Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Acudir al baile de los Worthington era el colmo de la locura, y lo más estúpido que podía hacer. Pero no podía romper la promesa que le había hecho, aunque hacerlo fuera lo mejor para ella.
Demonios, aquello era lo último que necesitaba ahora mismo.
Volvió a leer la nota. Le había prometido que bailaría con ella si no tenía pareja de baile, ¿verdad? Bueno, eso no debería ser un problema. Sólo tendría que asegurarse de que tuviera tantos candidatos que no supiera qué hacer con ellos. Sería la reina del baile.
Suponía que, puesto que tenía que asistir a ese maldito baile, debería aprovechar para examinar a las jóvenes viudas. Con un poco de suerte, Miranda vería lo que le interesaba y se daría cuenta de que ella tenía que interesarse por otras cosas.
Hizo una mueca. No le gustaba la idea de enfurecerla. Esa chica le caía bien. Siempre le había caído bien.
Meneó la cabeza. No iba a enfurecerla. Al menos, no demasiado. Además, se lo compensaría.
«La reina del baile», se recordó mientras subía al carruaje y se preparaba para lo que, sin duda, iba a ser una noche difícil.
La reina del baile.
Olivia vio a Turner en cuanto entró en el salón.
– Mira -dijo, dándole un codazo a Miranda-. Ha llegado mi hermano.
– ¿Ah, sí? -respondió Miranda, casi sin aliento.
– Mmm-hmm. -Olivia se irguió y frunció el ceño-. Ahora que lo pienso, hace mucho que no lo veía. ¿Y tú?
Miranda meneó la cabeza casi sin querer mientras estiraba el cuello para intentar verlo.
– Está allí hablando con Duncan Abbott -informó Olivia-. Me pregunto de qué estarán hablando. Al señor Abbott le interesa la política.
– ¿Sí?
– Sí. Me gustaría mucho mantener una conversación con él, pero seguramente no querría hablar de política con una mujer. Absurdo.
Miranda estaba a punto de expresar que estaba de acuerdo con ella cuando Olivia volvió a fruncir el ceño e, irritada, añadió:
– Y ahora está hablando con lord Westholme.
– Olivia, puede hablar con quien quiera -dijo Miranda, pero, en el fondo, a ella también la molestaba que no se hubiera acercado a ellas.
– Lo sé, pero primero debería venir a saludarnos. Somos su familia.
– Bueno, al menos tú.
– No seas tonta. Tú también eres de la familia, Miranda. -Olivia colocó la boca formando una «o», furiosa-. ¿Te has fijado? Ahora se ha ido hacia el otro lado.
– ¿Quién es el hombre con quien está hablando? No lo conozco.
– El duque de Ashbourne. Un hombre terriblemente apuesto, ¿no te parece? Creo que ha estado de viaje. De vacaciones con su esposa. Dicen que están muy enamorados.
A Miranda le pareció positivo oír que al menos un matrimonio de la alta sociedad era feliz. Sin embargo, Turner no estaba por la labor de pedir su mano si ni siquiera se molestaba en cruzar un salón para saludarla. Frunció el ceño.
– Disculpe, lady Olivia, creo que es mi baile.
Olivia y Miranda levantaron la vista. Un joven apuesto de cuyo nombre ninguna de las dos se acordaba estaba frente a ellas.
– Por supuesto -se apresuró a responderle Olivia-. Soy una tonta por haberlo olvidado.
– Creo que iré a buscar un vaso de limonada -dijo Miranda, con una sonrisa. Sabía que a Olivia siempre le dolía irse a bailar y dejarla sola.
– ¿Seguro?
– Venga, vete.
Olivia flotó hasta la pista de baile y Miranda se dirigió hacia un lacayo que servía limonada. Como siempre, su carné de baile estaba medio vacío. ¿Y dónde estaba Turner, se preguntó, que había prometido bailar con ella si no tenía con quien hacerlo?
Ese hombre horrible.
En cierto modo, le sentaba bien maldecirlo en silencio, aunque no se lo acabara de creer.
Apenas había recorrido la mitad del trayecto cuando notó una mano masculina en su hombro. ¿Turner? Se volvió, pero la decepción la invadió cuando se encontró frente a un caballero que no conocía, a pesar de que su cara le resultaba familiar.
– ¿Señorita Cheever?
Miranda asintió.
– ¿Me concede el honor de este baile?
– Por supuesto, pero no creo que nos hayan presentado.
– Oh, discúlpeme, por favor. Soy Westholme.
¿Lord Westholme? ¿No era ése el caballero con quien había estado hablando Turner hacía apenas unos minutos? Miranda le sonrió, aunque por dentro estaba furiosa. Nunca había creído demasiado en las coincidencias.
Lord Westholme resultó ser un excelente bailarín y los dos se desplazaron en armonía por la pista. Cuando la música terminó, él realizó una elegante reverencia y la acompañó hasta el perímetro del salón.
– Muchas gracias por este delicioso baile, lord Westholme.
– Soy yo quien debería darle las gracias, señorita Cheever. Espero que podamos repetirlo pronto.
Miranda se dio cuenta de que lord Westholme la había dejado lo más lejos posible de la mesa de la limonada. Cuando le había dicho a Olivia que tenía sed había mentido, pero ahora estaba sedienta. Suspiró y se dio cuenta de que tendría que volver a cruzar el salón. Ni siquiera había dado dos pasos cuando otro elegante caballero soltero apareció frente a ella. A éste lo reconoció de inmediato. Era el señor Abbott, el caballero con tendencia a la política con quien Turner también había estado conversando.
En pocos segundos, Miranda volvía a estar en la pista de baile, y cada vez más irritada.
Y no era culpa de sus parejas de baile. Si a Turner le había parecido necesario sobornar a sus amigos para que bailaran con ella, al menos había elegido a los más apuestos y los más educados. Sin embargo, cuando el señor Abbott ya la acompañaba hasta el perímetro después del baile y vio que el duque de Ashbourne se dirigía hacia ella, desapareció.
¿Acaso Turner creía que no tenía orgullo? ¿Acaso creía que le agradecería que engatusara a sus amigos para que bailaran con ella? Era humillante. Y lo peor era lo que aquel gesto implicaba: que les pedía a todos esos hombres que bailaran con ella porque él ni siquiera podía molestarse en hacerlo. Se le llenaron los ojos de lágrimas y, aterrada ante la idea de echarse a llorar en un salón lleno de gente, se escondió en un pasillo vacío.
Se apoyó en la pared y respiró hondo varias veces. El rechazo de Turner no sólo la hería. Era como una puñalada. Como una bala. Y estaba apuntando con exactitud.
Ahora ya no era como todos aquellos años en que la había visto como a una niña. Entonces, al menos, se consolaba convenciéndose de que no sabía lo que se perdía. Pero ahora lo sabía. Sabía exactamente lo que se estaba perdiendo y le importaba un rábano.
No podía quedarse toda la noche en el pasillo, pero no estaba preparada para regresar a la fiesta, así que salió al jardín. Era un espacio reducido, aunque muy bien proporcionado y decorado con mucho gusto. Se sentó en un banco de piedra en una esquina del jardín, mirando hacia la casa. Unas enormes puertas de cristal conectaban con el salón y, durante un rato, estuvo contemplando a las damas y los caballeros bailar sin parar. Se sorbió la nariz y se sacó un guante para poder sonarse con la mano.
– Mi reino por un pañuelo -dijo, suspirando.
Quizá podría fingir que estaba enferma e irse a casa.
Intentó toser. Quizá, realmente estaba enferma. No tenía sentido quedarse durante el resto del baile. El objetivo era estar preciosa, sociable y atractiva, ¿no? Pues era imposible que lo consiguiera esa noche.
Y entonces vio un destello dorado.
Un destello de pelo dorado, para ser más precisa.
Era Turner. ¿Cómo no? ¿Cómo no iba a ser él cuando ella estaba sentada sola; patética y sola? Turner estaba saliendo por las puertas de cristal.
Y llevaba a una mujer del brazo.
Miranda notó cómo se le formaba un nudo en la garganta y no sabía si reír o llorar. ¿Podría ahorrarse alguna humillación? Con la respiración entrecortada, se deslizó hasta el otro extremo del banco, que quedaba más escondido entre las sombras.