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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El padre Forteza, al ser expulsada de España la Compañía de Jesús, pasó una temporada en Roma, donde cursó estudios bíblicos, y luego se fue a Alemania, a Heidelberg. En Heidelberg vivió rodeado de libros, cuyas márgenes solía acotar con pintorescos comentarios. Al llegar a Gerona tuvo dos sorpresas. La primera, que la necesaria reconstrucción de la fábrica Soler se efectuara en el mismo sitio que ocupaba antes, en el centro del casco urbano. "¿No era la ocasión para destinar el solar a jardín? A esta ciudad le faltan zonas verdes". La segunda que circulara por todas partes tanta propaganda nazi. Los primeros muchachos que acudieron a él, y que constituirían el fermento de su gran obra, las Congregaciones Marianas, recibían la revista 'Signal', la revista 'Aspa' y toda clase de folletos. "Pero -les preguntaba el padre Forteza- ¿es que el Gobierno Español no está enterado de que, exactamente el 10 de abril de 1937, Pío XI condenó oficialmente el nazismo? ¿Y no está enterado de que Hitler persigue a los católicos?". Los muchachos, entre los que figuraban, además de Estrada, Pablito, hijo del Gobernador; Enrique Ferrándiz, hijo del Jefe de Policía; Ramón Montenegro, hijo del Director del Banco de España, etcétera, se encogían de hombros. No se les escapaba la contradicción, pero ¿qué hacer? Estaban influidos por la arrolladura ofensiva desencadenada en España por el Führer y sus seguidores. "Alemania empuja ¿no es cierto, padre? Trae un aire nuevo". El padre Forteza asentía, estupefacto y murmuraba: "Ya…"

Según mosén Falcó, joven sacerdote nombrado consiliario de Falange, y que formaba parte de la Comisión Depuradora del Magisterio, la clave del éxito apostólico obtenido en pocas semanas por el padre Forteza se debía a la sabia combinación de ironía y piedad. No era fácil encontrar un hombre tan entregado a Dios y que al mismo tiempo supiera hacer el payaso. Así como Galindo, el funcionario de Obras Públicas, caricaturizaba con los signos de su máquina de escribir los rasgos faciales de la gente, el jesuíta imitaba sus gestos y sus posturas, incluyendo los de sus superiores jerárquicos. A mosén Alberto, por ejemplo, lo parodió muy pronto con extrema facilidad, a base de levantar coquetonamente la cabeza, de simular que se cambiaba de brazo el manteo y de tomar cualquier taza irguiendo el dedo meñique. Del profesor Civil hacía una auténtica creación, encorvándose un poco, mirando por encima de las gafas y echando a andar saludando con timidez a derecha y a izquierda. Y un día en que Mateo fue a visitarlo, para pedirle que diera una charla en el local de las Organizaciones Juveniles, el muchacho se quedó perplejo cuando el padre Forteza, al término de la conversación, le mostró la uña del pulgar derecho, en la que llevaba dibujadas con tinta china las cinco flechas. "¿Qué te parece? -le preguntó el jesuíta-. ¿Son así, o he cometido algún error?". Mateo se rió, recordando que Pilar acostumbraba a dibujarse en la misma uña una cara de monja. La expresión plástica de la personalidad del padre Forteza era su celda, en la que recibía a los congregantes. Tenía un aspecto revoltoso y deportivo que hubiera sacado de quicio al rígido Cosme Vila. Libros en desorden, un pajarito amarillo en una jaula, objetos mil y ropa tendida a secar. En efecto, siempre colgaban de una cuerda tensa, atada a la ventana, calcetines y pañuelos, pues el padre Forteza gustaba de lavarse él mismo esas prendas en el lavabo. Más de una vez había oído en confesión mientras lavaba una camisa. Porque el padre Forteza se negó desde el primer momento a confesar a los chicos en el confesonario. "El confesonario es para las mujeres, que no hacen más que contar chismes. Vosotros en mi celda, dándome la cara y recitando los pecados en voz alta, que es lo que os hará rabiar". La celda del padre Forteza cobró pronto tal celebridad que no faltaron muchachos que se inventaron graves culpas con el solo objeto de poder verla. Aunque el jesuíta, que no se dejaba engañar, después de escuchar con paciencia le decía al presunto arrepentido: "Ahora arrodíllate y confiésate de haberme contado esta sarta de embustes".

La Congregación Mariana perseguía dos objetivos principales: la devoción a la Virgen -por eso sus afiliados llevaban cinta azul celeste- y crear un sentimiento cristiano jubiloso. El padre Forteza no concebía el maridaje religión-tristeza. "¿Existe o no existe el reino de Dios?". "Yo, a veces, ante el Sagrario, sufro verdaderos ataques de risa, no lo puedo remediar". De ahí que la imagen de la Virgen que encargó para que presidiera el altar de los congregantes no fuera una Dolorosa, sino una Virgen-doncella, casi niña, con los párpados dulcemente bajos. Una virgen que invitara a la amistad, al coloquio íntimo, que provocara una sensación optimista. De ahí también que en sus conversaciones se abstuviese sistemáticamente de aludir al pecado original y a otras realidades similares.

– Padre Forteza, ¿y el infierno?

– Hablaremos de él cuando llueva.

– Padre Forteza, ¿y la muerte?

– Por favor, llamadla Hermana Muerte.

– Padre Forteza, ¿y la cruz?

– Es la más jovial silueta que existe.

– Padre Forteza, ¿podemos fumar?

– Yo, a vuestra edad, me fumaba unos puros que parecían cañones.

Los muchachos lo seguían; algunos, con fanatismo. Alfonso Estrada decía de éclass="underline" "Tal vez esté loco. Pero si lo está, ¡viva la locura!".

El padre Forteza olía a agua de colonia. Frotarse con ella la nuca y el pecho era la única voluptuosidad que se permitía. Su redonda tonsura era visible a distancia y si le daba el sol despedía destellos. En cierto modo el jesuíta se parecía a Arco Iris, el miliciano que en el frente de Aragón se disfrazaba con tanto arte. Usaba un reloj de bolsillo del que, al levantar la tapa, brotaba una graciosa musiquilla, la melodía de los peregrinos de Lourdes. En la sacristía había colgado un calendario atrasado, del año 1929. "Ese año canté misa. Ahí me planté".

Utilizaba un breviario de tapas rojas alegando que el color negro lo ponía nervioso.

No faltaban, en la ciudad, gentes que se mostraban escandalizadas por algunas de las singularidades del padre Forteza" En algunos conventos las monjas, al enterarse de que el jesuíta "soltaba carcajadas ante el Sagrario", se pusieron a rezar por él. "¡Dios mío, el diablo andará por ahí!". Doña Cecilia, la esposa del general, le oyó un sermón y diagnosticó: "A ese hombre le convendría hacer el servicio militar". Carmen Elgazu le censuraba que les hiciera poco caso a las mujeres. "Las mujeres influimos tanto en los hombres, que no escucharnos es una equivocación. Además, con eso lo único que consigue es que sábados y domingos hagamos cola en su confesonario". Era cierto. Las hermanas Campistol, y otras muchas mujeres corno ellas, esperaban con ansia a que llegara el fin de semana para ir a confesarse con el padre Forteza, sin que las desmoralizara que el jesuíta les impusiera, por cualquier nimiedad, penitencias tremebundas.

El padre Forteza tenía muchos proyectos. Pero antes de ponerlos en práctica quería conocer más a fondo la ciudad. Los años de ausencia de España lo habían desconectado un poco de ciertas constantes de la raza. Ahora, desde su regreso, vista la orientación de las autoridades y habiendo auscultado el pálpito de la gente, les decía a los muchachos:

– No entiendo nada de nada, ésa es la verdad. Vivo en el limbo.

Por supuesto, el padre Forteza sufría de una limitación: no había vivido la guerra, sólo supo de ella por los periódicos alemanes. Por tanto, al escuchar ahora los relatos directos iba de sorpresa en sorpresa. "¡No es posible!", exclamaba una y otra vez.

Tales relatos iban dirigidos, naturalmente, a convencerlo de que la consigna "ni perdonaremos ni olvidaremos" tenía amplia justificación. Ahí el jesuíta negaba con la cabeza. "Eso, ¡jamás! Eso no es evangélico".

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