Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Necesitaba distancia. Distancia. Si se mantenía lejos de Miranda, esquivaría la tentación y ella acabaría olvidándose de su encuentro ilícito y encontraría a un buen chico con quien casarse. La imagen de Miranda en los brazos de otro le resultó sorprendentemente desagradable, pero Turner decidió que era porque a esas horas de la mañana estaba cansado, sólo hacía seis o siete horas que la había besado y…
Podía encontrar cientos de razones, aunque ninguna era tan importante como para seguir pensando en ellas.
Mientras tanto, tendría que evitarla. Quizá debería irse de la ciudad. Alejarse. Podría irse al campo. Además, tampoco había pensado quedarse tanto tiempo en Londres.
Abrió los ojos y gruñó. ¿Acaso no tenía autocontrol? Miranda era una chica inexperta de veinte años. No era como Leticia, que conocía todas las habilidades femeninas y estaba dispuesta a aprovecharlas en beneficio propio.
Miranda podía ser tentadora, pero resistible. Y él era lo suficientemente hombre para ignorarla. Sin embargo, seguramente no deberían vivir en la misma casa. Y, puestos a hacer cambios, quizá debería echar un vistazo a las mujeres de la alta sociedad. Había muchas viudas jóvenes y discretas. Había estado mucho tiempo sin compañía femenina.
Si algo podía conseguir que olvidara a una mujer era otra mujer.
– Turner se muda.
– ¿Qué? -Miranda estaba colocando unas flores frescas en un jarrón. La preciosa antigüedad no fue a parar al suelo únicamente gracias a unas manos muy ágiles y a una tremenda buena suerte.
– Ya se ha ido -dijo Olivia, mientras se encogía de hombros-. Su ayudante está recogiendo sus cosas ahora mismo.
Miranda dejó el jarrón en la mesa con mucho cuidado. «Despacio, tranquila, inspira, espira.» Y, al final, cuando estuvo segura de que podía hablar sin temblar, preguntó:
– ¿Se marcha de la ciudad?
– No, no creo -respondió Olivia, dejándose caer en la butaca con un bostezo-. No tenía pensado quedarse tanto tiempo en la ciudad, así que se ha ido a un piso.
¿Se había ido a un piso? Miranda luchó contra la horrible sensación de vacío que le invadía el pecho. Se había ido a un piso. Sólo para huir de ella.
Si no fuera tan triste, sería humillante. O quizás era las dos cosas.
– Quizá sea mejor así -continuó Olivia, ajena a la angustia de su amiga-. Sé que dice que no volverá a casarse…
– ¿Ha dicho eso? -Miranda se quedó helada. ¿Cómo era posible que ella no lo supiera? Sabía que había dicho que no estaba buscando esposa, pero seguro que no había querido decir… nunca.
– Sí -respondió Olivia-. Lo dijo el otro día. Se mostró muy firme. Creí que a mi madre le iba a dar algo. Y, de hecho, casi se desmaya.
– ¿Tu madre? -A Miranda le costaba imaginárselo.
– Bueno, no, pero si no tuviera los nervios de hielo, seguro que se habría desmayado.
Casi siempre, Miranda disfrutaba del discurso lleno de digresiones de su amiga, pero ahora mismo quería estrangularla.
– En cualquier caso -dijo, suspirando mientras se reclinaba en el sillón-, dijo que no volvería a casarse, pero estoy casi segura de que lo reconsiderará. Sólo tiene que superar el dolor. -Hizo una pausa, y miró a Miranda con expresión irónica-. O la ausencia de dolor.
Miranda dibujó una sonrisa tensa. De hecho, fue tan tensa que estaba segura de que no podía definirse como sonrisa y tendrían que inventar otra palabra.
– Sin embargo, a pesar de lo que dice -continuó Olivia, que se acomodó y cerró los ojos-, seguro que nunca encontrará esposa viviendo aquí. Madre mía, ¿cómo podría cortejar a alguien en compañía de su madre, su padre y dos hermanas pequeñas?
– ¿Dos?
– Bueno, una, pero tú podrías pasar por su hermana. Te aseguro que no podría comportarse como le gustaría con una mujer delante de ti.
Miranda no sabía si reír o llorar.
– Y, aunque no escoja una esposa en los próximos meses -añadió Olivia-, debería encontrar una amante. Seguro que eso lo ayudaría a olvidar a Leticia.
Miranda no sabía qué decir.
– Y eso no puede hacerlo viviendo aquí. -Olivia abrió los ojos y se apoyó en los codos-. O sea, que es mejor así. ¿No crees?
Miranda asintió. Porque tenía que hacerlo. Porque estaba demasiado aturdida para llorar.
19 de junio 1819
Lleva una semana fuera, y yo estoy casi fuera de mí.
Si sólo se hubiera marchado… eso habría podrido perdonárselo. ¡Pero es que no ha vuelto!
No me ha buscado. No me ha enviado una carta. Y, aunque oigo comentarios y susurros de que sale y lo ven en las fiestas, yo nunca lo he visto. Si voy a algún evento, él no va. Un día me pareció verlo al otro lado de un salón, pero no estoy segura, porque sólo le vi la espalda mientras se marchaba.
No sé qué tengo que hacer con todo esto. No puedo ir a visitarlo. Sería el colmo de la incorrección. Lady Rudland incluso le ha prohibido a Olivia que lo visite; vive en The Albany, y allí sólo entran caballeros. Ni familiares ni viudas.
– ¿Qué habías pensando ponerte para la fiesta de los Worthington de esta noche? -preguntó Olivia, mientras se echaba tres terrones de azúcar en el té.
– ¿Es hoy? -Se aferró a la taza de té con fuerza. Turner le había prometido que acudiría a la fiesta y bailaría con ella. Seguro que no incumpliría una promesa.
Estaría allí. Y, si no estaba…
Tendría que asegurarse de que estuviera.
– Yo me pondré mi vestido verde de seda -dijo Olivia-, a menos que tú quieras ponerte tu vestido verde. El verde te queda de maravilla.
– ¿Tú crees? -Miranda irguió la espalda. De repente, era vital ofrecer su mejor imagen.
– Mmm-hmm. Pero no estaría bien que las dos lleváramos el mismo color, así que tendrás que decidirte pronto.
– ¿Qué me recomiendas? -Miranda no era un desastre en asuntos de moda, pero nunca tendría el buen ojo de Olivia.
Olivia ladeó la cabeza mientras observaba a su amiga.
– Con el tono de tu piel, ojalá pudieras llevar algo más alegre, pero mamá dice que todavía somos demasiado nuevas. Aunque quizá… -Se levantó de un brinco, cogió un cojín de color verde pálido de una silla y lo colocó debajo de la barbilla de Miranda-. Hmmm.
– ¿Estás pensando en redecorarme?
– Sujeta esto -le ordenó Olivia, que retrocedió varios pasos y emitió un femenino «¡Ay!» cuando se golpeó el pie contra la pata de la mesa-. Sí, sí -murmuró, apoyada en el brazo del sofá para mantener el equilibrio-. Es perfecto.
Miranda bajó la mirada. Y luego la levantó.
– ¿Voy a llevar un cojín?
– No, llevarás mi vestido de seda verde. Es exactamente del mismo color. Haremos que Annie lo traiga hoy mismo.
– ¿Y tú qué te pondrás?
– Bah, cualquier cosa -respondió Olivia, agitando la mano en el aire-. Algo rosa. Los caballeros parece que se vuelven locos con el rosa. Dicen que parezco un caramelo.
– ¿Y no te importa parecer un caramelo? -porque ella lo odiaría.
– No me importa que lo piensen -la corrigió Olivia-. Así tengo la sartén por el mango. Suele ser beneficioso que te infravaloren. Tú, en cambio… -Meneó la cabeza-. Necesitas algo más sutil. Algo sofisticado.
Miranda se acercó la taza de té a los labios para beber un último sorbo, se levantó y alisó las arrugas del vestido de muselina que llevaba.
– Debería ir a probármelo -dijo-. Para darle tiempo a Annie para hacer los arreglos.
Además, tenía que escribir unas cartas.
Turner estaba descubriendo, mientras se anudaba la corbata con dedos hábiles, que su talento para la inventiva era mucho mayor de lo que jamás hubiera creído. Desde que había recibido la maldita nota de Miranda a primera hora de la tarde, había encontrado cientos de cosas que difamar. Pero, básicamente, de hecho, se maldecía a sí mismo y al escaso sentido del humor que todavía le quedaba.