La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Lo primero que fabricaron los colonos fue una vajilla de barro muy a prop�sito para la cocci�n de alimentos. La primera materia fue la arcilla del suelo, con la cual Smith mezcl� un poco de cal y de cuarzo. En realidad aquella pasta constitu�a el verdadero barro de pipa, y con ella se hicieron pucheros, tazas, para las cuales sirvieron de molde varios cantos de formas convenientes, grandes jarros, c�ntaros y cubetes para contener el agua, etc. La forma de estos objetos era defectuosa y fea, pero, despu�s que se hubieron cocido a una alta temperatura, la cocina de las Chimeneas se hall� provista de cierto n�mero de utensilios tan preciosos, como si hubiera entrado en su composici�n el m�s hermoso caol�n.
Aqu� debemos advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla as� preparada justificaba su nombre de barro de pipa, se fabric� algunas pipas bastante burdas, que hall� admirables, y a las cuales no faltaba m�s que el tabaco. Esta era una gran privaci�n para Pencroff.
"Pero el tabaco vendr� como todas las cosas", repet�a para s� en sus momentos de confianza absoluta.
Los trabajos que hemos rese�ado duraron hasta el 15 de abril y no se puede decir que perdieron el tiempo. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron m�s que vajilla de cocina.
Cuando conviniese a Ciro Smith transformarlos en herreros, ser�an herreros. Pero siendo el d�a siguiente domingo, y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel d�a con el descanso. Aquellos norteamericanos eran hombres religiosos, fieles observadores de los preceptos de la Biblia, y la situaci�n en que se encontraban no pod�a menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las cosas.
En la noche del 15 de abril volvieron todos a las Chimeneas. El resto de vajilla fue llevado a su sitio y el horno se apag�, esperando un nuevo destino. La vuelta fue se�alada por un incidente afortunado: el descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia que pod�a reemplazar la yesca.
Esta sustancia esponjosa y aterciopelada proviene de ciertos hongos del g�nero pol�poro. Convenientemente preparada es muy inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de p�lvora o cocida en una disoluci�n de nitrato o clorato de potasa. Pero hasta entonces no se hab�a encontrado ninguno de aquellos pol�poros ni de otros hongos que pudieran reemplazarlos.
Aquel d�a el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del g�nero artemisa, que cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estrag�n, el jengibre, etc., arranc� varios tallos y, present�ndolos al marinero, le dijo:
-�Tome, Pencroff, esto le va a poner contento.
Pencroff mir� atentamente la planta revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un suave vello parecido al algod�n.
-��Y qu� es esto, se�or Ciro? -pregunt�-. �Bondad del cielo! �Es tabaco?
-�No -respondi� Ciro-, es artemisa china para los sabios y para nosotros ser� yesca.
En efecto, aquella artemisa convenientemente desecada, dio una sustancia inflamable, sobre todo cuando el ingeniero la hubo impregnado de aquel nitrato de potasa que la isla ten�a en abundancia en muchas capas, y que no era m�s que el salitre.
Aquella noche todos los colonos, reunidos en la habitaci�n central, cenaron convenientemente; Nab hab�a preparado un guisado de agut� y jam�n de cabiay aromatizado, al cual se unieron tub�rculos cocidos del Caladium macrorhizum, especie de planta herb�cea de la familia de las ar�ceas, y que bajo la zona tropical habr�a tenido una forma arborescente. Aquellos rizomas ten�an un excelente sabor, eran muy nutritivos y semejantes a la sustancia que se vende en Inglaterra bajo el nombre de sag� de Portland, pudiendo en cierto modo reemplazar el pan, del que estaban enteramente privados los colonos de la isla Lincoln.
Terminada la cena, y antes de entregarse al sue�o, Ciro Smith y sus compa�eros salieron a tomar el aire por la playa. Eran las ocho de la noche, noche que se anunciaba magn�fica. La luna, que hab�a entrado en el plenilunio cinco d�as antes, no hab�a aparecido a�n, pero el horizonte se argenteaba ya con esos matices suaves y p�lidos que podr�an llamarse el alba lunar. En el cenit austral las constelaciones circumpolares resplandec�an, y entre todas, aquella Cruz del Sur, a la cual el ingeniero, pocos d�as antes, saludaba desde la cima del monte Franklin.
Ciro Smith observ� la espl�ndida constelaci�n, que tiene en su cima y en su base dos estrellas de primera magnitud, en el brazo izquierdo una estrella de segunda, y en el derecho una de tercera.
Despu�s de haber reflexionado, pregunt� a Harbert: -�No estamos a 15 de abril?
-�S�, se�or -contest� el joven.
-�Pues bien, si no me equivoco, ma�ana ser� uno de los cuatro d�as del a�o en los cuales el tiempo verdadero se confunde con el tiempo medio, es decir, ma�ana, con corta diferencia de segundos, el sol pasar� por el meridiano precisamente cuando los relojes se�alen las doce. Si el tiempo es bueno, creo que podr� obtener la longitud de la isla con una aproximaci�n de pocos grados.
-��Sin instrumentos ni sextante? -pregunt� Gede�n Spilett.
-�S� -continu� el ingeniero-. Ya que la noche es tan clara, voy a ver ahora mismo si puedo obtener su latitud calculando la altura de la Cruz del Sur, es decir, del polo austral, por encima del horizonte. Ya comprender�n ustedes, amigos m�os, que antes de emprender los trabajos de una instalaci�n en regla, no basta haber averiguado que esta tierra es una isla, sino que es necesario hacer lo posible por averiguar a qu� distancia est� situada, tanto del continente americano, como del australiano, como de los principales archipi�lagos del Pac�fico.
-�En efecto -dijo el corresponsal-, en vez de construir una casa, puede ser preferible construir un buque, si por ventura no estuvi�semos m�s que a un centenar de millas de alguna costa habitada.
-�Por eso mismo -repuso Ciro Smith-voy a tratar de obtener esta noche la latitud de la isla Lincoln, y ma�ana al mediod�a procurar� averiguar la longitud.
Si el ingeniero hubiera podido disponer de un sextante, aparato que permite medir con exactitud la distancia angular de los objetos por reflexi�n, la operaci�n no habr�a ofrecido dificultad alguna. Aquella noche, por la altura del polo, y al d�a siguiente por el paso del sol por el meridiano, habr�a tenido las coordenadas de la isla; pero faltando el aparato, era necesario suplirlo de otro modo.
Ciro Smith volvi� a las Chimeneas, y all�, al resplandor del hogar, cort� dos reglas y uni� una a otra por uno de sus extremos, de manera que formasen una especie de comp�s, cuyos extremos pudieran abrirse o cerrarse. El punto de uni�n estaba fijo por medio de una fuerte espina de acacia que Ciro tom� de la le�a seca.
Terminado el instrumento, volvi� el ingeniero a la playa, y como era preciso tomar la altura del polo por encima de un horizonte netamente marcado, es decir, de un horizonte de mar, y como el cabo de la Garra le ocupaba el horizonte del sur, tuvo que ir en busca de una estaci�n m�s a prop�sito. La mejor hubiera sido sin duda el litoral expuesto directamente al sur, pero hab�a que atravesar el r�o de la Merced, entonces muy profundo, y �sta era una dificultad grave.
Por consiguiente, Ciro Smith resolvi� hacer una observaci�n desde la meseta de la Gran Vista, reserv�ndose tomar su altura sobre el nivel del mar; altura que pensaba calcular al d�a siguiente por medio de un simple procedimiento de geometr�a elemental.
Los colonos se trasladaron a la meseta subiendo por la orilla izquierda del r�o de la Merced y se colocaron en el l�mite que se orientaba al nordeste y sudeste, es decir, en la l�nea de rocas caprichosamente cortadas que formaban la orilla del r�o.
Aquella parte de la meseta dominaba en unos cincuenta pies las alturas de la orilla derecha, que bajaban por una doble pendiente hasta el extremo del cabo de Garra y hasta la costa meridional de la isla.