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Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:

La isla misteriosa
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Ning�n obst�culo deten�a, pues, las miradas, que abarcaban el horizonte en una semicircunferencia, desde el cabo hasta el promontorio del Reptil. Al sur, este horizonte, iluminado desde su parte inferior por las primeras claridades de la luna, se destacaba vivamente sobre el cielo y pod�a ser notado con gran exactitud.

En aquel momento la Cruz del Sur se presentaba al observador en posici�n inversa, marcando la estrella Alfa su base, que es la m�s pr�xima al polo austral.

Esta constelaci�n no est� situada tan cerca del Polo Ant�rtico como la estrella Polar lo est� del Polo Artico.

La estrella Alfa est� a unos 27� aproximadamente del primero, pero Ciro Smith lo sab�a y ten�a en cuenta esta distancia para su c�lculo. Tambi�n cuid� de observarla en el momento en que pasaba por el meridiano inferior, lo cual deb�a simplificar su operaci�n.

Dirigi�, pues, una rama de su comp�s de madera sobre el horizonte de mar, y la otra sobre la estrella Alfa, como hubiera hecho con dos anteojos de un c�rculo repetidor, y la abertura de las dos ramas le dio la distancia angular que separaba a la estrella Alfa del horizonte. A fin de fijar de una manera inmutable el �ngulo obtenido, sujet� por medio de espinas las dos tablillas de su aparato sobre una tercera que situ� transversalmente, de suerte que la abertura se mantuviese s�lidamente.

Hecho esto, s�lo faltaba calcular el �ngulo obtenido, trayendo la observaci�n al nivel del mar, de manera que se tomara en cuenta la depresi�n del horizonte, para lo cual era preciso medir la altura de la meseta.

El valor de este �ngulo dar�a as� la altura de la estrella Alfa, y por consiguiente, la del polo por encima del horizonte, es decir, la latitud de la isla, puesto que la latitud de un punto del globo es siempre igual a la altura del polo sobre el horizonte de aquel punto.

La realizaci�n de estos c�lculos se aplaz� para la ma�ana siguiente y a las diez de la noche todos dorm�an profundamente.

14. Se determina la longitud y la latitud de la isla

Al d�a siguiente, 16 de abril, domingo de Pascua, los colonos sal�an de las Chimeneas al amanecer y proced�an al lavado de su ropa interior y a la limpieza de sus vestidos. El ingeniero pensaba hacer jab�n cuando hubiera obtenido las materias necesarias para la saponificaci�n, sosa o potasa, y grasa o aceite. La cuesti�n de la renovaci�n del

guardarropa deb�a ser tratada en tiempo y lugar oportunos. En todo caso, los vestidos pod�an durar a�n seis meses m�s, porque eran de tela fuerte y pod�an resistir el desgaste de los trabajos manuales. Pero todo depend�a de la situaci�n de la isla respecto de las tierras habitadas, situaci�n que deb�a determinarse aquel mismo d�a, si lo permit�a el tiempo.

El sol, levant�ndose sobre un horizonte puro, anunciaba un d�a magn�fico, uno de esos hermosos d�as de oto�o, que son como la �ltima despedida de la estaci�n calurosa.

Hab�a que completar los elementos de las observaciones hechas la v�spera midiendo la altura de la meseta de la Gran Vista sobre el nivel del mar.

-��No necesitar� usted un instrumento an�logo al que le sirvi� ayer? pregunt� Harbert al ingeniero.

-�No, hijo m�o, no -contest� �ste-. Vamos a proceder de otro modo y de una manera casi tan exacta.

Harbert, que gustaba de instruirse en todo, sigui� al ingeniero, el cual se apart� del pie de la muralla de granito bajando hasta el extremo de la playa, mientras Pencroff, Nab y el corresponsal se ocupaban en diversos trabajos.

Ciro Smith se hab�a provisto de una especie de p�rtiga de unos doce pies de longitud, que hab�a medido con la exactitud posible, compar�ndola con su propia estatura, cuya altura conoc�a poco m�s o menos. Harbert llevaba una plomada que le hab�a dado el ingeniero, es decir, una simple piedra atada al extremo de una hebra flexible.

Al llegar a veinte pies del extremo de la playa, a unos quinientos pies de la muralla de granito, que se levantaba perpendicularmente, Ciro Smith clav� la p�rtiga uno o dos pies en la arena, calz�ndola con cuidado, y por medio de la plomada consigui� ponerla perpendicularmente al plano de horizonte.

Hecho esto, retrocedi� la distancia necesaria para que, echado sobre la arena, el rayo visual, partiendo de su ojo derecho, rozase a la vez el extremo de la p�rtiga y la cresta de la muralla. Despu�s marc� cuidadosamente aquel punto con un jal�n peque�o.

-��Conoces los primeros principios de la geometr�a? -dijo luego, dirigi�ndose a Harbert.

-�Un poco, se�or Ciro -contest� el joven, que no quer�a comprometerse demasiado.

-��Recuerdas bien las propiedades de dos tri�ngulos semejantes? -S� -contest� Harbert-. Sus lados hom�logos son proporcionales. -Pues bien, hijo m�o, acabo de construir dos tri�ngulos semejantes, ambos rect�ngulos: el primero, el m�s peque�o, tiene por lados la p�rtiga perpendicular, la distancia que separa el jal�n del extremo inferior de la p�rtiga y el rayo visual por hipotenusa; el segundo tiene por lados la muralla perpendicular, cuya altura se trata de medir, la distancia que separa el jal�n del extremo inferior de esta muralla y mi rayo visual, que forma igualmente su hipotenusa, la cual viene a ser la prolongaci�n de la del primer tri�ngulo.

-��Ah!, se�or Ciro, ya comprendo -exclam� Harbert-. As�, como la distancia del jal�n a la base de la p�rtiga es proporcional a la distancia del jal�n a la base de la muralla, del mismo modo la altura de la p�rtiga es proporcional a la altura de esa muralla.

-�Eso es, Harbert -contest� el ingeniero-, y, cuando hayamos medido las dos primeras distancias, conociendo la altura de la p�rtiga, no tendremos que hacer m�s que un c�lculo de proporci�n, el cual nos dar� la altura de la muralla y nos evitar� el trabajo de medirla directamente.

Tomaron las dos distancias horizontales por medio de la p�rtiga, cuya longitud sobre la arena era exactamente de diez pies. La primera distancia era de quince pies, que mediaban entre el jal�n y el punto en que la p�rtiga estaba metida en la arena.

La segunda distancia entre el jal�n y la base de la muralla era de quinientos pies.

Terminadas estas medidas, Ciro y el joven volvieron a las Chimeneas.

All� el ingeniero tom� una piedra plana que se hab�a llevado en sus precedentes excursiones, especie de pizarra sobre la cual era f�cil trazar n�meros con una almeja, y estableci� la proporci�n siguiente:

15:500::10:x 500 X 10 = 5.000 5.000 = 333'33

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Qued�, pues, averiguado que la muralla de granito med�a 333 pies de altura.

Ciro Smith tom� entonces el instrumento que hab�a hecho la v�spera, y cuyas dos ramas, por su separaci�n, le daban la distancia angular de la estrella Alfa al horizonte. Midi� exactamente la abertura de aquel �ngulo en una circunferencia que dividi� en trescientas partes iguales. Ahora bien, aquel �ngulo era de diez grados; luego la distancia angular total entre el polo y el horizonte, a�adi�ndose los 27� que separan a Alfa del Polo Ant�rtico, y reduciendo al nivel del mar la altura de la meseta sobre la cual se hab�a hecho la observaci�n, era de 37�. Ciro Smith dedujo que la isla de Lincoln estaba situada en el grado 37 de latitud austral, o teniendo en cuenta, a causa de la imperfecci�n de los instrumentos, un error de cinco grados, deber�a estar situada entre el paralelo 35 y el 40.

Faltaba obtener la longitud para completar las coordenadas de la isla, y esto fue lo que se propuso el ingeniero determinar a las doce del mismo d�a, es decir, en el momento en que el sol pasara por el meridiano.

Se decidi� que aquel domingo se emplear�a en un paseo, o m�s bien en una exploraci�n de aquella parte de la isla situada entre el norte del lago y el golfo del Tibur�n, y que, si el tiempo lo permit�a, se extendiera el reconocimiento hasta la vuelta septentrional del cabo Mand�bula Sur; se almorzar�a en las dunas y no regresar�an hasta la tarde.

A las ocho y media de la ma�ana, la peque�a caravana segu�a la orilla del canal. Del otro lado, en el islote de la Salvaci�n, muchas aves se paseaban. Eran somorgujos de la especie llamada maneos, que se distinguen perfectamente por su grito desagradable, algo parecido al rebuzno de asno. Pencroff no las consideraba sino desde el punto de vista comestible, y supo, con cierta satisfacci�n, que su carne, aunque negruzca, era bastante apetitosa. Arrastr�ndose por la arena se pod�an ver tambi�n grandes anfibios, focas sin duda, que parec�an haber elegido el islote como refugio. No era posible examinar aquellos animales desde el punto de vista alimenticio, porque su carne aceitosa es p�sima; sin embargo, Ciro Smith observ� con atenci�n y, sin descubrir sus ideas, anunci� a sus compa�eros que pr�ximamente har�an una visita al islote.

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