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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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La muchacha se echó a reír mientras Alice se tapaba la boca con la mano y negaba con la cabeza, en silencio.

Pero, al igual que Beth, todo el pueblo parecía esperar con ansia aquel momento, con un deleite que rozaba lo indecoroso, y allá donde iban las bibliotecarias les ofrecían una loncha de beicon salado y, hasta en una ocasión, huevos revueltos con sesos de cerdo, una exquisitez de las montañas. A Alice todavía se le revolvía el estómago solo de pensarlo.

Pero no era únicamente la matanza del cerdo lo que estaba causando tal revuelo y emoción en el pueblo: Tex Lafayette iba a ir. Los carteles de aquel vaquero vestido de blanco, látigo en mano, estaban por todas partes, clavados con descuido en los postes y admirados por igual por niños pequeños y mujeres con mal de amores. En todos los asentamientos, el nombre del Vaquero Cantor se pronunciaba como si fuera una deidad, seguido de frases como: «¿Es cierto? ¿Irás a verle?».

La demanda era tal que ya no iba a actuar en el teatro, como se había planeado inicialmente, sino en la plaza del pueblo, donde estaban construyendo un escenario con palés viejos y tablones por el que, durante los días previos, los niños corrían dando gritos de alegría, haciendo que tocaban el banjo y agachando la cabeza al pasar, para evitar las collejas de los trabajadores malhumorados.

—¿Podríamos acabar antes hoy? Total, nadie va a estar leyendo. Toda la gente de quince kilómetros a la redonda está yendo hacia la plaza —dijo Beth, mientras sacaba el último libro de la alforja—. Vaya. Mirad qué le han hecho los niños de los Mackenzie al pobre La isla del tesoro. —La muchacha se agachó para recoger las páginas esparcidas por el suelo, maldiciendo.

—No veo por qué no —respondió Margery—. Sophia lo tiene todo bajo control y, de todos modos, ya es de noche.

—¿Quién es Tex Lafayette? —preguntó Alice.

Las cuatro mujeres se volvieron para mirarla.

—¿Que quién es Tex Lafayette? ¿No has visto Qué verde es mi montaña o Echa el lazo a mi corazón?

—Me encanta Echa el lazo a mi corazón. La canción del final me mata —dijo Izzy, exhalando un enorme suspiro de felicidad—. «No tuviste que atraparme…».

—«Porque ya soy tu feliz prisionero…» —se le unió Sophia.

—«No necesitas ninguna cuerda para echar el lazo a mi corazón…» —cantaron ambas al unísono, cada una de ellas sumida en su ensoñación.

Alice seguía sin enterarse de nada.

—¿Es que no vas al cinematógrafo? —preguntó Izzy—. Tex Lafayette sale en todas las películas.

—Puede arrancarle a un hombre con el látigo el cigarro encendido de la boca, sin rozarlo.

—Está como un queso.

—La mayoría de las noches estoy demasiado cansada para ir. Bennett va, a veces.

En realidad, a Alice se le habría hecho demasiado raro estar con su marido en la oscuridad. Y sospechaba que a él le pasaría lo mismo. Llevaban semanas esmerándose para que sus vidas se cruzaran lo menos posible. Ella se iba mucho antes de desayunar y, a la hora de la cena, él solía estar haciendo recados para el señor Van Cleve, o jugando al béisbol con sus amigos. Bennett dormía la mayoría de las noches en el diván del vestidor, así que incluso su figura se había vuelto poco familiar para ella. Y, si al señor Van Cleve el comportamiento de ambos le resultaba extraño, no lo comentaba. Él solía quedarse hasta bien entrada la noche en la mina y parecía enormemente preocupado por lo que fuera que estuviera pasando allí. Alice odiaba aquella casa con todas sus fuerzas, su tristeza y su historia opresiva. Estaba tan agradecida por no tener que pasar las veladas encerrada en la oscura salita con ellos dos que ni se preocupaba en cuestionar nada de aquello.

—Pero vendrás a ver a Tex Lafayette, ¿no? —le preguntó Beth, mientras se peinaba y se ajustaba la blusa delante del espejo. Al parecer, le gustaba uno de los chicos de la gasolinera, pero le había mostrado su afecto dándole un par de puñetazos fuertes en el brazo y ahora no tenía ni idea de qué hacer a continuación.

—No creo. Ni siquiera lo conozco.

—Mucho trabajo y poca diversión, Alice. Venga. Irá todo el pueblo. Hemos quedado con Izzy delante de la tienda y su madre le ha dado un dólar enterito para comprar algodón de azúcar. Si quieres sentarte, son solo cincuenta céntimos. O puedes quedarte de pie atrás y verlo gratis. Nosotras vamos a hacer eso.

—No sé. Bennett tiene que trabajar hasta tarde en Hoffman. Creo que debería irme a casa.

Sophia e Izzy empezaron a cantar otra vez e Izzy se sonrojó, como solía pasarle cuando cantaba delante de alguien.

Tu sonrisa me rodea como un lazo,

ha sido así desde que me encontraste.

No tuviste que perseguirme para echar el lazo a mi corazón…

Margery le quitó el espejito a Beth y comprobó si tenía la cara manchada. Luego, se frotó las mejillas con un pañuelo húmedo hasta que se quedó satisfecha.

—Bueno, Sven y yo vamos a ir al Nice ’N’ Quick. Ha reservado una mesa arriba, para poder ver bien. Si quieres, puedes unirte a nosotros.

—Tengo cosas que hacer aquí —se excusó Alice—. Pero gracias. Puede que me reúna con vosotras más tarde.

Lo dijo para apaciguarlas y ellas lo sabían. En realidad, solo deseaba sentarse tranquilamente en la pequeña biblioteca. Le gustaba quedarse allí sola por las noches, leer apaciblemente bajo la tenue luz de la lámpara de aceite, escaparse a la blancura tropical de la isla de Robinson Crusoe, o a los mohosos pasillos de la escuela Brookfield del señor Chip. Si al llegar Sophia aún seguía allí, la mujer solía dejarla tranquila e interrumpirla solo para pedirle que pusiera un dedo sobre un trozo de tela mientras daba un par de puntadas, o para preguntarle si le parecía bien cómo había arreglado la cubierta de algún libro. Sophia no era una mujer que necesitara público, pero parecía sentirse mejor en compañía, así que, aunque hablaban poco entre ellas, aquel acuerdo había sido beneficioso para ambas durante las últimas semanas.

—Bueno. ¡Nos vemos luego, entonces!

Con un alegre gesto de despedida con la mano, las dos mujeres cruzaron las tablas del suelo pisando fuerte y luego bajaron las escaleras de fuera, todavía en pantalones de montar y botas. Mientras la puerta se abría, una ráfaga de ruido por anticipado entró en la pequeña habitación. La plaza ya estaba abarrotada, las risas y los silbidos llenaban el aire y había un grupo de música local tocando para animar a la multitud.

—¿Tú no vas a ir, Sophia? —preguntó Alice.

—Saldré a escuchar un poco a la parte de atrás, más tarde —dijo Sophia—. El viento viene en esta dirección —comentó, mientras enhebraba una aguja y cogía otro libro estropeado—. No me vuelven loca las multitudes —añadió luego, en voz baja.

Tal vez como una especie de claudicación, Sophia abrió la puerta de atrás y la sujetó con un libro para oír la música de la banda. Le resultaba imposible no seguir el ritmo con el pie, de vez en cuando. Alice se sentó en la silla del rincón, con el papel de escribir sobre el regazo, intentando redactar una carta para Gideon, pero la pluma seguía inmóvil en su mano. No tenía ni idea de qué contarle. En Inglaterra, todos creían que estaba disfrutando de una emocionante vida cosmopolita en Estados Unidos, llena de coches enormes y de momentos maravillosos. No sabía cómo transmitirle a su hermano su verdadera situación.

Detrás de ella, Sophia, que parecía conocer todas las canciones, tarareaba al son de los violines, a veces dejando que su voz hiciera de contrapunto y a veces añadiendo alguna letra. Tenía una voz suave, aterciopelada y tranquilizadora. Alice dejó la pluma y pensó con cierta melancolía en lo agradable que sería estar allí fuera con su antiguo esposo, el que la estrechaba entre sus brazos y le susurraba palabras de amor al oído, y cuyos ojos le habían prometido un futuro lleno de risas y romanticismo, en lugar de aquel al que sorprendía mirándola confuso de vez en cuando, como si no entendiera cómo ella había llegado allí.

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