El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Fue entonces cuando su conciencia se impuso a su resistencia, y la voz interna que antes había censurado las acciones de Lynley se vio enfrentada a otra voz, la cual insinuaba que tal vez sus acciones carecían de una base sólida. A continuación, una discusión no verbalizada estalló en su cabeza. Un bando insistía en que el inspector Lynley era un mojigato vengativo. La otra le informó de que, mojigato o no, no merecía su deslealtad. Y ella había sido desleal. Correr a Chelsea para denunciarle a sus íntimos no era el comportamiento de un amigo fiel. Por otra parte, él también había sido desleal. Tomarse la molestia de aumentar su castigo profesional, mediante el expediente de no permitirle trabajar en un caso, había ilustrado con meridiana claridad qué bando había elegido en la batalla por salvar su pellejo profesional, pese a sus afirmaciones de que debía pasar desapercibida durante un tiempo.
Así era la discusión que resonaba en su cabeza. Empezó mientras pasaba páginas de las revistas de viajes y murmuraba comentarios acerca de vacaciones imaginarias que su madre había pasado en Creta, Mikonos, Bangkok y Perth. Continuó durante el trayecto de Greenford a Londres al final del día. Ni siquiera una antigua cinta de Fleetwood Mac a todo volumen calmó a los bandos que peleaban dentro de su cabeza. Porque durante todo el trayecto, cantar los estribillos a coro con Stevie Nicks fue la mezzosoprano de la conciencia de Barbara, una cantata sentenciosa que se negaba tozudamente a ser expulsada de su cerebro.
¡Lo merecía, lo merecía!, chillaba Barbara en silencio a aquella voz.
¿Y qué has conseguido dándole lo que merecía, querida?, replicaba su conciencia.
Aún se negaba a responder a la pregunta cuando entró en Steeles Road y aparcó el Mini en un espacio que acababan de dejar libre una mujer, tres niños, dos perros y lo que parecía un violonchelo con patas. Cerró el coche y se dirigió a Eton Villas, agradecida por sentirse cansada, porque el cansancio significaba dormir, y dormir significaba acallar las voces.
No obstante, oyó otras voces cuando dobló la esquina y llegó a la casa eduardiana amarilla, tras la cual estaba su madriguera. Estas voces nuevas procedían de la zona de losas de piedra situada frente al piso de la planta baja. Y una de esas voces, que pertenecía a una niña, gritó de felicidad cuando Barbara entró por la cancela de estacas naranja.
– ¡Barbara! ¡Hola, hola! Papá y yo estamos haciendo burbujas. Ven a verlas. Cuando la luz les da en el punto exacto, parecen arco iris redondos. ¿Lo sabías, Barbara? Ven a verlas, ven a verlas.
La niña y su padre estaban sentados en el banco de madera solitario que había delante de su piso, ella a la luz que se desvanecía a marchas forzadas, él en las sombras, donde su cigarrillo brillaba como un insecto de luz purpúrea. Acarició la cabeza de su hija con ternura y se levantó con su cortesía acostumbrada.
– ¿Te unes a nosotros? -preguntó Taymullah Azhar a Barbara.
– Oh, hazlo, hazlo -exclamó la niña-. Después de las burbujas veremos un vídeo, La sirenita. Tenemos manzanas acarameladas. Bueno, solo hay dos, pero yo compartiré la mía contigo. De todos modos, una entera es demasiado para mí.
Saltó del banco y corrió hacia Barbara, brincando sobre la hierba con la pipa de burbujas y creando un reguero de arco iris a su espalda.
– ¿La sirenita, has dicho? -dijo Barbara con aire pensativo-. No sé, Hadiyyah. Disney nunca ha sido santo de mi devoción. Todas esas flacuchas tipo Sloane rescatadas por tíos con armaduras…
– Es una sirena -aclaró Hadiyyah.
– De ahí el título, claro.
– Así que no puede rescatarla nadie con armadura, porque se hundiría en el mar. Además, no la salva nadie. Ella salva al príncipe.
– Vaya, un giro muy interesante.
– No la has visto, ¿verdad? Bien, pues esta noche podrás. Ven. -Hadiyyah describió un círculo, al tiempo que se rodeaba de un aro de burbujas. Sus largas y gruesas trenzas volaban alrededor de sus hombros, y las cintas plateadas que las ceñían brillaban como pálidas libélulas-. La sirenita es preciosa. Tiene el pelo de color caoba.
– Un buen contraste con las escamas.
– Y lleva unas conchas divinas en el pecho.
Para demostrarlo, Hadiyyah cubrió con dos manitas morenas dos pechos inexistentes.
– Ah. Estratégicamente situadas, por lo que veo -dijo Barbara.
– ¿La verás con nosotros, por favor? Recuerda que tenemos man-za-nas a-ca-ra-me-la-das…
– Hadiyyah -dijo en voz baja su padre-, una vez extendida una invitación no hace falta repetirla. -Se volvió hacia Barbara-. No obstante, nos gustaría mucho que vinieras.
Barbara consideró el ofrecimiento. Una velada con Hadiyyah y su padre era la posibilidad de más distracción, y esa idea le hacía gracia. Se sentaría con su amiguita, las dos arrellanadas sobre almohadones dispuestos en el suelo y se balancearían al compás de la música. Después charlaría con el padre de su amiguita, cuando Hadiyyah hubiera sido enviada a la cama. Era lo que Taymullah Azhar esperaría. Era una costumbre adquirida durante los meses de forzado exilio de Barbara del Yard. Y, sobre todo en las últimas semanas, su diálogo había derivado desde las banalidades de unos relativos desconocidos que se comportaban con educación a los delicados sondeos iniciales de dos personas que podían llegar a trabar amistad.
Pero en esa amistad radicaba el meollo de la cuestión. Exigía que Barbara revelara sus encuentros con Lynley y Hillier. Exigía la verdad de su degradación y su alejamiento del hombre al que había deseado emular. Y como la hija de Azhar era la niña de ocho años cuya vida habían salvado las impetuosas decisiones de Barbara en el mar del Norte (decisiones que había logrado ocultar a Azhar durante los tres meses transcurridos), el hombre se sentiría responsable sin necesidad por las secuelas que habían dejado impronta en su carrera.
– Hadiyyah -dijo Taymullah Azhar al ver que Barbara no contestaba-, creo que ya hemos tenido bastantes burbujas por hoy. Devuélvelas a tu cuarto y espérame allí, por favor.
Hadiyyah frunció el entrecejo, y un brillo de aflicción apareció en sus ojos.
– Pero, papá, la sirenita…
– La veremos tal como habíamos decidido, Hadiyyah. Guarda las burbujas en tu cuarto.
La niña dirigió a Barbara una mirada ansiosa.
– Más de la mitad de la manzana acaramelada -dijo-. Si quieres, Barbara.
– Hadiyyah.
La niña sonrió con picardía y entró en casa.
Azhar sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su inmaculada camisa blanca y lo ofreció a Barbara. La mujer cogió uno, dio las gracias y esperó a que se lo encendiera. Azhar la observó en silencio, hasta que Barbara se sintió tan incómoda que empezó a hablar.
– Estoy hecha polvo, Azhar. Esta noche quiero acostarme pronto, pero gracias de todos modos. Dile a Hadiyyah que me encantará ver una película con ella en otro momento. Con suerte, cuando la heroína no sea tan flaca como un lápiz con pechos de silicona.
La mirada de Azhar no se inmutó. Siguió estudiándola, tal como la gente estudia las etiquetas de las latas en los supermercados. Barbara tuvo ganas de desaparecer.
– Hoy te has reintegrado al trabajo -dijo el hombre.
– ¿Por qué lo dices…?
– Por tu ropa. ¿Tu… -buscó una palabra, un eufemismo sin duda- situación en Scotland Yard se ha solucionado, Barbara?
Era inútil mentir. Pese a que había conseguido ocultarle los datos fundamentales de la situación, Azhar sabía que estaba de permiso. Ahora tendría que levantarse para ir a trabajar cada mañana, sin ir más lejos al día siguiente, de modo que su vecino deduciría tarde o temprano que ya no pasaba los días dando de comer a los patos de Regent's Park.