Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Pero ¡si esto es precioso! —exclamó Alice, dándose cuenta al momento del insulto que implicaban sus palabras.
Fred no pareció darse por aludido.
—No todo es cosa mía —admitió el hombre—. Pero intento mantenerlo bonito. Un momento.
Alice se sentía mal por llenar con su hedor aquel hogar cómodo y de olor dulce. Se cruzó de brazos y frunció el ceño mientras el hombre corría escaleras arriba, como si aquello pudiera contener el mal olor. Fred volvió en unos minutos, con dos vestidos sobre el brazo.
—Debería servirle alguno.
Ella levantó la vista.
—¿Tiene vestidos?
—Eran de mi esposa. —Alice parpadeó—. Deme su ropa y la pondré en vinagre. Eso ayudará. Cuando se la lleve a casa, dígale a Annie que la meta en la bañera con bicarbonato y jabón. Ah, y hay una toallita limpia en la repisa.
Alice se volvió y Fred señaló un baño, en el que ella entró. Se desnudó, sacó la ropa entreabriendo la puerta y se lavó la cara y las manos, frotándose la piel con la toallita y con jabón de sosa. Aquel olor acre se negaba a abandonarla y casi le causaba náuseas dentro de la cálida y pequeña habitación, así que se frotó lo más fuerte que pudo sin desollarse. Después cayó en la cuenta de que debía echarse una jarra de agua por la cabeza y frotarse el pelo con jabón; luego lo aclaró y se lo secó vigorosamente con una toalla. Finalmente, se deslizó dentro del vestido verde. Era lo que su madre habría llamado un vestido de tarde, con las mangas cortas, estampado floral y cuello de encaje blanco. Le quedaba un poco flojo en la cintura, pero al menos olía a limpio. Había un frasco de perfume sobre un armarito. Lo olió y se echó un poco sobre el pelo mojado.
Salió unos minutos después y se encontró a Fred de pie, al lado de la ventana, observando la plaza del pueblo iluminada. El hombre se volvió, claramente con la mente en otra parte, y se sobresaltó, probablemente al ver el vestido de su mujer. Pero se recuperó con rapidez y le ofreció un vaso de té helado.
—He pensado que le vendría bien.
—Gracias, señor Guisler. —Alice bebió un sorbo—. Me siento como una tonta.
—Fred, por favor. Y no se sienta mal. Ni por un instante. A todos nos ha pasado.
Alice se quedó parada unos instantes. De repente, se sentía rara. Estaba en casa de un desconocido y llevaba puesto el vestido de su difunta esposa. No sabía qué hacer con las manos. Se oyó un estruendo procedente del pueblo y la turbación se dibujó en su rostro.
—Madre mía, no solo he atufado su preciosa casa, sino que además le he hecho perderse a Tex Lafayette. Lo siento muchísimo.
Él negó con la cabeza.
—No pasa nada. No podía dejarla así, con esa…
—¡Caray con las mofetas! —exclamó Alice alegremente, pero Fred seguía con cara de preocupación, como si supiera que el olor no era lo único que la había hecho sentirse tan mal—. Aun así, si volvemos, seguro que le da tiempo a ver el resto. Tenía razón. Es muy bueno. No es que haya oído mucho, entre una cosa y otra, pero no me extraña que sea tan popular. Desde luego, parece que la gente lo adora.
—Alice…
—Dios mío. Mire qué hora es. Será mejor que me vaya. —La joven pasó por delante de él para ir hacia la puerta, con la cabeza gacha—. Usted debería regresar a ver el espectáculo. Yo iré andando a casa. Está muy cerca.
—La llevaré en coche.
—¿Por si aparece otra mofeta? —preguntó Alice, con una risa aguda y nerviosa. Aquella voz tampoco parecía la suya—. De verdad, señor Guisler…, Fred. Ya ha sido muy amable conmigo y no quiero causarle más problemas. De verdad. No…
—La llevaré —zanjó el hombre con firmeza. Acto seguido, cogió la chaqueta que había dejado sobre el respaldo de una silla y luego una mantita que estaba sobre el respaldo de otra, para ponérsela a Alice sobre los hombros—. Ha refrescado.
Salieron al porche. De repente, Alice se fijó en cómo la miraba Frederick Guisler, como si quisiera ver más allá de lo que ella decía o hacía, para descubrir su verdadero significado. Resultaba curiosamente turbador. La joven se tropezó con los escalones del porche y el hombre extendió una mano para sujetarla. Alice se aferró a ella y la soltó de inmediato, como si pinchara.
«Por favor, que no diga nada más», pensó. Tenía de nuevo las mejillas en llamas y se sentía confusa. Pero, cuando levantó la vista, el hombre no la estaba mirando.
—¿La puerta estaba así cuando entramos? —Fred estaba observando la parte de atrás de la biblioteca. La puerta, que antes estaba entreabierta para que pudiera entrar el sonido de la música, estaba ahora abierta de par en par. Se oyeron una serie de golpes distantes e irregulares, que venían de dentro. El hombre se quedó inmóvil y luego se volvió hacia Alice. Ya no estaba tan tranquilo como antes—. Espere aquí.
Fred volvió a entrar rápidamente y, al cabo de un instante, salió de la casa con un enorme rifle de dos cañones. Alice se apartó para dejarlo pasar y se quedó mirándolo mientras él iba hacia la biblioteca. Entonces, incapaz de contenerse, lo siguió a unos pasos de distancia, caminando de puntillas sobre la hierba del camino de atrás, sin hacer ruido.
—¿Qué está pasando aquí, muchachos?
Frederick Guisler se detuvo en el umbral de la puerta. Detrás de él, Alice, con el corazón en un puño, solo alcanzaba a ver los libros tirados por el suelo y una silla volcada. Había dos, no, tres jóvenes en la biblioteca, vestidos con tejanos y camiseta. Uno tenía una botella de cerveza en la mano y otro un montón de libros que dejó caer con provocadora deliberación al ver a Fred. Alice vislumbró a Sophia de pie, agarrotada, en una esquina, mirando fijamente un punto indeterminado del suelo.
—Hay una mujer de color en su biblioteca —farfulló uno los chicos con voz nasal, a causa de la bebida.
—Así es. Y aquí estoy tratando de comprender qué te importa a ti eso.
—Este sitio es para blancos. Ella no debería estar aquí.
—Eso —dijeron los otros dos jóvenes en tono burlón, envalentonados por la cerveza.
—¿Ahora eres tú el director de esta biblioteca? —preguntó Fred, con voz glacial. Alice nunca lo había oído hablar en aquel tono.
—No voy a…
—Te he preguntado si eres tú quien gestiona esta biblioteca, Chet Mitchell.
El chico miró hacia los lados, como si el hecho de escuchar su propio nombre le hubiera recordado las consecuencias que podría tener aquello.
—No.
—Entonces, te recomiendo que te vayas. Fuera los tres. Antes de que se me resbale el rifle y haga algo de lo que me arrepienta.
—¿Me está amenazando por una mujer de color?
—Te estoy explicando lo que pasa cuando un hombre encuentra a tres idiotas borrachos en su propiedad. Y, si quieres, también puedo explicarte lo que pasa cuando esos idiotas no se van en cuanto les echan. Aunque no creo que te haga mucha gracia.
—No sé por qué la defiende. ¿Le va el chocolate, o qué?
Rápido como un rayo, Fred agarró al muchacho por el cuello y lo estrujó contra la pared, apretando tanto el puño que los nudillos se le pusieron blancos. Alice retrocedió, conteniendo la respiración.
—No me provoques, Mitchell.
El chico tragó saliva y levantó las manos.
—Solo era una broma —dijo, medio asfixiado—. ¿Ya no se puede bromear con usted, señor Guisler?
—No veo que nadie más se esté riendo. Fuera de aquí ahora mismo. —Fred soltó al muchacho, a quien le temblaban las rodillas. Este se frotó el cuello, miró nervioso a sus amigos y luego, cuando Fred dio un paso hacia delante, se escabulló por la puerta de atrás. Alice, con el corazón desbocado, retrocedió mientras los tres salían a trompicones, colocándose la ropa con silenciosa bravuconería, antes de alejarse sin abrir boca por el sendero de gravilla. Los muchachos recuperaron el valor cuando estuvieron fuera de su alcance.