminación que ni siquiera la creciente oscuridad podía disipar.
– De niño, encontraba mi mayor consuelo cuando llegaba la noche -dijo en voz baja-. En Pakistán, mi familia dormía de la manera tradicionaclass="underline" los hombres juntos, las mujeres juntas. De noche, en compañía de mi padre, mi hermano y mis tíos, siempre creía que estaba a salvo de todo, pero perdí esa sensación cuando me hice adulto en Inglaterra. Lo que había sido tranquilizador se convirtió en una vergüenza de mi pasado. Descubrí que solo podía recordar los ronquidos de mi padre y mis tíos, y el olor de las ventosidades de mis hermanos. Durante algún tiempo, cuando viví solo, pensé que era estupendo estar lejos de ellos por fin, tener la noche para mí solo y la persona con quien quisiera compartirla. Así viví durante un tiempo. Pero ahora me gustaría volver a las viejas costumbres, ya que a pesar de las cargas y los secretos, siempre existía la sensación, al menos de noche, de que nunca tenías que aguantarlas o guardarlos solo.
Había algo confortable en sus palabras, y Barbara deseó aceptar la invitación a la franqueza que implicaban, pero se reprimió.
– Quizá Pakistán no prepara a sus hijos para la realidad del mundo.
– ¿Qué realidad es esa?
– La que nos dice que todos estamos solos.
– ¿Crees que eso es verdad, Barbara?
– No lo creo. Lo sé. Utilizamos las horas diurnas para escapar de nuestras horas nocturnas. Trabajamos, jugamos, nos mantenemos ocupados. Pero cuando llega la hora de dormir, nos quedamos sin distracciones. Incluso cuando estamos en la cama con alguien, el fingir que dormimos cuando no podemos basta para comprobar que solo nos tenemos a nosotros.
– ¿Habla la experiencia o la filosofía?
– Ni una ni otra. Es así.
– Pero no debería serlo.
Las alarmas se dispararon fugazmente en el cerebro de Barbara. Si el comentario lo hubiera formulado otro individuo, lo habría interpretado como un intento de ligue, pero su historia personal demostraba que no era la clase de mujer a la que los hombres intentaban ligar. Además, pese a que hubiera gozado de uno de sus raros momentos de encanto sensual, este no era uno de ellos. De pie en la oscuridad, con un traje de hilo arrugado que le prestaba la apariencia de un sapo travestido, sabía muy bien que no era un ejemplo de atractivo.
– Sí, bueno. Da igual -dijo. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el zapato-. Buenas noches -añadió-. Espero que disfrutes con la sirena. Y gracias por el cigarrillo. Lo necesitaba.
– Todo el mundo necesita algo. -Azhar volvió a buscar en el bolsillo de la camisa. Barbara pensó que iba a ofrecerle otro cigarrillo, pero en cambio le tendió una hoja de papel doblada-. Un caballero vino a buscarte antes, Barbara. Me pidió que te entregara esta nota. Intentó encajarla en tu puerta, pero no lo logró.
– ¿Un caballero?
Barbara solo conocía a un hombre a quien un desconocido aplicaría ese calificativo. Cogió el papel, sin atreverse a albergar esperanzas. Hizo bien, porque la letra de la nota, una hoja arrancada de una libreta de espirales, no era la de Lynley. Leyó las siete palabras: llámame al busca en cuanto recibas esto. A continuación, un número. No había firma.
Barbara volvió a doblar la nota. Se fijó en lo que había escrito por la parte de fuera, en lo que Azhar habría visto, interpretado y comprendido en cuanto la recibió. ad havers, se leía en mayúsculas. A de agente. Por lo tanto, Azhar lo sabía.
Le miró a los ojos.
– Parece que vuelvo al ruedo -dijo con tanta entereza como pudo reunir-. Gracias, Azhar. ¿Dijo ese tipo dónde estaría esperando la llamada?
Azhar negó con la cabeza.
– Solo dijo que no me olvidara de entregarte el mensaje.
– De acuerdo. Gracias.
Se despidió con un gesto y dio media vuelta.
Azhar la llamó con tono perentorio. Ella se volvió.
– ¿Puedes decirme…? -empezó Azhar, pero luego calló. Volvió la vista hacia ella, como si le costara un gran esfuerzo.
– ¿Decirte qué? -preguntó Barbara, si bien notó un escalofrío de aprensión cuando pronunció las palabras.
– Decirme… ¿cómo está tu madre?
– ¿Mamá? Bien… Es un completo desastre en lo tocante a rompecabezas, pero por lo demás creo que está bien.
Él sonrió.
– Me alegra saberlo.
Dijo buenas noches en voz baja y entró en la casa.
Barbara continuó hasta su vivienda, una pequeña casa que se alzaba al fondo del jardín trasero. Protegida por las ramas de una vieja acacia, no era más grande que un cobertizo provisto de las comodidades modernas. Una vez dentro, se quitó la chaqueta de hilo, dejó el collar de perlas falsas sobre la mesa, que tanto servía para comer como para planchar, y se acercó al teléfono. No había mensajes en el contestador. No le sorprendió. Tecleó el número del busca, marcó su número y esperó.
Cinco minutos después, alguien llamó. Esperó cuatro timbrazos dobles antes de contestar. No había motivos para parecer desesperada, pensó.
Era Winston Nkata quien la llamaba, y su espalda se enderezó en cuanto oyó su inconfundible voz meliflua, con su mezcla de acentos de Jamaica y Sierra Leona. Estaba en la taberna Load of Hay, en la esquina de Chalk Farm Road, dijo, y estaba terminando un plato de cordero al curry con arroz que «mi madre no pondría nunca en la mesa para su hijo favorito, créeme, pero es mejor que un McDonald's, aunque por poco». En cuanto terminara, se presentaría en su casa.
– Estaré ahí en cinco minutos -dijo, y colgó antes de que ella pudiera decirle que su cara era lo último que deseaba ver.
Barbara masculló una blasfemia y fue a la nevera para picar algo.
Los cinco minutos se convirtieron en diez, y éstos en quince. El hombre no apareció.
Bastardo, pensó Barbara. Una broma estupenda.
Fue al cuarto de baño y abrió la ducha.
Lynley intentó asimilar el hecho asombroso de que Andy Maiden no hubiera dicho a su mujer que su hija había sido víctima de un crimen. Como Calder Moor era un lugar plagado de sitios donde sufrir accidentes, el ex colega de Lynley había dejado que su esposa creyera que su hija se había matado de resultas de una caída.
Cuando averiguó la verdad, Nan Maiden se derrumbó. No lloró, ya fuera porque estaba conmocionada, demasiado abrumada por el dolor para comprender, o en plena posesión de sus facultades mentales. Se limitó a murmurar un guturaclass="underline"
– Oh Dios, oh Dios, oh Dios.
El inspector Hanken comprendió al instante el significado de su reacción y observó a Andy Maiden con antipatía. De todos modos, no hizo preguntas. Como buen policía, sabía esperar.
Maiden también esperó. Aun así, aparentó llegar a la conclusión de que debía dar algún tipo de explicación por su incomprensible conducta.